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Talita, la cyborg (II)

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Este post es el segundo de la Saga Talita, la Cyborg
Aquí el primero

En septiembre se cumplieron 7 años del desafortunado acontecimiento, los mismos años que hacía que no nevaba en Rio IV y los mismos años que hace que no vuelvo. Capaz ya vaya siendo hora de una visita, con suerte me pongo de nuevo al derecho y se me reactiva el páncreas. A lo mejor el pobre lo único que quiere es volver a casa. Pero, ¿cómo le explica uno al cuerpo que el emigrante tiene muchas casas y ninguna? No me hagan caso, a estas horas de la noche me pongo melancófica.

Nos habíamos quedado en Tenerife, con su calorcito insular, su hora menos y su vacacionar estándar. Sí señor, nada más estándar que un apartotel con espectáculos nocturnos, karaokes y desayunos continentales. Si hay un infierno para modernos, tiene que parecerse a eso. Nosotras nos pasamos la mayor parte del tiempo al lado de la piscina como lagartijas al sol porque con mi nona no podíamos ir demasiado de aquí p’allá, y les digo que sin ninguna culpa: las vacaciones estándar implican un gran porcentaje de rascarse el potorro.

Los días fueron pasando sin mucho revuelo. Un día paseamos en barco, otro fuimos a un spa; conocimos una playa de arena negra, tomamos helado… y entre una cosa y la otra, hice pis hasta decir basta. Así es: la diabetes trae litros de pis consigo.

La fiesta del pis y la sed

Mucha gente se asusta cuando le mencionás que uno de los síntomas más evidentes de la diabetes es la sed. Para evitar que dejen de leer y empiecen a preguntarse cuántas veces tomaron agua hoy, voy a intentar explicar claramente cómo es esa sed: acaban de comerse un guiso pasado de sal y en lugar de tomar agua salen a correr varias vueltas a la manzana. Ahh, ya se les está secando la boca, ¿eh? Bueno, así. Esa sensación entre 4 y 5 veces solamente por la noche. Menciono ese detalle porque es de noche cuando la sensación es más notable; durante el día uno bebe sin prestarle atención y más cuando es verano y te pasás todo día como lagartija al sol. Recuerdo una noche que estuve al borde del pánico: me levanté a tomar agua y ya no quedaban más botellas. No sé qué hice, probablemente tomar de la canilla por más que fuera espantosa, sin embargo lo que tengo aún presente es la desesperación que sentí en su momento.

Y bueno, con tanta agua no puede haber menos pis. Piensen que la situación interna es esta: tenés tanta azúcar en la sangre que ya está entre almíbar y punto caramelo; como el cuerpo no te puede decir “gorda dejá de comer”, te pide agua porque es la única forma que tiene de sacarse ese exceso de encima. Si alguien hubiera probado mi pichina en esos días, la habría notado dulce. No me miren con esa cara, gracias a que alguien en algún momento de la historia la probó es que la diabetes mellitus se llama así.

Talita en Tenerife

Talita en Tenerife

El after de la pota y el agotamiento

Regresamos a Madrid, esta vez sin ningún altercado aeropuertuario, y me preparé para la última etapa de mi viaje: la peregrinación. No debo haber estado muchos días en casa, porque ya empezaba a sentirme mal: me dolía mucho la cabeza y tenía un poco de náuseas. De haber pasado más tiempo no habría llegado a viajar. Pero como yo soy tozuda antes que persona fui lo mismo, que ya se me pasaría en el trayecto.

El pueblo de mi amiga Virgi se llama Pueblonuevo del Bullaque y queda por Ciudad Real -los españoles tienen esas cosas, un día te bautizan un lugar como Villaviciosa de Odón y otro como Rio Cuarto, nunca se sabe lo que te va a tocar. La idea era hacer una caminata hasta llegar hasta una virgen y acá es donde tengo que aclarar para que no se preocupen. No, no soy devota de ningún dios popular, lo fui de pequeña y hasta de adolescente, pero ahora sólo creo en Orcos, Potuses e Inteligencias Ulteriores. Aclarado el tema, sigo. Me apunté al trayecto porque me encantan las caminatas, ya sean por campo, bosque, montaña… me da lo mismo siempre que termine toda roñosa, con el pelo seco por el polvo y la nariz colorada. Pero como ya dije en el post anterior: no llegué a verle la cara a ningún santo.

