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Las aventuras de Yanpól, el Tiflin Nivel 1 (II)

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-¡Corra Soberbio, corra! -gritó Yanpól saliendo por una de las puertas laterales de la bóveda.

-¡Pero Yanpól! -dijo Soberbio mirándolo estupefacto- ¿Cómo es que va usté así por la vida?

-¡Que corra le digo! -repitió arrastrándolo del brazo.- Me ha visto sólo uno, pero se puso a dar voces como si no hubiera mañana.

-No me extraña, no se anda encontrando uno con tiflines en pelotas muy seguido. Por aquí -dijo señalando el camino que había marcado como seguro.- ¿Y? ¿Encontró algo?

-Un pergamino -dijo Yanpól sacando un rollo arrugado de no se sabe muy bien dónde.

-¡Un pergamino! -repitió el enano ahogando un gritito de excitación. -Déme.

-Pero no se detenga, hombre, que estarán todavía detrás nuestro.

-Está… resbaloso -dijo Soberbio tomando una punta del rollo entre índice y pulgar y manteniéndolo a una distancia prudente de la cara.- ¿Me va a contar de una vez cómo consiguió meterse en la bóveda? -preguntó levantando la mirada hacia Yanpól.

-Que sí, que sí -contestó el tiflin arrebatándole el pergamino-, pero cuando nos pongamos a cubierto. ¿No me prestaría la capita? Yo después se la lavo.

-Mpff… -refunfuñó el enano mirando el extraño brillo que tenía hoy su compañero- Venga, va. Aunque lo que más llama la atención es lo que se le ve por delante, que lo sepa.

-Bueno, bueno -dijo Yanpól entre tímido y orgulloso-, eso es también herencia familiar.

-Respeto -contestó Soberbio haciendo una pequeña inclinación de cabeza.- Vaya usted primero amigo, que mi capa le da +2 a todas las defensas.

-¿Más 2? ¡Pero qué dice! -exclamó Yanpól parándose en seco.

-Sí, señor. Se la sisé a un gnoll que andaba solo y desprevenido.

-¿Enfrentóse usted con un gnoll? ¿Un gnoll que usaba una capa +2?

-Bueno, para ser justos, se la saqué mientras se bañaba. ¿Sabía usted que los gnolls eventualmente se bañan?

-¿Y sabía usted que no tenemos Nivel suficiente para usar esta capa?

-Qué me cuenta.

-Que no podemos usar objetos que tengan más de cinco Niveles de diferencia…

-¡Shh! -dijo Soberbio haciendo un gesto con la mano.- Alguien se aproxima.

 

Continuará… 

 

Las aventuras de Yanpól, el Tiflin Nivel 1 (I)

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-Tanto porte al pedo -pensó Yanpól mientras fregaba las letrinas. -Si al menos me mandaran a hacer recados le podrían sacar partido a mi gallardía. Pero no, a limpiar baños me ponen, qué lo re parió.

-Al menos todavía no le sacan la guapura a sopapos -dijo el enano que limpiaba el suelo-, a los elfos les dejan la cara como un mapa. Porque ellos son guapos estándar, ¿vio?

-¡Pero maese enano! ¿Puede usted leer la mente? -lo interrumpió Yanpól sobresaltado.

-Y ya ve para lo que me ha servido -contestó enseñándole el trapo roñoso con el que fregaba.- Le digo que tiene usté suerte, que con eso de que tiene cuernos y rabo, además de ese magnífico bronceado cobrizo, se salva de unas cuantas palizas.

-Gracias por los halagos compañero -dijo incorporándose y limpiándose la mugre de las rodillas-, pero ya ve que yo tampoco he llegado muy lejos.

-Pero usté es un tipo formado, se le nota en lontananza -dijo el enano acariciando su larga barba-; usté si quiere de acá sale.

-Bah, formado… Tengo un noble linaje, si a eso se refiere -dijo algo melancólico-, mas de mi glorioso pasado sólo conservo estos inestimables quevedos. -El saquito que tenía en un bolsillo oculto estaba hecho de retazos toscamente unidos: con cuidado extrajo los espejuelos que relucían a pesar de sus años.

-¡Pero qué belleza! -exclamó el enano limpiándose las manos en la ropa antes de tomar los quevedos.

-Siete cincuenta -dijo el tiflin señalando los cristales-: no veo tres en un burro.

-Con razón anda siempre con los ojos a media asta.

-Claro, claro, si no entorno termino siempre con la pezuña adentro de la letrina.

-Amigo tiflin -dijo el enano devolviéndole solemnemente los quevedos-, mi nombre es Soberbio.

-Me alegro mucho compañero, el mío es más bien simple.

-No hombre, no. Me llamo Soberbio.

-Ah, disculpe pues. No tengo conocimiento de la antroponimia enana.

-No se preocupe, me pasa a menudo.

-Yo soy Yanpól -dijo el tiflin extendiendo su mano-, el tiflin Nivel 1.

