Dado que la gente que entra por primera vez a mi blog suele pasar por aquí, he decidido actualizar la sección. Conózcanme amigos, soy Talita:

Nací en Rio Cuarto, Córdoba en Septiembre del ´83. Un mes más tarde la noticia ya se había expandido y los militares decidían retirarse del puesto que habían ocupado hasta entonces: mi candor inundaba corazones.

Crecí en una humilde chacra rodeada de perros y chanchos. A la edad de dos o tres años -la memoria me falla- mis padres se divorciaron. Fueron unos adelantados a su época. A mí la cosa no me gustó ni tres cuartos y como protesta decidí dejar de hablar.

A los seis años retomé el hábito por mi propio bien: quería ir a la escuela. El tiempo de no darle uso a mis cuerdas vocales pasó  factura, se me dio vuelta el falsete y ahora cuento con una voz extremadamente chillona. Esto también podría ser consecuencia de usar el “Para” como aerosol para el asma.

Asistí a un colegio regido por un grupo de monjas españolas. Desde el primer día fui a clase montando en mi burrito Platino (yo quería ponerle Platero, pero el  problema de cambiarle el nombre a la gente –o animales- es un mal de familia). Las monjas eran simpáticas. Nos hacían aprender los hits catoliqueros del momento que eran tan pegadizos como los de Tarkan, y veíamos grandes dibujos animados como “La casa voladora”.

Mi infancia se desarrolló entre barro, animales y libros. Una de mis lecturas favoritas era “Condorito”, cosa que a día de hoy no llego a comprender. Me gustaba hacer milanesas de hojas de parra y fabricar casas. Hacía casas en el tejado, con las escaleras de dos hojas y en la piecita del nono. Y en las casas leía y cocinaba.

La pubertad llegó como cualquier otra, ignorando los mandatos paternales e idolatrando a las amistades. Fui a un colegio secundario especial, sólo se aceptaban raritos. Yo no tuve problema en entrar por ser del campo. La escuela era una casona vieja de techos altos y el director un hombre gordo que usaba boina y decía “¿Vale?”. Fue amor a primera vista –con la escuela, no con el gordo-: era una casa, no una institución.

La adolescencia pasó de manera similar. De casa en casa tomando mate, escribiendo relatos eróticos y teniendo algún que otro novio que en el futuro sería homosexual. Hasta que en el 2000 mi madre anunció -después de una aguda tirada de cartas- que se iba todo a la mierda. Y decidimos mudarnos a España.

Los primeros meses fueron duros. Uno, porque no hablaban castellano como yo creía y dos, porque la gente gritaba más que yo. Con el tiempo aprendí a manejar el madrileño con soltura y el asunto de los gritos dejó de hacer mella una vez que empecé a quedarme sorda. Me adapté.

Estudié teatro, aprendí a hacer pinos y disfruté del deporte nacional por excelencia: cañas y tapas. Lo mejor de la soleada península.

En el 2009 conocí a mi amor y actual concubino: Abel Flaubert, prestigioso músico naturalista -y apicultor- de principios de siglo. Somos tan felices como pueden llegar a serlo un porteño y una joven del interior. Nuestro amor se selló el día en que regresé a casa y me estaba esperando con un gatito de color blanco (Guzmán).

Tras dos años fue él quien, después de otra tirada de cartas, lo anunció: “Esto también se va a la mierda”. Y nos mudamos a Berlín. A mi madre la dejamos en Málaga, que quedaba de paso.

Ahora me dedico a la cosecha del perejil, soy ama de casa a un cuarto de tiempo y escribo en este blog. Quiero aprender a tocar el piano.

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  1. :) … me gustó la parte del colegio especial… donde sólo se aceptaban raritos… muy cierto! jeje. Te felicito por el blog! vamos a empezar a visitarlo!

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