Al poco de llegar al pueblo el malestar se agravó, vomité después de cenar y vomité de madrugada cuando nos levantamos para arrancar. Yo seguía sin hacerme a la idea de no cumplir con mi propósito, así que fui de todas maneras. No tengo idea si caminé algo o no, lo único que recuerdo estando al aire libre es potar el Colacao. Probablemente en ese momento alguien más responsable se hizo cargo de mí.
La madre de Virgi me llevó primero a un médico de guardia que me diagnosticó gastroenteritis, me dio un poco de suero y me despachó diciéndome que beba mucho Aquarius. Tal vez si hubiera prestado un poco de atención a mi aliento no me habría dejado ir tan rápido, la cetoacidosis, que es lo que empieza a pasarte cuando llevas mucho tiempo con el azúcar tan alta, deja un gusto/olor muy característico a frutas en descomposición. Ese es el olor del peligro.
Una vez en la casa intenté relajarme, ya era bastante molesta la situación por la que estaba haciendo pasar a la familia de Virgi y no quería incomodar aún más. Hice lo que el médico me dijo, pero la única forma de que el Aquarius se quedara dentro era durmiendo. Y ni así. Empezó un bucle que puede haber durado horas o minutos en el que bebía, dormía, me despertaba, vomitaba, dormía, me despertaba, bebía, dormía, me despertaba, vomitaba y todo esto con el cuerpo cada vez más pesado, la respiración entrecortada y un agotamiento que nunca antes había sentido. Al final tuve que pedir que me llevaran al hospital.

En el hospital de Ciudad Real tuvieron que ir a buscarme a la entrada con silla de ruedas porque ya no podía ni caminar. Al ingresar tuve que esperar un momento mientras hacían mi registro y me hacían un análisis de orina (si la hubieran probado habría sido más rápido) y yo lo único que pedía era agua, tenía la boca como la suela de un zapato. Un enfermero al que debo haberle dado mucha pena me dijo “sólo te puedo dar esto”, era un pedacito de gasa empapado en agua.
Y fue entonces cuando ocurrió el milagro: un grupo de enfermeros y médicos salió de la nada, me rodearon, me desnudaron en un santiamén y mientras uno me zamarreaba de un hombro, una mujer me hablaba como si no hubiera mañana. Recuerdo clarito cuando me preguntó si alguien más en mi familia tenía diabetes, le dije que mi papá y entre puchero y puchero también le dije que yo no quería dejar de comer golosinas.

La resaca de las intravenosas

Estuve en terapia intensiva dos días. Tenía más agujas en el cuerpo que el pelado de Hellraiser. El médico que me había zamarreado, en realidad lo que intentaba era ponerme una vía, cosa que no debe haber tenido fácil porque a esa altura yo ya había perdido 7 kilos por la deshidratación y tenía menos carne que un hueso de pollo. También me pusieron vías en los brazos y mano, pero no sé en qué momento pasó, por lo que debo haber estado muy cerquita de perder el conocimiento (eso es lo más grave que te puede pasar, podés caer en un coma diabético y podés incluso llegar a estirar la pata). ¡Hasta una sonda tenía puesta! Eso sí que es raro de cojones, en un momento tenés ganas de hacer pis y en otro sentís alivio sin haber hecho nada. Suena a pecado.

Talita en recuperación

Talita en recuperación

Esos días fueron raros, yo ya no me sentía tan mal, o mejor dicho, me sentía notablemente mejor, sin embargo la cara que ponía mi familia al verme me hacía agradecer no tener un espejo a mano.
Al pasar a planta la recuperación fue bastante rápida, volví a ganar casi todo el peso que había perdido y poquito a poco empecé a moverme de nuevo. Al principio necesitaba ayuda para bañarme y para andar; el cuerpo me dolía como si me hubieran molido a piñas pero el médico me obligaba a caminar. La semana que pasé en planta la recuerdo casi con cariño, fue muy pacífica y nunca me sentí sola. Mi abuela y mi madre, Virgi y su familia, Ale que viajó desde Madrid, incluso Maca desde la distancia al haberme regalado La noche del oráculo, el libro que tenía que leer en ese momento, todos hicieron que la experiencia fuera menos dura. Y el yogur natural edulcorado, eso también ayudó.

Bueno amigos, hasta aquí esta segunda parte. Vendrán más, en 7 años he tenido tiempo de vivir alguna que otra aventura con mi enfermedad. Desde aprender a calcular carbohidratos hasta tener que contestar las mismas preguntas ochenta veces, desde proponerme vivir una vida sana y equilibrada hasta entender por las malas lo que las drogas le hacen a un cuerpo que no sabe regular su azúcar, desde los bolis de insulina hasta Talita la cyborg. Todo eso y mucho más.