-Tanto gusto -respondió Soberbio con un enérgico apretón-. Usté y yo tenemos cosas en común compañero, ya va a ver como zafamos de esta.

Preguntas, respuestas

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Esto no sé si tiene nombre, como los Liebster Awards, pero el caso es que a Selene le gustan las preguntas tanto como a mí, así que aquí estamos, conociéndonos un poco más. Por cierto, como ya te dije por fbk, me encantó tu presentación. Y cuando hablo en alemán tengo acento-de-extranjero-genérico, el pobre acento cordobés ha quedado bastante relegado por el madrileño. Gracias por lo de la “bocanda de aire fresco”, una vez un muchacho me dijo algo muy parecido y me enamoré un poco; ahora creo que voy a empezar a creérmelo :)

Bueno, aquí van las preguntas con sus respuestas:

1. ¿Qué estás escribiendo ahora mismo?

Entre otras cosas:
– Un no-poema del estilo de Komorebi, pero espero que mejor.
– La historia de Talita, la cyborg (sí, ya sé que estoy tardando un montón, pero es que cada vez que me pongo se me hace la picha un lío con todo lo que quiero contar).
– Un anecdotario de uno de mis personajes del Dungeons & Dragons.
– Una lista de pelis que cada cierto tiempo necesito imperiosamente volver a ver.

2. ¿En qué difiere tu escritura de la de otros que desarrollan el mismo género?

Perdón, ¿qué género? ¿El potuso? No sé, la verdad. Supongo que cuando uno escribe de forma sincera le da un toque a sus cosas que nada más lo tiene. Pero bueno, también puedo estar diciendo pelotudeces; al final siempre nos contaminamos los unos a los otros, y eso mola.

3. ¿Por qué escribís lo que escribís?

No tengo justificante para esto, su señoría. Soy la persona más inconstante que me conozco, sin embargo la escritura está ahí desde siempre. A veces más, a veces menos, pero siempre vuelve. Como una enfermedad crónica. Sigh…

4. ¿Cómo es tu proceso de escritura?

CAÓTICO. Increíblemente caótico: tengo cuadernos, libretas, hojas sueltas, agendas, anotadores, post its, documentos de Office, borradores en Wordpress… todos llenos de anotaciones y de ideas a medio escribir. Dan vueltas por mi escritorio, la casa, mis bolsos, van y vienen, desaparecen. Un día encuentro alguno y de la relectura rescato una frase o idea y empiezo algo nuevo. Lo dejo macerando unos meses, me olvido. De repente reaparece, lo cacho en el aire, lo desarrollo y lo publico. Por eso odio corregir, porque en el proceso corro el riesgo de perderme en la estratósfera. Y por eso mismo tampoco soy capaz de escribir textos largos.
Bueno, y ahora se supondría que tengo que preguntar yo, ¿no? El caso es que como no quiero resultar pesada y acá somos pocos y nos conocemos mucho, no voy a preguntarle a nadie en concreto, nomás dejaré caer las preguntas a mi manera:

1. ¿Se podría adivinar por el título de tus posts de qué va el post que escribiste?

2. ¿Leés los blogs en un feed porque te resulta cómodo o porque algunos son increíblemente feos? (Cabe la posibilidad de que ni siquiera sepas lo que es un feed. No pasa nada).

3. ¿En qué te inspirás para escribir? ¿Y para leer?

4. ¿Cómo llegaste hasta acá? Y no vale responder que fue una serie de eventos que se desarrollaron de manera tal para que etcétera. Porque ya sabemos que esa es la respuesta fácil.

Charlas entre mis personajes II

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Was machst du dann? sagte Juan.

—Ich? Was machst DU dann?? —beantwortete Oni.

—Was macht ihr beide! Oh, Gott. Ich auch! Wir alle sprechen deutsch! —sagte Nené—. Unglaublich.

—Na ja —sagte Juan—, wenigstens verstehen wir uns…

—Ich will nicht deutsch sprechen! —beklagte sich Oni— Ich liebe meine Muttersprache! Hörst du, Talita?

—Dejala, es el estrés. ¡Epa! Ahí tá, te debe haber escuchado nomás —dijo Juan.

—¿A ver? —dijo Oni—. Ah, sí. Gracias.

—Es que es mucho, che —se compadeció Nené.

—Guckt mal, guckt mal! —sagte plötzlich Alfredo—. Ich kann Deutsch!

—Na ja, wir wissen es schon. Scheiße! —sagte Oni, als er merkte, dass er nochmal auf Deutsch gesprochen hatte.

—Du auch? Heck. Ich habe gedacht, dass ich der Einzige war.

—Mach dir keine Sorgen —sagte Nené—, du sprichst es besser als wir. Außerdem, Oni mag das Deutsch nicht. Also zählt er nicht.

—Na ja —sagte Alfredo ein bisschen enttäuscht—, ich stelle es mir vor.

—En cualquier caso —dijo Oni—, ¿adónde te habías metido?

