El 28 de Junio Rayuela cumplió cincuenta años desde su publicación. Digan la verdad: ¿quién de ustedes realmente la leyó? Hay tanto bombo y platillo girando en torno que la gente tiene reacciones insospechadas cuando se habla de ella. Por ejemplo, hace unos días un compañero de clase me preguntó cuánto había tardado en leerla; cuando le dije que no me acordaba porque la había leído un par de veces me puso los ojos en blanco a la vez que largaba un bufido. Pero ese caso es más normal, tengo otro ejemplo mejor, mi favorito tengo que decir. Hará un par de meses, me empezó a mandar mensajes por Facebook una muchacha que me insultaba por, según ella, la poca originalidad de mi sobrenombre. Cuando le pregunté si alguna vez había leído a Cortázar (sí, fue puro prejuicio: alguien que sale en ñocorpi y haciendo morritos en su foto de perfil no me inspira demasiada intelectualidad) me contestó indignada que “hasta su perro se llamaba Babs”. “Babs” pensé yo, “¿quién carajo era Babs?” mientras me reafirmaba en mi teoría de lo mal que puede hacer leer un sólo libro en la vida -¡piensen en la religión si no!-. No, no me acordé de quién era Babs, porque la parte del libro que más me gustó fue la “del lado de acá”. Exacto, la que NO es en París y en la que NO está La Maga. La parte en la que está mi querido álter ego: Talita.
 
Rayuela es un libro, señores, no una verdad absoluta. Prueben leerlo, a lo mejor les gusta y todo. Y si no se animan porque es muy largo, o si se animaron y les pareció un coñazo, prueben con los cuentos de don Julio. Esos sí que no tienen paragón.
 
Aquí les dejo el capítulo 41 de Rayuela: aquí les dejo a Talita.
 
 
Salud!
 
 
 
 

“A Oliveira el sol le daba en la cara a partir de las dos de la tarde. Para colmo con ese calor se le hacía muy difícil enderezar clavos martillándolos en una baldosa (cualquiera sabe lo peligroso que es enderezar un clavo a martillazos, hay un momento en que el clavo está casi derecho, pero cuando se lo martilla una vez más da media vuelta y pellizca violentamente los dedos que lo sujetan; es algo de una perversidad fulminante), martillándolos empecinadamente en una baldosa (pero cualquiera sabe que) empecinadamente en una baldosa (pero cualquiera) empecinadamente.

«No queda ni uno derecho», pensaba Oliveira, mirando los clavos desparramados en el suelo. «Y a esta hora la ferretería está cerrada, me van a echar a patadas si golpeo para que me vendan treinta guitas de clavos. Hay que enderezarlos, no hay remedio.»

Cada vez que conseguía enderezar a medias un clavo, levantaba la cabeza en dirección a la ventana abierta y silbaba para que Traveler se asomara. Desde su cuarto veía muy bien una parte del dormitorio, y algo le decía que Traveler estaba en el dormitorio, probablemente acostado con Talita. Los Traveler dormían mucho de día, no tanto por el cansancio del circo sino por un principio de fiaca que Oliveira respetaba. Era penoso despertar a Traveler a las dos y media de la tarde, pero Oliveira tenía ya amoratados los dedos con que sujetaba los clavos, la sangre machucada empezaba a extravasarse, dando a los dedos un aire de chipolatas mal hechas que era realmente repugnante. Más se los miraba, más sentía la necesidad de despertar a Traveler. Para colmo tenía ganas de matear y se le había acabado la yerba: es decir, le quedaba yerba para medio mate, y convenía que Traveler o Talita le tiraran la cantidad restante metida en un papel y con unos cuantos clavos de lastre para embocar la ventana. Con clavos derechos y yerba la siesta sería más tolerable.

«Es increíble lo fuerte que silbo», pensó Oliveira, deslumbrado. Desde el piso de abajo, donde había un clandestino con tres mujeres y una chica para los mandados, alguien lo parodiaba con un contrasilbido lamentable, mezcla de pava hirviendo y chiflido desdentado. A Oliveira le encantaba la admiración y la rivalidad que podía suscitar su silbido; no lo malgastaba, reservándolo para las ocasiones importantes. En sus horas de lectura, que se cumplían entre la una y las cinco de la madrugada, pero no todas las noches, había llegado a la desconcertante conclusión de que el silbido no era un tema sobresaliente en la literatura. Pocos autores hacían silbar a sus personajes. Prácticamente ninguno. Los condenaban a un repertorio bastante monótono de elocuciones (decir, contestar, cantar, gritar, balbucear, bisbisar, proferir, susurrar, exclamar y declamar) pero ningún héroe o heroína coronaba jamás un gran momento de sus epopeyas con un real silbido de esos que rajan los vidrios. Los squires ingleses silbaban para llamar a sus sabuesos, y algunos personajes dickensianos silbaban para conseguir un cab. En cuanto a la literatura argentina silbaba poco, lo que era una vergüenza. Por eso aunque Oliveira no había leído a Cambaceres, tendía a considerarlo como un maestro nada más que por sus títulos; a veces imaginaba una continuación en la que el silbido se iba adentrando en la Argentina visible e invisible, la envolvía en su piolín reluciente y proponía a la estupefacción universal ese matambre arrollado que poco tenía que ver con la versión áulica de las embajadas y el contenido del rotograbado dominical y digestivo de los Gainza Mitre Paz, y todavía menos con los altibajos de Boca Juniors y los cultos necrofílicos de la baguala y el barrio de Boedo. «La puta que te parió» (a un clavo), «no me dejan siquiera pensar tranquilo, carajo». Por lo demás esas imaginaciones le repugnaban por lo fáciles, aunque estuviera convencido de que a la Argentina había que agarrarla por el lado de la vergüenza, buscarle el rubor escondido por un siglo de usurpaciones de todo género como tan bien explicaban sus ensayistas, y para eso lo mejor era demostrarle de alguna manera que no se la podía tomar en serio como pretendía. ¿Quién se animaría a ser el bufón que desmontara tanta soberanía al divino cohete? ¿Quién se le reiría en la cara para verla enrojecer y acaso, alguna vez, sonreír como quien encuentra y reconoce? Che, pero pibe, qué manera de estropearse el día. A ver si ese clavito se resistía menos que los otros, tenía un aire bastante dócil.

«Qué frío bárbaro hace», se dijo Oliveira que creía en la eficacia de la autosugestión. El sudor le chorreaba desde el pelo a los ojos, era imposible sostener un clavo con la torcedura hacia arriba porque el menor golpe del martillo lo hacía resbalar en los dedos empapados (de frío) y el clavo volvía a pellizcarlo y a amoratarle (de frío) los dedos. Para peor el sol empezaba a dar de lleno en la pieza (era la luna sobre las estepas cubiertas de nieve, y él silbaba para azuzar a los caballos que impulsaban su tarantás), a las tres no quedaría un solo rincón sin nieve, se iba a helar lentamente hasta que lo ganara la somnolencia tan bien descrita y hasta provocada en los relatos eslavos, y su cuerpo quedara sepultado en la blancura homicida de las lívidas flores del espacio. Estaba bien eso: las lívidas flores del espacio. En ese mismo momento se pegó un martillazo de lleno en el dedo pulgar. El frío que lo invadió fue tan intenso que tuvo que revolcarse en el suelo para luchar contra la rigidez de la congelación. Cuando por fin consiguió sentarse, sacudiendo la mano en todas direcciones, estaba empapado de pies a cabeza, probablemente de nieve derretida o de esa ligera llovizna que alterna con las lívidas flores del espacio y refresca la piel de los lobos.
Traveler se estaba atando el pantalón del piyama y desde su ventana veía muy bien la lucha de Oliveira contra la nieve y la estepa. Estuvo por darse vuelta y contarle a Talita que Oliveira se revolcaba por el piso sacudiendo una mano, pero entendió que la situación revestía cierta gravedad y que era preferible seguir siendo un testigo adusto e impasible.

— Por fin salís, qué joder — dijo Oliveira— . Te estuve silbando media hora. Mirá la mano cómo la tengo machucada.

— No será de vender cortes de gabardina — dijo Traveler.

— De enderezar clavos, che. Necesito unos clavos derechos y un poco de yerba.

— Es fácil — dijo Traveler. Esperá. — Armá un paquete y me lo tirás. — Bueno — dijo Traveler. Pero ahora que lo pienso me va a dar trabajo ir hasta la cocina.