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Una cada ocho horas

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-Buenas tardes.

-Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar?

-Si mire, estaba buscando algo para el mal de ojo.

-Vamos a ver… ¿sabe quién se lo echó?

-Mi suegra.

-¿Está seguro?

-Bastante.

-Este tónico es muy efectivo para estos casos, pero…

-¿Si?

-…si no hubiera sido su suegra, tiene riesgo de que le caiga gualicho. Y el gualicho es un poco más jodido de hacer remitir.

-Uhhh. Espérese entonces. No sea cosa.

-¿Marianita? Hola mi amor, ¿me pasás con mami por favor? Gracias mi vida. Gorda. Sí, estoy en la farmacia, escuchame, ¿seguro que fue tu vieja? No, es que si no me cae gualicho. Sí. Sí. No sé, en la de la esquina. Ahá. Bueno, le pregunto. Beso.

-¿Ricardo es usted, verdad?

-Para servirle.

-Parece que mi mujer ha comprado aquí antes y usted le ha dado unos masticables.

-Nooo, no los traigo más. La gente se quejaba de que aflojaban el vientre, así que corté por lo sano.

-Entonces lo que tiene ahora es el tónico.

-También tengo un par de infusiones, pero es un tratamiento más largo.

-Es que es un tema que tengo apuro por zanjar. Déjeme que hago otra llamada y nos sacamos la duda.

-¿Doña Coca? ¿Cómo le va? Si, Jorge le habla. Bien, bien, muchas gracias. Bien también. No, está en casa que hay paro. Sí, era para preguntarle si se acuerda usted de haberme ojeado… Y, no sé, la semana pasada capaz, cuando fuimos a comer los ñoquis. Sí. Mmm, no sé, a ver un momentito.

-Disculpe, ¿con una puteada alcanza?

-Depende.

-¿De qué depende?

-De la calidad.

-“Más pelotudo y nace oveja”. A lo mejor hubo algo más en el desarrollo del día, pero eso fue lo más contundente.

-Imposible entonces. Eso no le da ni para un corte de digestión.

-Gracias.

-¿Doña Coca? No, eso no fue. ¿No me habrá mirado feo? Vio que eso es lo más común… sí, es verdad, apenas si me mira. Bueno, le agradezco igualmente. Saludos a Don Pocho.

-Fíjese que yo hubiera jurado que fue ella. Hasta mi mujer me lo dijo.

-Suele confundirse la hostilidad con la envidia. Piense que la envidia es la base del mal de ojo.

-Tiene usted razón, no lo había pensado así… ¿será alguien del trabajo?

-¿En qué trabaja usted?

-Soy empleado público, trabajo en la…

-¿Empleado público dice?

-Sí, hace unos veinte años.

-¡Veinte años! Pero hombre, ¿y recién ahora tiene síntomas?

-Siempre tuve problemas para dormir, pero últimamente también tengo jaquecas. ¿Cree entonces que es alguien de mi trabajo?

-¡Lo que usted tiene es una salud de hierro!

-Pero digo, ¿será alguien del trabajo? Por lo del tónico le pregunto.

-¿El tónico? Ahhh, nooo, olvidese: lo suyo es crónico. Viene inherente a su ocupación.

-¿Crónico? ¡Pero eso quiere decir que no se cura!

-Quiere decir que se va a tener que cuidar más.

-No lo puedo creer… y tendré que tomar algo, ¿no?

-Ahora le explico. Mire: tiene que tomarse una de estas antes de ir a dormir y estas dos con el desayuno. Este es un miorrelajante nomás, pero le va a venir bárbaro para el problema del sueño. Esta le genera una película protectora, es para prevenir, mientras que esta otra ataca el problema de forma activa.

-¿El problema?

-El cliente.

-Ah.

-Las toma entresemana. Durante el fin de semana descansa, a no ser que tenga que hacer horas extra o algo así. Y cualquier cosa me consulta.

-Muy amable Ricardo. Cobrese por favor.

-Gorda. Sí, ya estoy yendo para allá. No, no era al final. Es crónico, dice, por el laburo. Me dio tres pastillas, ninguna por mutual. No sé, hasta que me jubile supongo. Bueno. Ah, no, si me quedé sin plata. Y sí, a mi también me gustan más con queso, pero qué querés, la vida es así de hija de puta.