—Ich war mit der Vorbereitung beschäftigt —antwortete Alfredo.

—Welche Vorbereitung? —fragte Juan— Die Prüfungsvorbereitung?

—Was? —fragte Alfredo verwirrt—. Die Kuchenvorbereitung.

—Ach, so! Du hast Recht, heute ist der 21. September! —sagte Nené.

—¡Es verdad! —dijo Oni— ¿Dónde está Martita?

—Ya está preparando el Lemon Pie —contestó Alfredo.

—Wunderbar —sagte Juan—. No sé dónde tenemos la cabeza, ¿cómo nos olvidamos de esta manera?

—¿Que cómo nos olvidamos? ¡De la misma forma en que ella se olvidó de nosotros! —dijo Oni.

 

—No me olvidé —dijo Talita—, nomás estoy ocupada con otras cosas.

—Mmh —masculló Oni después de un pequeño silencio—, ocupada dice.

—Sí, señor. Ocupada digo. Ya sabés que tengo el examen esta semana. Y que tengo que trabajar y prepararme para las prácticas.

—Ya, ya. No hace falta que te expliques. Todos sabemos a qué preferís dedicarte.

—Oni.

—No, no, tranquila. Hacé lo que quieras, no tenés que rendirle cuentas a nadie.

—¡Oni!

—…

—No te empaques Oni —dijo Alfredo.

—Ah, pero cómo, ¿no hablás más en alemán?

—Dale Oni, que es el cumple —dijo Nené.

—Oni, te prometo que cuando esté más tranquila vuelvo a escribir.

—…

—Vuelvo a escribir en serio.

—¿De verdad verdad? —preguntó en voz bajita.

—De verdad verdad. Prometido.

—Bueno —contestó Oni en un susurro.

 

—¡¡FELIZ CUMPLE!! —gritó Martita haciendo dar a todos un respingo—. Feliz cumple —repitió ofreciéndome la tarta recién sacada del horno.

 
 
 
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—¿Qué hacés? —dijo Juan.

—¿Yo? ¿Qué hacés VOS? —respondió Oni.

—¡Qué hacen los dos! Ay, dios. Yo también. ¡Todos hablamos en alemán! —dijo Nené—. Increíble.

—Bueno —dijo Juan—, al menos nos entendemos…

—¡Yo no quiero hablar en alemán! —se quejó Oni— A mí me gusta mi idioma. Escuchás, Talita?

—Dejala, es el estrés. ¡Epa! Ahí tá, te debe haber escuchado nomás —dijo Juan.

—¿A ver? —dijo Oni—. Ah, sí. Gracias.

—Es que es mucho, che —se compadeció Nené.

—¡Miren, miren! —dijo Alfredo apareciendo—. ¡Puedo hablar alemán!

—Sí, si, ya sabemos. ¡Mierda! —dijo Oni al darse cuenta de que estaba hablando otra vez en alemán.

—¿Vos también? Pucha. Pensaba que yo era el único. 

—No te preocupes —dijo Nené—, lo hablás mejor que nosotros. Además, a Oni no le gusta, así que él no cuenta.

Ya —dijo Alfredo algo decepcionado—, me imagino.

—En cualquier caso —dijo Oni—, ¿adónde te habías metido?

—Estaba ocupado con la preparación—respondió Alfredo.

—¿Qué preparación? —preguntó Juan— ¿La preparación para la prueba?

—¿Qué? —preguntó Alfredo confuso—. La preparación de la torta.

—¡Tenés razón! ¡Hoy es 21 de Septiembre! —dijo Nené.

—¡Es verdad! —dijo Juan— ¿Dónde está Martita?

—Ya está preparando el Lemon Pie —contestó Alfredo.

—Bárbaro —dijo Juan—. No sé dónde tenemos la cabeza, ¿cómo nos olvidamos de esta manera?

—¿Que cómo nos olvidamos? ¡De la misma forma en que ella se olvidó de nosotros! —dijo Oni.

 
 

—No me olvidé —dijo Talita—, nomás estoy ocupada con otras cosas.

—Mmh —masculló Oni después de un pequeño silencio—, ocupada dice.

—Sí, señor. Ocupada digo. Ya sabés que tengo el examen esta semana. Y que tengo que trabajar y prepararme para las prácticas.

—Ya, ya. No hace falta que te expliques. Todos sabemos a qué preferís dedicarte.

—Oni.

—No, no, tranquila. Hacé lo que quieras, no tenés que rendirle cuentas a nadie.

—¡Oni!

—…

—No te empaques Oni —dijo Alfredo.

—Ah, pero cómo, ¿no hablás más en alemán?

—Dale Oni, que es el cumple —dijo Nené.

—Oni, te prometo que cuando esté más tranquila vuelvo a escribir.

—…

—Vuelvo a escribir en serio.

—¿De verdad verdad? —preguntó en voz bajita.

—De verdad verdad. Prometido.

—Bueno —contestó Oni en un susurro.