— ¿Porqué? — dijo Oliveira— . No está tan lejos.

— No, pero hay una punta de piolines con ropa tendida y esas cosas.

— Pasá por debajo — sugirió Oliveira— . A menos que los cortes. El
chicotazo de una camisa mojada en las baldosas es algo inolvidable. Si querés te tiro el cortaplumas. Te juego a que lo clavo en la ventana. Yo de chico clavaba un cortaplumas en cualquier cosa y a diez metros.

— Lo malo en vos — dijo Traveler— es que cualquier problema lo retrotraés a la infancia. Ya estoy harto de decirte que leas un poco a Jung, che. Y mirá que la tenés con el cortaplumas ese, cualquiera diría que es un arma interplanetaria. No se te puede hablar de nada sin que saques a relucir el cortaplumas. Decime qué tiene que ver eso con un poco de yerba y unos clavos.

— Vos no seguiste el razonamiento — dijo Oliveira, ofendido— . Primero mencioné la mano machucada, y después pasé a los clavos. Entonces vos me antepusiste que unas piolas no te dejaban ir a la cocina, y era bastante lógico que las piolas me llevaran a pensar en el cortaplumas. Vos deberías leer a Edgar Poe, che. A pesar de las piolas no tenés hilación, eso es lo que te pasa.

Traveler se acodó en la ventana y miro la calle. La poca sombra se aplastaba contra el adoquinado, y a la altura del primer piso empezaba la materia solar, un arrebato amarillo que manoteaba para todos lados y le aplastaba literalmente la cara a Oliveira.

— Vos de tarde estás bastante jodido con ese sol — dijo Traveler.

— No es sol — dijo Oliveira— . Te podrías dar cuenta de que es la luna y de que hace un frío espantoso. Esta mano se me ha amoratado por exceso de congelación. Ahora empezará la gangrena, y dentro de unas semanas me estarás llevando gladiolos a la quinta del ñato.

— ¿La luna? — dijo Traveler, mirando hacia arriba— . Lo que te voy a tener que llevar es toallas mojadas a Vieytes.

— Allí lo que más se agradece son los Particulares livianos — dijo Oliveira— . Vos abundás en incongruencias, Manú.

— Te he dicho cincuenta veces que no me llames Manú.

— Talita te llama Manú — dijo Oliveira, agitando la mano como si quisiera desprenderla del brazo.

— Las diferencias entre vos y Talita — dijo Traveler son de las que se ven palpablemente. No entiendo porqué tenés que asimilar su vocabulario. Me repugnan los cangrejos ermitaños, las simbiosis en todas sus formas, los líquenes y demás parásitos.

— Sos de una delicadeza que me parte literalmente el alma — dijo Oliveira. — Gracias. Estábamos en que yerba y clavos. ¿Para qué querés los clavos? — Todavía no sé — dijo Oliveira, confuso— . En realidad saqué la lata de clavos y descubrí que estaban todos torcidos. Los empecé a enderezar, y con este frío, ya ves… Tengo la impresión de que en cuanto tenga clavos bien derechos voy a saber para qué los necesito.

— Interesante — dijo Traveler, mirándolo fijamente— . A veces te pasan cosas curiosas a vos. Primero los clavos y después la finalidad de los clavos. Sería una lección para más de cuatro, viejo.

— Vos siempre me comprendiste — dijo Oliveira— . Y la yerba, como te imaginarás, la quiero para cebarme unos amargachos.

— Está bien — dijo Traveler. Esperame. Si tardo mucho podés silbar, a Talita le divierte tu silbido.

Sacudiendo la mano, Oliveira fue hasta el lavatorio y se echó agua por la cara y el pelo. Siguió mojándose hasta empaparse la camiseta, y volvió al lado de la ventana para aplicar la teoría según la cual el sol que cae sobre un trapo mojado provoca una violenta sensación de frío. «Pensar que me moriré», se dijo Oliveira, «sin haber visto en la primera página del diario la noticia de las noticias: ¡SE CAYÓ LA TORRE DE PISA! Es triste, bien mirado».

Empezó a componer titulares, cosa que siempre ayudaba a pasar el tiempo. SE LE ENREDA LA LANA DEL TEJIDO Y PERECE ASFIXIADA EN LANÚS OESTE. Contó hasta doscientos sin que se le ocurriera otro titular pasable.

— Me voy a tener que mudar — murmuró Oliveira— . Esta pieza es enormemente chica. Yo ¡en realidad tendría que entrar en el circo de Manú y vivir con ellos. ¡¡La yerba!! Nadie contestó.

— La yerba — dijo suavemente Oliveira— . La yerba, che. No me hagás eso, Manú. Pensar que podríamos charlar de ventana a ventana, con vos y Talita, y a lo mejor venía la señora de Gutusso o la chica de los mandados, y hacíamos juegos en el cementerio y otros juegos.

«Después de todo», pensó Oliveira, «los juegos en el cementerio los puedo hacer yo solo».

Fue a buscar el diccionario de la Real Academia Española, en cuya tapa la palabra Real había sido encarnizadamente destruida a golpes de gillete, lo abrió al azar y preparó para Manú el siguiente juego en el cementerio.

«Hartos del cliente y de sus cleonasmos, le sacaron el clíbano y el clípeo y le hicieron tragar una clica. Luego le aplicaron un clistel clínico en la cloaca, aunque clocaba por tan clivoso ascenso de agua mezclada con clinopodio, revolviendo los clisos como clerizón clorótico.»

— Joder — Edijo admirativamente Oliveira. Pensó que también joder podía servir como punto de arranque, pero lo decepcionó descubrir que no figuraba en el cementerio; en cambio en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorbín los había jomado jitándolos como jocós apestados.

«Es realmente la necrópolis», pensó. «No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación.»

Se puso a escribir otro juego, pero no le salía. Decidió probar los diálogos típicos y buscó el cuaderno donde los iba escribiendo después de inspirarse en el subterráneo, los cafés y los bodegones. Tenía casi terminado un diálogo típico de españoles y le dio algunos toques más, no sin echarse antes un jarro de agua en la camiseta.

DIALOGO TIPICO DE ESPAÑOLES

López.— Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y…

Pérez.— ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García…

López.— De 1925 a 1926, en que fui profesor de literatura en la Universidad.

Pérez.— Le decía yo: «Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso.»

López.— Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.

Pérez.— Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío…

López.— Y claro, cuando se ha vivido allí más de un ano, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.

Pérez.— Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros.

López.— Una vergüenza, créame usted, una verdadera vergüenza. Pérez.— Sí, hombre, ni qué hablar. Pues este doctor García… Oliveira estaba ya un poco aburrido del diálogo, y cerró el cuaderno.

«Shiva», pensó bruscamente. «Oh bailarín cósmico, cómo brillarías, bronce infinito, bajo este sol. ¿Por qué pienso en Shiva? Buenos Aires. Uno vive. Manera tan rara. Se acaba por tener una enciclopedia. De qué te sirvió el verano, oh ruiseñor. Claro que peor sería especializarse y pasar cinco años estudiando el comportamiento del acridio. Pero mirá qué lista increíble, pibe, mirame un poco esto…»

Era un papelito amarillo, recortado de un documento de carácter vagamente internacional. Alguna publicación de la Unesco o cosa así, con los nombres de los integrantes de cierto Consejo de Birmania. Oliveira empezó a regodearse con la lista y no pudo resistir a la tentación de sacar un lápiz y escribir la jitanjáfora siguiente:

U Nu,

U Tin,

Mya Bu,

Thado Thiri Thudama U E Maung,

Sithu U Cho,

Wunna Kyaw Htin U Khin Zaw,

Wunna Kyaw Htin U Thein Han,

Wunna Kyaw Htin U Myo Min,

Thiri Pyanchi U Thant,

Thado Maba Thray Sithu U Chan Htoon.

«Los tres Wunna Kyaw Htin son un poco monótonos»,se dijo mirando los versos. «Debe significar algo como ‘Su excelencia el Honorabilísimo’. Che,qué bueno es lo de Thiri Pyanchi U Thant,es lo que suena mejor. ¿Y cómo sepronunciará Htoon?».

— Salú — dijo Traveler.

— Salú — dijo Oliveira— . Qué frío hace, che.

— Disculpa si te hice esperar. Vos sabés, los clavos…

— Seguro — dijo Oliveira— . Un clavo es un clavo, sobre todo si está
derecho. ¿Hiciste un paquete?