 
 

—¡¡FELIZ CUMPLE!! —gritó Martita haciendo dar a todos un respingo—. Feliz cumple —repitió ofreciéndome la tarta recién sacada del horno.

 
 

Siete (Parte V)

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Cinco

 

—Todavía nos faltan los prospectos —dijo Oni revisando sus anotaciones.

Martita se había dormido a los pies de Juan, que ahora tomaba un té con leche. Oni anotaba y escribía cosas sentado en un sillón de mimbre.

—Yo ya estoy en eso —dijo Nené llegando—. Tengo a la 12 a cargo.

—¿La 12 sabe? —preguntó Oni sorprendido.

—La 12 sabe todo, es nuestro contacto interno. Sin ella…

—¡Y yo que pensaba que era una botona!

—Las cosas no siempre son lo que parecen, querido.

—Bueno, entonces ella se ocupa de los prospectos —intervino Juan—. ¿Va a venir también a la reunión?

—No, no. Ella se ocupa de la logística nomás, que si la llegan a agarrar con las manos en la masa se le acaban los privilegios. ¿A qué hora arrancamos? —preguntó sentándose en un sillón que quedaba libre.

—La hora prevista es la una —contestó Oni— pero puede variar según la emoción con que empinen el codo, así que hay que estar atentos a los mensajes cifrados.

—¿Mensajes cifrados? —preguntó Nené achinando los ojos.

—Los golpecitos en la pared —dijo Juan después de un sorbo.

—Ah.

Alfredo volvió, pero con la jaula y Roberto dentro de ella.

—¿Qué pasó? —preguntó Juan un poco desconcertado— ¿No habían quedado en que no más jaula?

—Sí, pero mirá —dijo Alfredo abriendo la puertita y apoyando la jaula en el suelo. Roberto salió, husmeó a Martita y a los troncos que estaban al lado de la chimenea, y apenas sintió el calor del fuego cerca frunció el hocico y volvió presto a su jaula. Se acomodó en su cucha, predisponiéndose a dormir, cuando Alfredo hizo el ademán de trabar la puerta. De inmediato Roberto levantó la cabeza e irguió las orejas, deteniendo así el amague de Alfredo.

—¿Ven? Necesita creer que es libre, ¡como la gente! —dijo Alfredo satisfecho.

—A veces yo no sé si vos sos o te hacés —dijo Oni después de reflexionar un momento.

—¡Oni! —lo retó Nené.

—¡Pero si es verdad!

—¿Usté no puede escribir solo o se hace?

—¿Cómo me voy a hacer? Si…

—¡Entonces chitón!

—Perdón —dijo bajando la cabeza.

Nené le guiñó un ojo a Alfredo y se levantó.

—Me voy a hacer unos mates, que esa chanchada que está tomando Juan me dejó mal cuerpo.

—¡Ah, Nené! —gritó Alfredo—. Dice la 12 que te dejó el chalcito que le pediste en tu pieza.

Fin parte cinco

 

Siete (Parte IV)

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Cuatro

Después del almuerzo, mientras cada uno recogía su plato, Alfredo se dedicaba a juntar los restos de ensalada que quedaban en los boles.

—El bol después me lo devuelve, eh —dijo la 12 mirándolo seria.
—Por supuesto —contestó Alfredo ofendido—, ¿cuándo ha sido la vez que no se lo devolví?
—Por las dudas. Que acá hay mucho chorro —contestó la 12 dándose vuelta y yendo hacia a la cocina.
—Pff. Loca —dijo Alfredo por lo bajo mientras seguía juntando lechugas.

Apenas terminó, salió ensalada en mano a buscar a Roberto que, naturalmente, se le había escapado en el patio. Juan le había dicho que era culpa suya, que no podía soltar al animal y después pretender que volviera cuando a él se le antojara. A lo mejor tenía razón, a lo mejor era Roberto el que debía decidir cuándo regresar.

 
Sos como el fuego, por donde pasás dejás tu rastro, tu marca. Mientras las llamas avanzan lentas, masticando despacio la madera, saboreándola antes de convertirla en carbón y luego en ceniza, vos te tragás la nada que ocurre en cada habitación de este lugarcito de mierda. Subís por las paredes y desaparecés esta triste pintura a la cal, la volvés rojos y naranjas intermitentes, que cuando saltan más allá y se mezclan con las mesas y las sillas se tornan azules y verdes, y cuando llegan a nosotros nos vuelve plenos, sin necesidad de nada más que nosotros mismos.
 

—¿Estás bien? —preguntó Juan. Martita, sentada en el suelo frente a la chimenea, asintió sin quitar la vista del fuego. Juan se sentó a su lado, sintiendo crujir sus rodillas.

 
Invadís todos los rincones capaces de ser alcanzados y destruís con una maravillosa e hipnótica danza todo lo que hemos sido alguna vez. Hasta que al final consiguen dominarte, aplacarte con pastillas y palabras vacías. Te atontan, hasta que consiguen controlarte, meterte adentro de una chimenea. Pero vos no te vas tan fácil. Dejás tu huella, una quemadura que arde todo el tiempo recordándome que estás, que seguís estando y que siempre vas a estar. Una herida dolorosa, pero tan necesaria…
 

—Es como vos —dijo Juan señalando las llamas con un gesto—, peligroso cuando está fuera de control.

Martita sonrió.

—¡Juan! —gritó Alfredo entrando — ¡Tenías razón!

Emocionado, Alfredo empezó a contarles cómo había pensado en lo que Juan le había dicho, eso de que no podía ser que Roberto tuviera que volver siempre que él quisiera y se dio cuenta de que Roberto, como todos ellos, tiene sus necesidades, y que por ahí le daban ganas de quedarse en el patio tomando solcito o comiendo pasto, que era algo que también le gustaba mucho. Entonces lo que él había hecho había sido sentarse en el escalón de la galería a esperar con la ensalada, sin llamarlo ni nada y que a los veinte minutos más o menos ahí se había presentado el solito, -seguro que porque ya le había empezado a picar el bagre, porque el pasto será muy rico pero no llena. Se había acercado despacito, olfateando el aire y midiendo terreno, pero no terminaba de llegar nunca o con cualquier movimiento daba un respingo y reculaba; entonces Alfredo se dio cuenta, fijate vos, de que con lo que el bicho no quería saber nada era con la jaula -con lo linda que se la tengo siempre-, entonces lo que había hecho fue, despacio para que no saliera disparado, cerrar la puertita de la jaula, levantarse y llevarla adentro, todo esto con Roberto mirando sin entender muy bien qué pasaba, a medio camino entre quedarse ahí y salir rajando. Entonces Alfredo se sentó de nuevo en el escalón de la galería con la ensalada adelante, y cuando Roberto empezó a acercarse, todavía husmeando pero con más confianza, le empezó a contar el menú para que al escuchar las cosas que le gustan terminara de decidirse: hoy tenemos lechuga, por supuesto, tomate, zanahoria, huevo –pero si querés se lo sacamos, la cebolla ya se la saqué- y la novedad es el rabanito: no lo probaste nunca pero creo que te va a gustar, es medio picantito, dijo mientras Roberto ya metía el hocico en el bol y separaba lo que más le gustaba de lo que menos, siempre echándole un ojo a Alfredo que no hacía más que estarse quieto esperando. Así hasta que terminó de comer y Alfredo le explicó la situación: a partir de ahora no iba a haber más traba en la jaula -pero esperaba que la siguiera usando porque la había decorado especialmente para él- y podía andar por el patio todo el tiempo que quisiera -pero esperaba que no volviera muy tarde porque si no iba a preocuparse. Parecía que a Roberto le había gustado la idea porque se puso en dos patitas, lo miró un poco de costado y se fue a perseguir un bichito que había por ahí revoloteando. Y ahora si lo disculpaban Alfredo tenía que devolverle el bol a la 12, porque si no después andaba diciendo que acá somos todos chorros, habrase visto.
 

Alfredo es como una brisa suave que aplaca el ardor. Tal vez el alivio esté en ellos.
 

Fin parte cuatro

Siete (Parte III)

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Tres

Una vez que tranquilizó a Martita, Juan volvió con Oni y Nené. Los dos estaban muy silenciosos: Oni se hacía el que escribía y cada tanto miraba de reojo a Nené que no sólo no lo miraba sino que además le ponía cara de culo al horizonte.

—¿Y ahora qué les pasa a ustedes, eh? —preguntó Juan claramente podrido de lidiar con malos humores.

—Nada —dijo Oni.

—¡Me amenazó con cortarme la mano si le leía la libretita, eso pasa! —espetó Nené de sopetón.

—Exagerada —dijo Oni.

—¿Dijiste o no dijiste? ¿Eh? ¿Eh?

—¡Chitón! —gritó Juan — Se me callan los dos. Usted —señalando a Oni—: se me pone a escribir. Usted —señalando a Nené—: calienta la pava que esto está más fiero que pegarle a una madre.

Sin agregar bocadillo ambos se pusieron a las tareas asignadas. Nené fue a la cocina a arreglar el mate y comer algún bizcochito, que encularse le daba angustia oral, y Oni agarró el lápiz y, después de un infructuoso intento de escribir, se quedó mirando a Juan como perro con hambre.

—¿Ya estamos? —dijo Juan.

—Dale, si ya sabés. La primera frase nomás, después yo me arreglo solito.

—Somos pocos y nos conocemos mucho.

—¿Me estás llamando mentiroso?

—Exacto.

—¡Pero qué barbaridad! —exclamó escandalizado.

—Dale, dejate de hacer el artista y escribí:

Oni, raudo y decidido, tomó de nuevo el lapicito y escribió.

—“Estás en un mercado, esperando a tu abuela que te ha dejado comprando tomates. Tú has decidido pelarlos mientras esperas, previendo la salsa que harán al llegar a casa” —dijo Juan.