— No — dijo Traveler, rascándose una tetilla— . Qué barbaridad de día, che,
es como fuego.

— Avisa — dijo Oliveira tocándose la camiseta completamente seca— . Vos sos
como la salamandra, vivís en un mundo de perpetua piromanía. ¿Trajiste la yerba?

— No — dijo Traveler— . Me olvidé completamente de la yerba. Tengo nada más que los clavos.

— Bueno, andá buscala, me hacés un paquete y me lo revoleás.
Traveler miró su ventana, después la calle, y por último la ventana de Oliveira.

— Va a ser peliagudo — dijo— . Vos sabés que yo nunca emboco un tiro, aunque sea a dos metros. En el circo me han tomado el pelo veinte veces.

— Pero si es casi como si me lo alcanzaras — dijo Oliveira.

— Vos decís, vos decís, y después los clavos le caen en la cabeza a uno de abajo y se arma un lío.

— Tirame el paquete y después hacemos juegos en el cementerio — dijo Oliveira.

— Sería mejor que vinieras a buscarlo.

— ¿Pero vos estás loco, pibe? Bajar tres pisos, cruzar por entre el hielo y subir otros tres pisos, eso no se hace ni en la cabaña del tío Tom.

— No vas a pretender que sea yo el que practique ese andinismo vespertino.

— Lejos de mí tal intención — dijo virtuosamente Oliveira.

— Ni que vaya a buscar un tablón a la antecocina para fabricar un puente.

— Esa idea — dijo Oliveira— no es mala del todo, aparte de que nos serviría para ir usando los clavos, vos de tu lado y yo del mío.

— Bueno, esperá — dijo Traveler, y desapareció.

Oliveira se quedó pensando en un buen insulto para aplastar a Traveler en la primera oportunidad. Después de consultar el cementerio y echarse un jarro de agua en la camiseta se apostó a pleno sol en la ventana. Traveler no tardó en llegar arrastrando un enorme tablón, que sacó poco a poco por la ventana. Recién entonces Oliveira se dio cuenta de que Talita sostenía también el tablón, y la saludó con un silbido. Talita tenía puesta una salida de baño verde, lo bastante ajustada como para dejar ver que estaba desnuda.

— Qué secante sos — dijo Traveler, bufando— . En qué líos nos metés.

Oliveira vio su oportunidad.

— Callate, miriápodo de diez a doce centímetros de largo, con un par de patas en cada uno de los veintiún anillos en que tiene dividido el cuerpo, cuatro ojos y en la boca mandibulillas córneas y ganchudas que al morder sueltan un veneno muy activo — dijo de un tirón.

— Mandibulillas — comentó Traveler— . Vos fijate las palabras que profiere. Che, si sigo sacando el tablón por la ventana va a llegar un momento en que la fuerza de gravedad nos va a mandar al diablo a Talita y a mí.

— Ya veo — dijo Oliveira— pero considerá que la punta del tablón está demasiado lejos para que yo pueda agarrarlo.

— Estirá un poco las mandibulillas — dijo Traveler.

— No me da el cuero, che. Además sabés muy bien que sufro de horror vacuis. Soy una caña pensante de buena ley.

— La única caña que te conozco es paraguaya — dijo Traveler furioso— . Yo realmente no sé qué vamos a hacer, este tablón empieza a pesar demasiado, ya sabés que el peso es una cosa relativa. Cuando lo trajimos era livianísimo, claro que no le daba el sol como ahora.

— Volvé a meterlo en la pieza — dijo Oliveira, suspirando— . Lo mejor va a ser esto: Yo tengo otro tablón, no tan largo pero en cambio más ancho. Le pasamos una soga haciendo un lazo, y atamos los dos tablones por la mitad. El mío yo lo sujeto a la cama, vos hacés como te parezca.

— El nuestro va a ser mejor calzarlo en un cajón de la cómoda — dijo Talita— . Mientras traés el tuyo, nosotros nos preparamos.

«Qué complicados son», pensó Oliveira yendo a buscar el tablón que estaba parado en el zaguán, entre la puerta de su pieza y la de un turco curandero. Era un tablón de cedro, muy bien cepillado pero con dos o tres nudos que se le habían salido. Oliveira pasó un dedo por un agujero, observó cómo salía por el otro lado, y se preguntó si los agujeros servirían para pasar la soga. El zaguán estaba casi a oscuras (pero era más bien la diferencia entre la pieza asoleada y la sombra) y en la puerta del turco había una silla donde se desbordaba una señora de negro. Oliveira la saludó desde detrás del tablón, que había enderezado y sostenía como un inmenso (e ineficaz) escudo.

— Buenas tardes, don — dijo la señora de negro— . Qué calor que hace.

— Al contrario, señora — dijo Oliveira— . Hace mas bien un frío horrible.

— No sea chistoso, señor — dijo la señora— . Más respeto con los enfermos.

— Pero si usted no tiene nada, señora.

— ¿Nada? ¿Cómo se atreve?

«Esto es la realidad», pensó Oliveira, sujetando el tablón y mirando a la señora de negro. «Esto que acepto a cada momento como la realidad y que no puede ser, no puede ser.»

— No puede ser — dijo Oliveira.

— Retírese, atrevido — dijo la señora— . Le debía dar vergüenza salir a esta hora en camiseta.

— Es Masllorens, señora — dijo Oliveira.

— Asqueroso — dijo la señora.

«Esto que creo la realidad», pensó Oliveira, acariciando el tablón, apoyándose en él. «Esta vitrina arreglada, iluminada por cincuenta o sesenta siglos de manos, de imaginaciones, de compromisos, de pactos, de secretas libertades.»

— Parece mentira que peine canas — decía la señora de negro.

«Pretender que uno es el centro», pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. «Pero es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá llegado al kiosko de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía…»

— Y don Bunche que no la termina más con el otro enfermo — dijo la señora de negro.

Oliveira levantó el tablón y lo metió en su pieza. Traveler le hacía señas para que se apurara, y para tranquilizarlo le contestó con dos silbidos estridentes. La soga estaba encima del ropero, había que arrimar una silla y subirse.

— Si te apuraras un poco — dijo Traveler.

— Ya está, ya está — dijo Oliveira, asomándose a la ventana— . ¿Tu tablón está bien sujeto, che?

— Lo calzamos en un cajón de la cómoda, y Talita le metió encima la Enciclopedia Autodidáctica Quillet.

— No está mal — dijo Oliveira— . Yo al mío le voy a poner la memoria anual del Statens Psykologisk-Pedagogiska Institut, que le mandan a Gekrepten no se sabe por qué.

— Lo que no veo es cómo los vamos a ensamblar — dijo Traveler, empezando a mover la cómoda para que el tablón saliera poco a poco por la ventana.

— Parecen dos jefes asirios con los arietes que derribaban las murallas — dijo Talita que no en vano era dueña de la enciclopedia— . ¿Es alemán ese libro que dijiste?

—Sueco, burra —dijo Oliveira—. Trata de cosas tales como la Mentalhygieniska synpunkter i Förskoleundervisning. Son palabras espléndidas, dignas de este mozo Snorri Sturlusson tan mencionado en la literatura argentina. Verdaderos pectorales de bronce, con la imagen talismánica del halcón.

— Los raudos torbellinos de Noruega — dijo Traveler.

— ¿Vos realmente sos un tipo culto o solamente la embocás? — preguntó Oliveira con cierto asombro.

— No te voy a decir que el circo no me lleve tiempo — dijo Traveler— pero siempre queda un rato para abrocharse una estrella en la frente. Esta frase de la estrella me sale siempre que hablo del circo, por pura contaminación. ¿De dónde la habré sacado? ¿Vos tenés alguna idea, Talita?

— No — dijo Talita, probando la solidez del tablón— . Probablemente de alguna novela portorriqueña.

— Lo que más me molesta es que en el fondo yo sé dónde he leído eso.

— ¿Algún clásico? — insinuó Oliveira.

— Ya no me acuerdo de qué trataba — dijo Traveler pero era un libro inolvidable.

— Se nota — dijo Oliveira.

— El tablón nuestro está perfecto — dijo Talita— . Ahora que no sé cómo vas a hacer para sujetarlo al tuyo.