—“La esperas, mas no aparece —continuó Oni—. Decides, pues, buscarla, recorrer el mercado cuan ancho es. Avanzas con los tomates pelados en una bolsa, a la par que piensas que se espachurrarán en cuanto los metas en la mochila que no llevas.”

—“Entonces la ves, de espaldas con su pelo corto, tal vez recién teñido, tal vez recién cortado. Le dices que ya es hora, que han de hacer la cola para pagar y marcharse, y le das los tomates.”

—“Se ubican en la fila detrás de un par de jóvenes. Uno es alto y apuesto, el otro bajito y grueso. Los jóvenes coquetean con ambas, no se amedrentan frente a vuestra edad, la una muy escasa y la otra muy avanzada. Tú no entiendes de qué se trata, pero presientes la inquietud de tu abuela, que ríe al principio nerviosa y que acaba resolviendo la situación con un estruendoso pedo.”

En el preciso instante en que Oni terminaba de decir —y escribir— esta frase, Nené llegaba masticando un bizcocho con la pava caliente. Al escuchar la palabra pedo no pudo evitar reírse y escupir las migas que aún no había tragado. Juan, también sonriendo, le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio.

—“Estupefacta y bajo la mirada de todo el mercado, tardas un momento en reaccionar —continuó Oni—. Miras los ojos enormes de los espectadores, el rubor de tu abuela que va en aumento, los muchachos que están ante vosotras. Entonces una sonora carcajada estalla en tu boca, expandiéndose por todo el lugar, contagiando a todos y cada uno de los presentes, con excepción de tu abuela que está aún más avergonzada si cabe. Intentas contenerte, pues no admites que ella pase por esa situación, pero es inútil: no puedes parar de reír. Es en ese momento cuando te percatas de que el joven bajo y grueso no está riendo como los demás. De hecho está muy serio y os mira fijo, sin desviar la vista siquiera hacia su compañero que está desternillándose en el suelo.”

Después de esta seguidilla de caracteres escupidos a toda velocidad en su libretita, Oni se detuvo en seco y se quedó paralizado mirando al frente. Nené, que estaba en plena cebada, se percató en seguida de la abrupta pausa y le dio un codazo a Juan quien captó automáticamente el conciso mensaje.

—“El gordito avanza fascinado hacia ustedes” —soltó Juan sin mucha alharaca.

Nené lo miró reprobatoria y Juan le hizo un gesto de “¿y qué querés que le haga?”, alegando a la falta de tiempo su poca exactitud.

—Sí… —dijo Oni recuperando el hilo y volviendo a poner la vista en su libreta —. “Un haz de luz parece entrar por la claraboya e iluminarlo directamente, mientras recorre los pasos que os separan con una fascinación inquietante. Él no te mira a ti, él mira a tu abuela. Y tu abuela le devuelve la mirada. Ambos ya están a una distancia ínfima y tú has dejado de reír. Los miras pero ellos no te ven. Él toma a tu abuela con delicadeza por el cuello y rompe el espacio que los separa con un beso. La besa en los labios y, en ese mismo instante, el haz de luz explosiona dejando ante tu vista sólo una bolsa de tomates espachurrados.”

Apenas terminó de escribir, Oni levantó la vista hacia Juan y Nené.

—¿Y? —preguntó— ¿Qué tal?

Los dos estaban boquiabiertos y con los ojos como el dos de oros. Oni sonrió satisfecho.

Fin parte Tres

Siete (Parte II)

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Dos

 
¿Por qué no puede ser? Si yo te siento, te siento acá, al lado mío. No te toco pero te veo ahí, reflejada en ese charco que dejó la lluvia. Te huelo en las hojas y en el pasto húmedo, te respiro todo el tiempo. Estás en mis pulmones, en mi sangre. Corriendo de arriba abajo, en la catarata enloquecida que hace que me despierte cada día y camine y hable y piense.

 
—¿Y a ésta qué bicho le picó? —preguntó Nené alcanzándole el mate a Juan. El gatito que tenía en la falda olfateó la yerba y salió disparado como alma que lleva el diablo.

—Lo de siempre —contestó Juan.

—Será testaruda —dijo Nené meneando la cabeza.

—Testaruda —repitió Oni anotando la palabra en su libreta—. Te hubiera ido mejor “porfiada” —le dijo a Nené entrecerrando los ojos—. Sí. Nené definitivamente hubiera dicho “porfiada” en lugar de “testaruda”; aunque hay que reconocer que la palabra tiene su mérito.

Nené reflexionó un momento y le dio la razón. —Será porfiada —dijo.

—¿Y Roberto? —le preguntó Juan a Alfredo.

—En la pieza —contestó Alfredo.

—¿Por qué no lo traés? ¿No le gusta el sol?

—Mmmsé —dijo Alfredo—, pero es que si se me escapa acá afuera me cuesta más cacharlo.