Oliveira acabó de desenredar la soga, la cortó en dos, y con una mitad ató
el tablón al elástico de la cama. Apoyando el extremo del tablón en el borde de la ventana, corrió la cama y el tablón empezó a hacer palanca en el antepecho, bajando poco a poco hasta posarse sobre el de Traveler, mientras los pies de la cama subían unos cincuenta centímetros. «Lo malo es que va a seguir subiendo en cuanto alguien quiera pasar por el puente», pensó Oliveira preocupado. Se acercó al ropero y empezó a empujarlo en dirección a la cama.

— ¿No tenés bastante apoyo? — preguntó Talita, que se había sentado en el borde de su ventana, y miraba hacia la pieza de Oliveira.

— Extrememos las precauciones — dijo Oliveira— para evitar algún sensible accidente.

Empujó el ropero hasta dejarlo al lado de la cama, y lo tumbó poco a poco. Talita admiraba la fuerza de Oliveira casi tanto como la astucia y las invenciones de Traveler. «Son realmente dos gliptodontes», pensaba enternecida. Los períodos antediluvianos siempre le habían parecido refugio de sapiencia.
El ropero tomó velocidad y cayó violentamente sobre la cama, haciendo temblar el piso. Desde abajo subieron gritos, y Oliveira pensó que el turco de al lado debía estar juntando una violenta presión shamánica. Acabó de acomodar el ropero y montó a caballo en el tablón, naturalmente que del lado de adentro de la ventana.
Ahora va a resistir cualquier peso enunció— . No habrá tragedia, para desencanto de las chicas de abajo que tanto nos quieren. Para ellas nada de esto tiene sentido hasta que alguien se rompe el alma en la calle. La vida, que le dicen.

— ¿No empatillás los tablones con tu soga? — preguntó Traveler.

— Mirá — dijo Oliveira— . Vos sabés muy bien que a mí el vértigo me ha impedido escalar posiciones. El solo nombre del Everest es como si me pegaran un tirón en las verijas. Aborrezco a mucha gente pero a nadie como al sherpa Tensing, creéme.

— Es decir que nosotros vamos a tener que sujetar los tablones — dijo Traveler.

— Viene a ser eso — concedió Oliveira, encendiendo un 43.

— Vos te das cuenta — le dijo Traveler a Talita— . Pretende que te arrastres hasta el medio del puente y ates la soga.

— ¿Yo? — dijo Talita.

— Bueno, ya lo oíste.

— Oliveira no dijo que yo tenía que arrastrarme hasta el medio del puente.

— No lo dijo pero se deduce. Aparte de que es más elegante que seas vos la que le alcance la yerba.

— No voy a saber atar la soga — dijo Talita— . Oliveira y vos saben hacer
nudos, pero a mí se me desatan en seguida. Ni siquiera llegan a atarse.

— Nosotros te daremos las instrucciones — condescendió Traveler.

Talita se ajustó la salida de baño y se quitó una hebra que le colgaba de
un dedo. Tenía necesidad de suspirar, pero sabía que a Traveler lo exasperaban los suspiros.

— ¿Vos realmente querés que sea yo la que le lleve la yerba a Oliveira? — dijo en voz baja.

— ¿Qué están hablando, che? — dijo Oliveira, sacando la mitad del cuerpo por la ventana y apoyando las dos manos en su tablón. La chica de los mandados había puesto una silla en la vereda y los miraba. Oliveira la saludó con una mano. «Doble fractura del tiempo y el espacio», pensó. «La pobre da por supuesto que estamos locos, y se prepara a una vertiginosa vuelta a la normalidad. Si alguien se cae la sangre la va a salpicar, eso es seguro. Y ella no sabe que la sangre la va a salpicar, no sabe que ha puesto ahí la silla para que la sangre la salpique, y no sabe que hace diez minutos le dio una crisis de tedium vitae en plena antecocina, nada más que para vehicular el traslado de la silla a la vereda. Y que el vaso de agua que bebió a las dos y veinticinco estaba tibio y repugnante para que el estómago, centro del humor vespertino, le preparara el ataque de tedium vitae que tres pastillas de leche de magnesia Phillips hubieran yugulado perfectamente; pero esto último ella no tenía que saberlo, ciertas cosas desencadenantes o yugulantes sólo pueden ser sabidas en un plano astral, por usar esa terminología inane.»

— No hablamos de nada — decía Traveler. Vos prepará la soga.

— Ya está, es una soga macanuda. Dale, Talita, yo te la alcanzo desde aquí.

Talita se puso a caballo en el tablón y avanzó unos cinco centímetros,
apoyando las dos manos y levantando la grupa hasta posarla un poco más adelante.

— Esta salida de baño es muy incómoda — dijo— . Sería mejor unos pantalones tuyos o algo así.

— No vale la pena — dijo Traveler. Ponele que te caés, y me arruinás la ropa.

— Vos no te apurés — dijo Oliveira— . Un poco más y ya te puedo tirar la soga.

— Qué ancha es esta calle — dijo Talita, mirando hacia abajo— . Es mucho más ancha que cuando la mirás por la ventana.

— Las ventanas son los ojos de la ciudad — dijo Traveler— y naturalmente deforman todo lo que miran. Ahora estás en un punto de gran pureza, y quizá ves las cosas como una paloma o un caballo que no saben que tienen ojos.

— Dejate de ideas para la N.R.F. y sujetale bien el tablón — aconsejó Oliveira.

— Naturalmente a vos te revienta que cualquiera diga algo que te hubiera encantado decir antes. El tablón lo puedo sujetar perfectamente mientras pienso y hablo.

— Ya debo estar cerca del medio — dijo Talita.

— ¿Del medio? Si apenas te has despegado de la ventana. Te faltan dos metros por lo menos.

— Un poco menos — dijo Oliveira, alentándola— . Ahora nomás te tiro la soga.

— Me parece que el tablón se está doblando para abajo — dijo Talita.

— No se dobla nada — dijo Traveler, que se había puesto a caballo pero del lado de adentro— . Apenas vibra un poco.

— Además la punta descansa sobre mi tablón — dijo Oliveira— . Sería muy extraño que los dos cedieran al mismo tiempo.

— Sí, pero yo peso cincuenta y seis kilos — dijo Talita— . Y al llegar al medio voy a pesar por lo menos doscientos. Siento que el tablón baja cada vez más.

— Si bajara — dijo Traveler yo estaría con los pies en el aire, y en cambio me sobra sitio para apoyarlos en el piso. Lo único que puede suceder es que los tablones se rompan, pero sería muy raro.

— La fibra resiste mucho en sentido longitudinal — convino Oliveira— . Es el apólogo del haz de juncos, y otros ejemplos. Supongo que traés la yerba y los clavos.

— Los tengo en el bolsillo — dijo Talita— . Tirame la soga de una vez. Me pongo nerviosa, creeme.

— Es el frío — dijo Oliveira, revoleando la soga como un gaucho— . Ojo, no vayas a perder el equilibrio. Mejor te enlazo, así estamos seguros de que podés agarrar la soga.

«Es curioso», pensó viendo pasar la soga sobre su cabeza. «Todo se encadena perfectamente si a uno se le da realmente la gana. Lo único falso en esto es el análisis.»

— Ya estás llegando — anunció Traveler— . Ponete de manera de poder atar bien los dos tablones, que están un poco separados.

— Vos fijate lo bien que la enlacé — dijo Oliveira— . Ahí tenés, Manú, no me vas a negar que yo podría trabajar con ustedes en el circo.

— Me lastimaste la cara — se quejó Talita— . Es una soga llena de pinchos.

— Me pongo un sombrero tejano, salgo silbando y enlazo a todo el mundo — propuso Oliveira entusiasmado— . Las tribunas me ovacionan, un éxito pocas veces visto en los anales circenses.

— Te estás insolando — dijo Traveler, encendiendo un cigarrillo— . Y ya te he dicho que no me llames Manú.

— No tengo fuerza — dijo Talita— . La soga es áspera, se agarra en ella misma.

— La ambivalencia de la soga — dijo Oliveira— . Su función natural saboteada por una misteriosa tendencia a la neutralización. Creo que a eso le llaman la entropía.

— Está bastante bien ajustado — dijo Talita— . ¿Le doy otra vuelta? Total hay un pedazo que cuelga.

— Sí, arrollala bien — dijo Traveler— . Me revientan las cosas que sobran y que cuelgan; es diabólico.

— Un perfeccionista — dijo Oliveira— . Ahora pasate a mi tablón para probar el puente.

— Tengo miedo — dijo Talita— . Tu tablón parece menos sólido que el nuestro.

— ¿Qué? — dijo Oliveira ofendido— . ¿Pero vos no te das cuenta que es un tablón de puro cedro? No vas a comparar con esa porquería de pino. Pasate tranquila al mío, nomás.

— ¿Vos qué decís, Manú? — preguntó Talita, dándose vuelta.

Traveler, que iba a contestar, miró el punto donde se tocaban los dos tablones y la soga mal ajustada. A caballo sobre su tablón, sentía que le vibraba entre las piernas de una manera entre agradable y desagradable. Talita no tenía más que apoyarse sobre las manos, tomar un ligero impulso y entrar en la zona del tablón de Oliveira. Por supuesto el puente resistiría; estaba muy bien hecho.

— Mirá, esperá un momento — dijo Traveler, dubitativo— . ¿No le podés alcanzar el paquete desde ahí?

— Claro que no puede — dijo Oliveira, sorprendido— . ¿Qué idea se te ocurre? Estás estropeando todo.

— Lo que se dice alcanzárselo, no puedo — admitió Talita— . Pero se lo puedo tirar, desde aquí es lo más fácil del mundo.

— Tirar — dijo Oliveira, resentido— . Tanto lío y al final hablan de tirarme el paquete.

— Si vos sacás el brazo estás a menos de cuarenta centímetros del paquete — dijo Traveler— . No hay necesidad de que Talita vaya hasta allá. Te tira el paquete y chau.

— Va a errar el tiro, como todas las mujeres — dijo Oliveira— y la yerba se va a desparramar en los adoquines, para no hablar de los clavos.

— Podés estar tranquilo — dijo Talita, sacando presurosa el paquete— . Aunque no te caiga en la mano lo mismo va a entrar por la ventana.

— Sí, y se va a reventar en el piso, que está sucio, y yo voy a tomar un mate asqueroso lleno de pelusas — dijo Oliveira.

— No le hagás caso — dijo Traveler— . Tirale nomás el paquete, y volvé.

Talita se dio vuelta y lo miró, dudando de que hablara en serio. Traveler la estaba mirando de una manera que conocía muy bien, y Talita sintió como una caricia que le corría por la espalda. Apretó con fuerza el paquete, calculó la distancia.

Oliveira había bajado los brazos y parecía indiferente a lo que Talita hiciera o no hiciera. Por encima de Talita miraba fijamente a Traveler, que lo miraba fijamente: «Estos dos han tendido otro puente entre ellos», pensó Talita. «Si me cayera a la calle ni se darían cuenta.» Miró los adoquines, vio a la chica de los mandados que la contemplaba con la boca abierta; dos cuadras más allá venía caminando una mujer que debía ser Gekrepten. Talita esperó, con el paquete apoyado en el puente.

— Ahí está — dijo Oliveira— . Tenía que suceder, a vos no te cambia nadie. Llegás al borde de las cosas y uno piensa que por fin vas a entender, pero es inútil, che, empezás a darles la vuelta, a leerles las etiquetas. Te quedás en el prospecto, pibe.

— ¿Y qué? — dijo Traveler— . ¿Por qué te tengo que hacer el juego, hermano?

— Los juegos se hacen solos, sos vos el que mete un palito para frenar la rueda.

— La rueda que vos fabricaste, si vamos a eso.

— No creo — dijo Oliveira— . Yo no hice más que suscitar las circunstancias, como dicen los entendidos. El juego había que jugarlo limpio.

— Frase de perdedor, viejito.

— Es fácil perder si el otro te carga la taba.

— Sos grande — dijo Traveler— . Puro sentimiento gaucho. Talita sabía que de alguna manera estaban hablando de ella, y seguía mirando a la chica de los mandados inmóvil en la silla con la boca abierta. «Daría cualquier cosa por no oírlos discutir», pensó Talita. «Hablen de lo que hablen, en el fondo es siempre de mí, pero tampoco es eso, aunque es casi eso.» Se le ocurrió que sería divertido soltar el paquete de manera que le cayera en la boca a la chica de los mandados. Pero no le hacía gracia, sentía el otro puente por encima, las palabras yendo y viniendo, las risas, los silencios calientes.

«Es como un juicio», pensó Talita. «Como una ceremonia.»

Reconoció a Gekrepten que llegaba a la otra esquina y empezaba a mirar hacia arriba. «¿Quién te juzga?», acababa de decir Oliveira. Pero no era a Traveler sino a ella que estaban juzgando. Un sentimiento, algo pegajoso como el sol en la nuca y en las piernas. Le iba a dar un ataque de insolación, a lo mejor eso sería la sentencia. «No creo que seas nadie para juzgarme», había dicho Manú. Pero no era a Manú sino a ella que estaban juzgando. Y a través de ella, vaya a saber qué, mientras la estúpida de Gekrepten revoleaba el brazo izquierdo y le hacía señas como si ella, por ejemplo, estuviera a punto de tener un ataque de insolación y fuera a caerse a la calle, condenada sin remedio.

— ¿Por qué te balanceás así? — dijo Traveler, sujetando su tablón con las dos manos— . Che, lo estás haciendo vibrar demasiado. A ver si nos vamos todos al diablo.

— No me muevo — dijo miserablemente Talita— . Yo solamente quisiera tirarle el paquete y entrar otra vez en casa.

— Te está dando todo el sol en la cabeza, pobre — dijo Traveler— Realmente es una barbaridad, che.

— La culpa es tuya — dijo Oliveira rabioso— . No hay nadie en la Argentina capaz de armar quilombos como vos.

La tenés conmigo — dijo Traveler objetivamente— . Apurate, Talita. Rajale el paquete por la cara y que nos deje de joder de una buena vez.

— Es un poco tarde — dijo Talita— . Ya no estoy tan segura de embocar la ventana.

— Te lo dije — murmuró Oliveira que murmuraba muy poco y sólo cuando estaba al borde de alguna barbaridad— . Ahí viene Gekrepten llena de paquetes. Éramos pocos y parió la abuela.

— Tirale la yerba de cualquier manera — dijo Traveler, impaciente— . Vos no te aflijas si sale desviado.

Talita inclinó la cabeza y el pelo le chorreó por la frente, hasta la boca. Tenía que parpadear continuamente porque el sudor le entraba en los ojos. Sentía la lengua llena de sal y de algo que debían ser chispazos, astros diminutos corriendo y chocando con las encías y el paladar.

— Esperá — dijo Traveler.

— ¿Me lo decís a mí? — preguntó Oliveira.

— No. Esperá, Talita. Tenete bien fuerte que te voy a alcanzar un sombrero.

— No te salgas del tablón — pidió Talita— . Me voy a caer a la calle.

— La enciclopedia y la cómoda lo sostienen perfectamente. Vos no te movás,
que vuelvo en seguida.

Los tablones se inclinaron un poco hacia abajo, y Talita se agarró
desesperadamente. Oliveira silbó con todas sus fuerzas como para detener a Traveler, pero ya no había nadie en la ventana.

— Qué animal — dijo Oliveira— . No te muevas, no respires siquiera. Es una cuestión de vida o muerte, creeme.

— Me doy cuenta — dijo Talita, con un hilo de voz— . Siempre ha sido así.

— Y para colmo Gekrepten está subiendo la escalera. Lo que nos va a escorchar, madre mía. No te muevas.

— No me muevo — dijo Talita— . Pero parecería que…

— Sí, pero apenas — dijo Oliveira— . Vos no te movás, es lo único que se puede hacer.

«Ya me han juzgado», pensó Talita. «Ahora no tengo más que caerme y ellos seguirán con el circo, con la vida.»

— ¿Por qué llorás? — dijo Oliveira, interesado.

— Yo no lloro — dijo Talita— . Estoy sudando, solamente.

— Mirá — dijo Oliveira resentido— , yo seré muy bruto pero nunca me ha ocurrido confundir las lágrimas con la transpiración. Es completamente distinto.

— Yo no lloro — dijo Talita— . Casi nunca lloro, te juro. Lloran las gentes como Gekrepten, que está subiendo por la escalera llena de paquetes. Yo soy como el ave cisne, que canta cuando se muere — dijo Talita— . Estaba en un disco de Gardel.

Oliveira encendió un cigarrillo. Los tablones se habían equilibrado otra vez. Aspiró satisfecho el humo.

— Mirá, hasta que vuelva ese idiota de Manú con el sombrero, lo que podemos hacer es jugara las preguntas-balanza.

— Dale — dijo Talita— . Justamente ayer preparé unas cuantas, para que sepas.