—Andá a traerlo, hacé el favor, que con el arreglo que le hicimos a la jaula es imposible que salga —dijo Juan.

Al escuchar la palabra jaula, Oni tuvo una especie de revelación y se puso a escribir a toda velocidad. Escribió sobre la angustia del encierro entre paredes invisibles, sobre la falsa sensación de libertad, sobre la vana necesidad de límites para sentir que se tiene control sobre algo, sobre la impotencia de la insignificancia del ser humano. Cuando Nené le pasó el mate aspiró el vapor que salía de la calabaza y que le entibiaba la nariz. Dio un sorbo, cerró los ojos un momento y al volver a abrirlos escribió con letras grandes: Orgullo de palito y verde. Tachó todo lo que había escrito antes, dibujó un mate con carita y volvió a empezar.

—¿Alguna novedad? —Preguntó Nené en cuanto Alfredo se fue.

—No mucho —respondió Juan—. Tengo el Vademécum que me consiguió mi hermana pero todavía no lo hojeé. Esta noche lo miramos entre los dos, ¿te parece?

—Ay querido, pero sabés que a la noche yo no veo nada —dijo Nené.

—No te preocupes que yo te leo —dijo Juan levantando la vista hacia donde estaba sentada Martita—. ¿Cómo la ves? —dijo señalándola con la cabeza.

—Si sigue intentando entenderse se va a volver loca de verdad —dijo sacándose un pañuelo de la manga y dándoselo a Juan—; andá vos que tenés más empatía.

 
A veces no te encuentro con los ojos, pero te siento empujar, salirte de mi boca con alguna frase punzante que hace silenciar a todos. Porque ellos también te saben, te reconocen. Y te escuchan. Porque decís y hacés con tino. Ellos, que te no ven, te escuchan. Siempre.

 
—Empatía —repitió Oni parando de escribir de repente.

—Tenés que concentrarte, nene —le dijo Nené —. A ese ritmo no vas a terminar ni una sola cosa.

—Ni concentrado, ni sincentrado —dijo Oni—. Sin Juan soy incapaz de hilar nada.

—¿Puedo? —preguntó Nené estirando una mano hacia la libretita.

—Intentalo y te la corto —dijo Oni  deteniendo automáticamente el amago de Nené.

 
Sos. Yo sé que sos.

Fin parte Dos

Siete (Parte I)

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Uno

El otoño recién llegaba al Centro, dispuesto a compartir sus días cálidos y soleados de mate en el patio. Nené estaba en la puerta de su habitación cebándose los primeros. Llevaba un vestido de franela floreado, medias color carne, un chal tejido a mano y pantuflas.

—¿Y usté piensa salir así? —Preguntó la 12 parando la lustradora—. Mire que está fresco.

—A mí lo que me mantiene caliente es esto —contestó Nené enseñándole su mate—, deme un buen mate que le sobrevivo en calzones a menos veinte.

—Si usté lo dice —dijo la 12 poniendo otra vez en macha la lustradora—. La andaba buscando Alfredo, creo que perdió al animalito. De nuevo.

Nené suspiró y fue arrastrando los pies hacia la cocina. Le encantaba arrastrar los pies cuando el suelo estaba recién encerado, le recordaba a cuando era chica y la llevaban a la casa de sus tías, donde para entrar tenía que usar los patines. Le fascinaban esos dos rectángulos de tela que sus primas detestaban; cada vez que se tropezaba o resbalaba sentía el peligro de caer en el pantano atestado de cocodrilos que reposaba debajo de esos objetos indestructibles.

Antes de llegar a destino el llamado de Alfredo la detuvo a mitad del pasillo.

—¡Nené! ¡Nené!—Gritaba acercándose con pasos cortos y apretados—. Por fin te encuentro.

—Ya sé —dijo Nené extendiéndole un mate—, perdiste a Roberto otra vez.

—No, no —dijo tomándose el mate—. Es para informarte que esta noche hay reunión —dijo bajando la voz—, parece que llegó una damajuana de improvisto, así que tenemos vía libre una vez que se la terminen.

—¿Ya lo saben todos? —preguntó Nené mirando por la ventana del pasillo.

Martita estaba sentada en uno de los bancos de concreto gesticulando y moviendo frenéticamente los brazos, mientras Juan y Oni estaban en sus respectivas reposeras tomando sol. Oni cada tanto se erguía para apuntar algo en su libreta, Juan acariciaba un gatito negro que tenía en el regazo.

—Sí: Juan lleva el libro, Oni la libretita, el lápiz y las chapitas…

—¿Las chapitas? —dijo Nené girándose de sopetón.

—Sí, hoy le toca presidir —dijo Alfredo devolviéndole el mate—. Martita lleva las velas, a vos te toca el mantelito y yo llevo a Roberto y a mí mismo.

—¿Pero para qué lo llevás a Roberto? Ya bastante vamos a tener con las chapitas…

—No te preocupes que reforcé la jaula, me ayudó Juan. Además ya sabés que si no lo llevo llora.