— Muy bien. Yo empiezo y cada uno hace una pregunta-balanza. La operación que consiste en depositar sobre un cuerpo sólido una capa de metal disuelto en un líquido, valiéndose de corrientes eléctricas, ¿no es una embarcación antigua, de vela latina, de unas cien toneladas de porte?

— Sí que es — dijo Talita, echándose el pelo hacia atrás— . Andar de aquí para allá, vagar, desviar el golpe de un arma, perfumar con algalia, y ajustar el pago del diezmo de los frutos en verde, ¿no equivale a cualquiera de los jugos vegetales destinados a la alimentación, como vino, aceite, etc.?

— Muy bueno — condescendió Oliveira— . Los jugos vegetales, como vino, aceite… Nunca se me había ocurrido pensar en el vino como en un jugo vegetal. Es espléndido. Pero escuchá esto: Reverdecer, verdear el campo, enredarse el pelo, la lana, enzarzarse en una riña o contienda, envenenar el agua con verbasco u otra sustancia análoga para atontar a los peces y pescarlos, ¿no es el desenlace del poema dramático, especialmente cuando es doloroso?

— Qué lindo — dijo Talita, entusiasmada— . Es lindísimo, Horacio. Vos realmente le sacás el jugo al cementerio.

— El jugo vegetal — dijo Oliveira.

Se abrió la puerta de la pieza y Gekrepten entró respirando agitadamente. Gekrepten era rubia teñida, hablaba con mucha facilidad, y ya no se sorprendía por un ropero tirado en una cama y un hombre a caballo en un tablón.

— Qué calor — dijo tirando los paquetes sobre una silla— . Es la peor hora para ir de compras, creeme. ¿Qué hacés ahí, Talita? Yo no sé por qué salgo siempre a la hora de la siesta.

— Bueno, bueno — dijo Oliveira, sin mirarla— . Ahora te toca a vos, Talita.

— No me acuerdo de ninguna otra.

— Pensá, no puede ser que no te acuerdes.

— Ah, es por el dentista — dijo Gekrepten— . Siempre me dan las horas peores para emplomar las muelas. ¿Te dije que hoy tenía que ir al dentista?

— Ahora me acuerdo de una — dijo Talita.

— Y mirá lo que me pasa — dijo Gekrepten— . Llego a lo del dentista, en la calle Warnes. Toco el timbre del consultorio y sale la mucama. Yo le digo: «Buenas tardes.» Me dice: «Buenas tardes. Pase, por favor.» Yo paso, y me hace entrar en la sala de espera.

— Es así — dijo Talita— . El que tiene abultados los carrillos, o la fila de cubas amarradas que se conducen a modo de balsa, hacia un sitio poblado de carrizos: el almacén de artículos de primera necesidad, establecido para que se surtan de él determinadas personas con más economía que en las tiendas, y todo lo perteneciente o relativo a la égloga, ¿no es como aplicar el galvanismo a un animal vivo o muerto?

— Qué hermosura — dijo Oliveira deslumbrado— . Es sencillamente fenomenal.

— Me dice: «Siéntese un momento, por favor.» Yo me siento y espero.

— Todavía me queda una — dijo Oliveira— . Esperá, no me acuerdo muy bien.

— Había dos señoras y un señor con un chico. Los minutos parecía que no pasaban. Si te digo que me leí enteros tres números de Idilio. El chico lloraba, pobre criatura, y el padre, un nervioso… No quisiera mentir pero pasaron más de dos horas, desde las dos y media que llegué. Al final me tocó el turno, y el dentista me dice: «Pase, señora»; yo paso, y me dice: «¿No le molestó mucho lo que le puse el otro día?» Yo le digo: «No, doctor, qué me va a molestar. Además que todo este tiempo mastiqué siempre de un solo lado.» Me dice: «Muy bien, es lo que hay que hacer. Siéntese, señora.» Yo me siento, y me dice: «Por favor, abra la boca.» Es muy amable, ese dentista.

— Ya está — dijo Oliveira— . Oí bien, Talita. ¿Por qué mirás para atrás?

— Para ver si vuelve Manú.

— Qué va a venir. Escuchá bien: la acción y efecto de contrapasar, o en los
torneos y justas, hacer un jinete que su caballo dé con los pechos en los del caballo de su contrario, ¿no se parece mucho al fastigio, momento más grave e intenso de una enfermedad?

— Es raro — dijo Talita, pensando— . ¿Se dice así, en español?

— ¿Qué cosa se dice así?

— Eso de hacer un jinete que su caballo dé con los pechos.

— En los torneos sí — dijo Oliveira— . Está en el cementerio, che.

— Fastigio — dijo Talita— es una palabra muy bonita. Lástima lo que quiere decir.

— Bah, lo mismo pasa con mortadela y tantas otras — dijo Oliveira— . Ya se
ocupó de eso el abate Bremond, pero no hay nada que hacerle. Las palabras son como nosotros, nacen con una cara y no hay tu tía. Pensá en la cara que tenía Kant, decime un poco. O Bernardino Rivadavia, para no ir tan lejos.

— Me ha puesto una emplomadura de material plástico — dijo Gekrepten.

— Hace un calor terrible — dijo Talita— . Manú dijo que iba a traerme un sombrero.

— Qué va a traer, ése — dijo Oliveira.

— Si a vos te parece te tiro el paquete y me vuelvo a casa — dijo Talita.

Oliveira miró el puente, midió la ventana abriendo vagamente los brazos, y
movió la cabeza.

— Quién sabe si lo vas a embocar — dijo— . Por otra parte me da no sé qué
tenerte ahí con ese frío glacial. ¿No sentís que se te forman carámbanos en el pelo y las fosas nasales?

— No — dijo Talita— . ¿Los carámbanos vienen a ser cómo los fastigios?

— En cierto modo sí — dijo Oliveira— . Son dos cosas que se parecen desde sus diferencias, un poco como Manú y yo si te ponés a pensarlo. Reconocerás que el lío con Manú es que nos parecemos demasiado.

— Sí — dijo Talita— . Es bastante molesto a veces.

— Se fundió la manteca — dijo Gekrepten, untando una tajada de pan negro— . La manteca, con el calor, es una lucha.

— La peor diferencia está en eso — dijo Oliveira— . La peor de las peores diferencias. Dos tipos con pelo negro, con cara de porteños farristas, con el mismo desprecio por casi las mismas cosas, y vos…

— Bueno, yo… — dijo Talita.

— No tenés por qué escabullirte — dijo Oliveira— . Es un hecho que vos te sumás de alguna manera a nosotros dos para aumentar el parecido, y por lo tanto la diferencia.

— A mí no me parece que me sume a los dos — dijo Talita.

— ¿Qué sabés? ¿Qué podés saber, vos? Estás ahí en tu pieza, viviendo y cocinando y leyendo la enciclopedia autodidáctica, y de noche vas al circo, y entonces te parece que solamente estás ahí en donde estás. ¿Nunca te fijaste en los picaportes de las puertas, en los botones de metal, en los pedacitos de vidrio?

— Sí, a veces me fijo — dijo Talita.

— Si te fijaras bien verías que por todos lados, donde menos se sospecha, hay imágenes que copian todos tus movimientos. Yo soy muy sensible a esas idioteces, creeme.

— Vení, tomá la leche que ya se le formó nata — dijo Gekrepten— . ¿Por qué hablan siempre de cosas raras?

— Vos me estás dando demasiado importancia — dijo Talita.

— Oh, esas cosas no las decide uno — dijo Oliveira— . Hay todo un orden de cosas que uno no decide, y son siempre fastidiosas aunque no las más importantes. Te lo digo porque es un gran consuelo. Por ejemplo yo pensaba tomar mate. Ahora llega ésta y se pone a preparar café con leche sin que nadie se lo pida. Resultado: si no lo tomo, a la leche se le forma nata. No es importante, pero joroba un poco. ¿Te das cuenta de lo que estoy diciendo?

— Oh, sí — dijo Talita mirándolo en los ojos— . Es verdad que te parecés a Manú. Los dos saben hablar tan bien del café con leche y del mate, y uno acaba por darse cuenta de que el café con leche y el mate, en realidad…

— Exacto — dijo Oliveira— . En realidad. De modo que podemos volver a lo que decía antes. La diferencia entre Manú y yo es que somos casi iguales. En esa proporción, la diferencia es como un cataclismo inminente. ¿Somos amigos? Sí, claro, pero a mí no me sorprendería nada que… Fijate que desde que nos conocemos, te lo puedo decir porque vos ya lo sabés, no hacemos más que lastimarnos. A él no le gusta que yo sea como soy, apenas me pongo a enderezar unos clavos ya ves el lío que arma, y te embarca de paso a vos. Pero a él no le gusta que yo sea como soy porque en realidad muchas de las cosas que a mí se me ocurren, muchas de las cosas que hago, es como si se las escamoteara delante de las narices. Antes de que él las piense, zás, ya están. Bang, bang, se asoma a la ventana y yo estoy enderezando los clavos.

Talita miró hacia atrás, y vio la sombra de Traveler que escuchaba, escondido entre la cómoda y la ventana.

— Bueno, no tenés que exagerar — dijo Talita— . A vos no se te ocurrirían algunas cosas que se le ocurren a Manú.

— ¿Por ejemplo?

— Se te enfría la leche — dijo Gekrepten quejumbrosa— . ¿Querés que te la ponga otro poco al fuego, amor?

— Hacé un flan para mañana — aconsejó Oliveira— . Vos seguí, Talita.

— No — dijo Talita, suspirando— . Para qué. Tengo tanto calor, y me parece que me estoy empezando a marear. Sintió la vibración del puente cuando Traveler lo cabalgó al borde de la ventana. Echándose de bruces sin pasar del nivel del antepecho, Traveler puso un sombrero de paja sobre el tablón. Con ayuda de un palo de plumero empezó a empujarlo centímetro a centímetro.

— Si se desvía apenas un poco — dijo Traveler— seguro que se cae a la calle y va a ser un lío bajar a buscarlo.

— Lo mejor sería que yo me volviera a casa — dijo Talita, mirando penosamente a Traveler.

— Pero primero le tenés que pasar la yerba a Oliveira — dijo Traveler.

— Ya no vale la pena — dijo Oliveira— . En todo caso que tire el paquete, da lo mismo.

Talita los miró alternativamente, y se quedó inmóvil.

— A vos es difícil entenderte — dijo Traveler— . Todo este trabajo y ahora resulta que mate más, mate menos, te da lo mismo.

— Ha transcurrido el minutero, hijo mío — dijo Oliveira— . Vos te movés en el continuo tiempo-espacio con una lentitud de gusano. Pensá en todo lo que ha acontecido desde que decidiste ir a buscar ese zarandeado jipijapa. El ciclo del mate se cerró sin consumarse, y entre tanto hizo aquí su llamativa entrada la siempre fiel Gekrepten, armada de utensilios culinarios. Estamos en el sector del café con leche, nada que hacerle.

— Vaya razones — dijo Traveler.

— No son razones, son mostraciones perfectamente objetivas. Vos tendés a moverte en el continuo, como dicen los físicos, mientras que yo soy sumamente sensible a la discontinuidad vertiginosa de la existencia. En este mismo momento el café con leche irrumpe, se instala, impera, se difunde, se reitera en cientos de miles de hogares. Los mates han sido lavados, guardados, abolidos. Una zona temporal de café con leche cubre este sector del continente americano. Pensá en todo lo que eso supone y acarrea. Madres diligentes que aleccionan a sus párvulos sobre la dietética láctea, reuniones infantiles en torno a la mesa de la antecocina, en cuya parte superior todas son sonrisas y en la inferior un diluvio de patadas y pellizcos. Decir café con leche a esta hora significa mutación, convergencia amable hacia el fin de la jornada, recuento de las buenas acciones, de las acciones al portador, situaciones transitorias, vagos proemios a lo que las seis de la tarde, hora terrible de llave en las puertas y carreras al ómnibus, concretará brutalmente. A este hora casi nadie hace el amor, eso es antes o después. A esta hora se piensa en la ducha (pero la tomaremos a las cinco) y la gente empieza a rumiar las posibilidades de la noche, es decir si van a ir a ver a Paulina Singerman o a Toco Tarántola (pero no estamos seguros, todavía hay tiempo). ¿Qué tiene ya que ver todo eso con la hora del mate? No te hablo del mate mal tomado, superpuesto al café con leche, sino al auténtico que yo quería, a la hora justa, en el momento de más frío. Y esas cosas me parece que no las comprendés lo suficiente.

— La modista es una estafadora — dijo Gekrepten— . ¿Vos te hacés hacer los vestidos por una modista, Talita?

— No — dijo Talita— . Sé un poco de corte y confección.

— Hacés bien, m’hija. Yo esta tarde después del dentista me corro hasta la modista que está a una cuadra y le voy a reclamar una pollera que ya tendría que estar hace ocho días. Me dice: «Ay, señora, con la enfermedad de mi mamá no he podido lo que se dice enhebrar la aguja.» Yo le digo: «Pero, señora, yo la pollera la necesito.» Me dice: «Créame, lo siento mucho. Una clienta como usted. Pero va a tener que disculpar.» Yo le digo: «Con disculpar no se arregla nada, señora. Más le valdría cumplir a tiempo y todos saldríamos gananciosos.» Me dice: «Ya que lo toma así, ¿por qué no va de otra modista?» Y yo le digo: «No es que me falten ganas, pero ya que me comprometí con usted más vale que la espere, y eso que me parece una informalidad.

— Todo eso te sucedió? — dijo Oliveira.

— Claro — dijo Gekrepten— . ¿No ves que se lo estoy contando a Talita?

— Son dos cosas distintas.

— Ya empezás, vos.

— Ahí tenés — le dijo Oliveira a Traveler, que lo miraba cejijunto— . Ahí
tenés lo que son las cosas. Cada uno cree que está hablando de lo que comparte con los demás.

— Y no es así, claro — dijo Traveler. Vaya noticia.

— Conviene repetirla, che.

— Vos repetís todo lo que supone una sanción contra alguien.

— Dios me puso sobre vuestra ciudad — dijo Oliveira.

— Cuando no me juzgás a mí te la agarrás con tu mujer.

— Para picarlos y tenerlos despiertos — dijo Oliveira.

— Una especie de manía mosaica. Te la pasás bajando del Sinaí.

— Me gusta — dijo Oliveira— que las cosas queden siempre lo más claras posible. A vos parece darte lo mismo que en plena conversación Gekrepten intercale una historia absolutamente fantasiosa de un dentista y no sé qué pollera. No parecés darte cuenta de que esas irrupciones, disculpables cuando son hermosas o por lo menos inspiradas, se vuelven repugnantes apenas se limitan a escindir un orden, a torpedear una estructura. Cómo hablo, hermano.

— Horacio es siempre el mismo — dijo Gekrepten— . No le haga caso, Traveler.

— Somos de una blandura insoportable, Manú. Consentimos a cada instante que la realidad se nos huya entre los dedos como una agüita cualquiera. La teníamos ahí, casi perfecta, como un arcoiris saltando del pulgar al meñique. y el trabajo para conseguirla, el tiempo que se necesita, los méritos que hay que hacer… Zás, la radio anuncia que el general Pisotelli hizo declaraciones. Kaputt. Todo kaputt. «Por fin algo en serio», piensa la chica de los mandados, o ésta, o a lo mejor vos mismo. Y yo, porque no te vayas a imaginar que me creo infalible. ¿Qué sé yo dónde está la verdad? Solamente que me gustaba tanto ese arcoiris como un sapito entre los dedos. Y esta tarde… Mirá, a pesar del frío a mí me parece que estábamos empezando a hacer algo en serio. Talita, por ejemplo, cumpliendo esa proeza extraordinaria de no caerse a la calle, y vos ahí, y yo… Uno es sensible a ciertas cosas, qué demonios.

— No sé si te entiendo — dijo Traveler. A lo mejor lo del arcoiris no está tan mal. ¿Pero por qué sos tan intolerante? Viví y dejá vivir, hermano.

— Ahora que ya jugaste bastante, vení a sacar el ropero de arriba de la cama — dijo Gekrepten.

— ¿Te das cuenta? — dijo Oliveira.

— Eh, sí — dijo Traveler, convencido.

— Quod erat demostrandum, pibe.

— Quod erat — dijo Traveler.

— Y lo peor es que en realidad ni siquiera habíamos empezado.

— ¿Cómo? — dijo Talita, echándose el pelo para atrás y mirando si Traveler había empujado lo suficiente el sombrero.

— Vos no te pongás nerviosa — aconsejó Traveler. Date vuelta despacio, estirá esa mano, así. Esperá, ahora yo empujo un poco más… ¿No te dije? Listo.