—Llora, sí —dijo Nené tomando a Alfredo del hombro y llevándolo hacia afuera—. Otro que no sabe estar solo.

La 12 seguía lustrando el suelo del comedor mientras algunos terminaban de desayunar. Las baldosas color bordeaux recuperaban su brillo tras su paso y ella sonreía satisfecha. Afuera el sol también relucía.

Fin parte Uno

Charlas entre mis personajes

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—¡Shh! Que nos va escuchar —dijo Oni.
—Qué nos va escuchar, sentila como ronca —dijo Martita.
—Por las dudas hablá bajo —dijo Juan—, que ya sabemos que vos sos propensa al escándalo.
—¡Já! Eso es porque ustedes me sacan de quicio —dijo enfática Martita—, sobre todo aquél —dijo señalando a Alfredo.
—¿Yo? —preguntó Alfredo— ¿Pero yo que hice ahora? Si estoy bien calladito.
—Shh, dejalo nena, que no está molestando —dijo Juan.
—Por eso —dijo Martita—, eso quiere decir que se trae algo entre manos.
—Bueno, ahora eso no te incumbe —dijo Oni—, tenemos que encontrar a Nené.
—Nené está haciendo la torta —dijo Martita—, un lemon pie.
—¿En serio, un lemon pie? —dijo Oni entusiasmado— ¡Me encanta el lemon pie!
—¿Y de dónde sacó los ingredientes? —preguntó Juan.
—No tengo idea —dijo Martita—, se los estará imaginando.
—Lleva: manteca, harina y azúcar para la masa… —dijo Oni.
—Andá a buscarla —le dijo Juan a Martita—, creo que va a ser más efectivo que lo hagamos entre todos.
—…jugo de limón, yemas, Maizena y azúcar para la crema… —prosiguió Oni.
—¿Ya puedo sacar a Roberto? —preguntó Alfredo.
—No, ni se te ocurra —dijo Juan—, si lo llega a ver Martita seguro que se pone a gritar.
—¡Ufa! —se quejó Alfredo.
—…y claras y azúcar para el merengue—terminó Oni—. Como pueden apreciar es una tarta altísima en hidratos de carbono de acción rápida.
—Ahá… —dijo Juan.
—¡Ostras! —dijo Alfredo —¿Y no le irá a hacer mal? Por lo de la diabetes, digo.
—Si es una gorda lechona —dijo apareciendo Martita—, se come todo lo que pongas delante, tenga o no azúcar.
—Eso es porque lo controla muy bien —dijo Oni.
—Paparruchadas —dijo Martita—. Nené ya viene.
—¿Ya hizo el lemon pie? —preguntó Oni.
—No, pero ya tiene los ingredientes —dijo Martita—. Te escuchó.
—Bueeeenas —dijo Nené entrando.
—¿Y? —preguntó Oni— ¿Ya está listo?
—¿Pero no escuchaste a Marta? —dijo Nené.
Martita —interrumpió Martita.
—Bueno, ¿no escuchaste a Martita? —dijo Nené mirándola con resquemor— Tengo los ingredientes nomás.
—Habrá que cocinar entonces —concluyó Alfredo.
—¿Y con qué pretendés que cocinemos? —preguntó Juan —No tenemos artilugios ni adminículos.
—Vos no tendrás —dijo Oni—, pero yo tengo una imaginación fantástica y una memoria olfativa que ya quisiera más de uno.
—Tiene razón, Juan —dijo Nené—, ¿de dónde te pensás que saqué los ingredientes? Supermercados por acá no hay.
—O.K. —dijo Juan—, manos a la obra entonces.
 
—La base es arenosa pero suave —dijo Alfredo—, el crujido es húmedo,..
—…despreocupado —completó Juan.
—La crema de limón espesa poco a poco —dijo Martita—, empañando los cristales de la ventana que dan al patio. El vapor empaña los anteojos.
—La masa se dora homogénea —dijo Juan—, como la playa que intenta imitar.
—El sonido del batir de las claras con el azúcar —dijo Nené—lleva el compás de un abuelo que mece a su nieta en bazos para que deje de llorar.
—El olor del merengue tostado inunda toda la habitación —dijo Oni— y se posa encima del aroma que ha dejado la masa, ese aroma universal de tardes frías, chocolate caliente y tiempos suaves.
—Y el sabor es un estallido de texturas que recorre nuestro sistema nervioso antes de saber siquiera que lo tenemos en la boca —dijo Alfredo.
—Yo diría que ya está —dijo Martita.
—Casi —contestó Juan.

 

—Gordi… gordi…
—¿Qué pasa?
—¿Sentís? ¿Sentís ese olor?
—¿Olor? ¿Olor a qué? No siento nada.
—Olor como… a torta.
—¿Estás bajita? Te traigo Coca.
—No, no. Estoy bien.
—Bueno, dormite entonces.
—Sí. Sí.
—Feliz cumple, mi amor.
—Gracias.