Talita sujetó el sombrero y se lo encasquetó de un solo golpe. Abajo se habían juntado dos chicos y una señora, que hablaban con la chica de los mandados y miraban el puente.

— Ahora yo le tiro el paquete a Oliveira y se acabó — dijo Talita sintiéndose más segura con el sombrero puesto— . Tengan firme los tablones, no sea cosa.

— ¿Lo vas a tirar? — dijo Oliveira— . Seguro que no lo embocás.

— Dejala que haga la prueba — dijo Traveler. Si el paquete se escracha en la calle, ojalá le pegue en el melón a la de Gutusso, lechuzón repelente.

— Ah, a vos tampoco te gusta — dijo Oliveira— . Me alegro porque no la puedo tragar. ¿Y vos, Talita?

— Yo preferiría tirarte el paquete — dijo Talita.

— Ahora, ahora, pero me parece que te estás apurando mucho.

— Oliveira tiene razón — dijo Traveler— . A ver si la arruinás justamente al final, después de todo el trabajo.

— Pero es que tengo calor — dijo Talita — . Yo quiero volver a casa, Manú.

— No estás tan lejos para quejarte así. Cualquiera creería que me estás escribiendo desde Matto Grosso.

— Lo dice por la yerba — informó Oliveira a Gekrepten, que miraba el ropero.

— ¿Van a seguir jugando mucho tiempo? — preguntó Gekrepten.

— Nones — dijo Oliveira.

— Ah — dijo Gekrepten— . Menos mal.

Talita había sacado el paquete del bolsillo de la salida de baño y lo balanceaba de atrás adelante. El puente empezó a vibrar, y Traveler y Oliveira lo sujetaron con todas sus fuerzas. Cansada de balancear el paquete, Talita empezó a revolear el brazo, sujetándose con la otra mano.

— No hagás tonterías — dijo Oliveira— . Más despacio. ¿Me oís? ¡Más despacio!

— ¡Ahí va! — gritó Talita.

— ¡Más despacio, te vas a caer a la calle!

— ¡No me importa! — gritó Talita, soltando el paquete que entró a toda velocidad en la pieza y se hizo pedazos contra el ropero.

— Espléndido — dijo Traveler, que miraba a Talita como si quisiera sostenerla en el puente con la sola fuerza de la mirada— . Perfecto, querida. Más claro, imposible. Eso sí que fue demostrandum.
El puente se aquietaba poco a poco. Talita se sujetó con las dos manos y agachó la cabeza. Oliveira no veía más que el sombrero, y el pelo de Talita derramado sobre los hombros. Levantó los ojos y miro a Traveler.

— Si te parece — dijo— . Yo también creo que más claro, imposible.

«Por fin», pensó Talita, mirando los adoquines, las veredas. «Cualquier cosa es mejor que estar así, entre las dos ventanas.»

— Podés hacer dos cosas — dijo Traveler— . Seguir adelante, que es más fácil, y entrar por lo de Oliveira, o retroceder, que es más difícil, y ahorrarte las escaleras y el cruce de la calle.

— Que venga aquí, pobre — dijo Gekrepten— . Tiene la cara toda empapada de transpiración.

— Los niños y los locos — dijo Oliveira.

— Dejame descansar un momento — dijo Talita— . Me parece que estoy un poco mareada.

Oliveira se echó de bruces en la ventana, y le tendió el brazo. Talita no tenía más que avanzar medio metro para tocar su mano.

— Es un perfecto caballero — dijo Traveler— . Se ve que ha leído el consejero social del profesor Maidana. Lo que se llama un conde. No te pierdas eso, Talita.

— Es la congelación — dijo Oliveira— . Descansá un poco, Talita, y franqueá el trecho remanente. No le hagas caso, ya se sabe que la nieve hace delirar antes del sueño inapelable.

Pero Talita se había enderezado lentamente, y apoyándose en las dos manos trasladó su trasero veinte centímetros más atrás. Otro apoyo, y otros veinte centímetros. Oliveira, siempre con la mano tendida, parecía el pasajero de un barco que empieza a alejarse lentamente del muelle. Traveler estiró los brazos y calzó las manos en las axilas de Talita. Ella se quedó inmóvil, y después echó la cabeza hacia atrás con un movimiento tan brusco que el sombrero cayó planeando hasta la vereda.

— Como en las corridas de toros — dijo Oliveira— . La de Gutusso se lo va a querer portar vía.

Talita había cerrado los ojos y se dejaba sostener, arrancar del tablón, meter a empujones por la ventana. Sintió la boca de Traveler pegada en su nuca, la respiración caliente y rápida.

— Volviste — murmuró Traveler— . Volviste, volviste.

— Sí — dijo Talita, acercándose a la cama— . ¿Cómo no iba a volver? Le tiré el maldito paquete y volví, le tiré el paquete y volví, le…

Traveler se sentó al borde de la cama. Pensaba en el arcoiris entre los dedos, esas cosas que se le ocurrían a Oliveira. Talita resbaló a su lado y empezó a llorar en silencio. «Son los nervios», pensó Traveler. «Lo ha pasado muy mal.» Iría a buscarle un gran vaso de agua con jugo de limón, le daría una aspirina, le pantallaría la cara con una revista, la obligaría a dormir un rato. Pero antes había que sacar la enciclopedia autodidáctica, arreglar la cómoda y meter dentro el tablón. «Esta pieza está tan desordenada», pensó, besando a Talita. Apenas dejara de llorar le pediría que lo ayudara a acomodar el cuarto. Empezó a acariciarla, a decirle cosas.

— En fin, en fin — dijo Oliveira.

Se apartó de la ventana y se sentó al borde de la cama, aprovechando el espacio que le dejaba libre el ropero. Gekrepten había terminado de juntar la yerba con una cuchara.

— Estaba llena de clavos — dijo Gekrepten— . Qué cosa tan rara.

— Rarísima — dijo Oliveira.

— Me parece que voy a bajar a buscar el sombrero de Talita. Vos sabés lo que son los chicos.

— Sana idea — dijo Oliveira, alzando un clavo y dándole vueltas entre los dedos. Gekrepten bajó a la calle. Los chicos habían recogido el sombrero y discutían con la chica de los mandados y la señora de Gutusso.

— Demelón a mí — dijo Gekrepten, con una sonrisa estirada— . Es de la
señora de enfrente, conocida mía.

— Conocida de todos, hijita — dijo la señora de Gutusso— . Vaya espectáculo
a estas horas, y con los niños mirando.

— No tenía nada de malo — dijo Gekrepten, sin mucha convicción.

— Con las piernas al aire en ese tablón, mire qué ejemplo para las criaturas. Usted no se habrá dado cuenta, pero desde aquí se le veía propiamente todo, le juro.

— Tenía muchísimos pelos — dijo el más chiquito.

— Ahí tiene — dijo la señora de Gutusso— . Las criaturas dicen lo que ven, pobres inocentes. ¿Y qué tenía que hacer ésa a caballo en una madera, dígame un poco? A esta hora cuando las personas decentes duermen la siesta o se ocupan de sus quehaceres. ¿Usted se montaría en una madera, señora, si no es mucho preguntar?

— Yo no — dijo Gekrepten— . Pero Talita trabaja en un circo, son todos artistas.

— ¿Hacen pruebas? — preguntó uno de los chicos— . ¿Adentro de cuál circo trabaja la cosa esa?

— No era una prueba — dijo Gekrepten— . Lo que pasa es que querían darle un poco de yerba a mi marido, y entonces…

La señora de Gutusso miraba a la chica de los mandados. La chica de los mandados se puso un dedo en la sien y lo hizo girar. Gekrepten agarró el sombrero con las dos manos y entro en el zaguán. Los chicos se pusieron en fila y empezaron a cantar, con música de «Caballería ligera»:

Lo corrieron de atrás,

lo corrieron de atrás,

le metieron un palo en el cúúúlo.

¡Pobre señor! ¡Pobre señor!

No se lo pudo sacar. (Bis.)

»

  1. ¡Qué hermosura! Volví a leerlo, no lo pude evitar. Por eso yo también elegí ese nombre (al menos en mi Facebook), pero no se me hubiera ocurrido insultar a otra por hacer lo mismo sino, por el contrario, celebrar con un guiño cómplice el identificarnos y habernos enamorado de otro personaje femenino que no fuera La Maga. Y esa parte del puente es maravillosa.
    Nanu.

¿Qué te pareció?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s