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Talita, la cyborg (II)

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Este post es el segundo de la Saga Talita, la Cyborg
Aquí el primero

En septiembre se cumplieron 7 años del desafortunado acontecimiento, los mismos años que hacía que no nevaba en Rio IV y los mismos años que hace que no vuelvo. Capaz ya vaya siendo hora de una visita, con suerte me pongo de nuevo al derecho y se me reactiva el páncreas. A lo mejor el pobre lo único que quiere es volver a casa. Pero, ¿cómo le explica uno al cuerpo que el emigrante tiene muchas casas y ninguna? No me hagan caso, a estas horas de la noche me pongo melancófica.

Nos habíamos quedado en Tenerife, con su calorcito insular, su hora menos y su vacacionar estándar. Sí señor, nada más estándar que un apartotel con espectáculos nocturnos, karaokes y desayunos continentales. Si hay un infierno para modernos, tiene que parecerse a eso. Nosotras nos pasamos la mayor parte del tiempo al lado de la piscina como lagartijas al sol porque con mi nona no podíamos ir demasiado de aquí p’allá, y les digo que sin ninguna culpa: las vacaciones estándar implican un gran porcentaje de rascarse el potorro.

Los días fueron pasando sin mucho revuelo. Un día paseamos en barco, otro fuimos a un spa; conocimos una playa de arena negra, tomamos helado… y entre una cosa y la otra, hice pis hasta decir basta. Así es: la diabetes trae litros de pis consigo.

La fiesta del pis y la sed

Mucha gente se asusta cuando le mencionás que uno de los síntomas más evidentes de la diabetes es la sed. Para evitar que dejen de leer y empiecen a preguntarse cuántas veces tomaron agua hoy, voy a intentar explicar claramente cómo es esa sed: acaban de comerse un guiso pasado de sal y en lugar de tomar agua salen a correr varias vueltas a la manzana. Ahh, ya se les está secando la boca, ¿eh? Bueno, así. Esa sensación entre 4 y 5 veces solamente por la noche. Menciono ese detalle porque es de noche cuando la sensación es más notable; durante el día uno bebe sin prestarle atención y más cuando es verano y te pasás todo día como lagartija al sol. Recuerdo una noche que estuve al borde del pánico: me levanté a tomar agua y ya no quedaban más botellas. No sé qué hice, probablemente tomar de la canilla por más que fuera espantosa, sin embargo lo que tengo aún presente es la desesperación que sentí en su momento.

Y bueno, con tanta agua no puede haber menos pis. Piensen que la situación interna es esta: tenés tanta azúcar en la sangre que ya está entre almíbar y punto caramelo; como el cuerpo no te puede decir “gorda dejá de comer”, te pide agua porque es la única forma que tiene de sacarse ese exceso de encima. Si alguien hubiera probado mi pichina en esos días, la habría notado dulce. No me miren con esa cara, gracias a que alguien en algún momento de la historia la probó es que la diabetes mellitus se llama así.

Talita en Tenerife

Talita en Tenerife

El after de la pota y el agotamiento

Regresamos a Madrid, esta vez sin ningún altercado aeropuertuario, y me preparé para la última etapa de mi viaje: la peregrinación. No debo haber estado muchos días en casa, porque ya empezaba a sentirme mal: me dolía mucho la cabeza y tenía un poco de náuseas. De haber pasado más tiempo no habría llegado a viajar. Pero como yo soy tozuda antes que persona fui lo mismo, que ya se me pasaría en el trayecto.

El pueblo de mi amiga Virgi se llama Pueblonuevo del Bullaque y queda por Ciudad Real -los españoles tienen esas cosas, un día te bautizan un lugar como Villaviciosa de Odón y otro como Rio Cuarto, nunca se sabe lo que te va a tocar. La idea era hacer una caminata hasta llegar hasta una virgen y acá es donde tengo que aclarar para que no se preocupen. No, no soy devota de ningún dios popular, lo fui de pequeña y hasta de adolescente, pero ahora sólo creo en Orcos, Potuses e Inteligencias Ulteriores. Aclarado el tema, sigo. Me apunté al trayecto porque me encantan las caminatas, ya sean por campo, bosque, montaña… me da lo mismo siempre que termine toda roñosa, con el pelo seco por el polvo y la nariz colorada. Pero como ya dije en el post anterior: no llegué a verle la cara a ningún santo.

Al poco de llegar al pueblo el malestar se agravó, vomité después de cenar y vomité de madrugada cuando nos levantamos para arrancar. Yo seguía sin hacerme a la idea de no cumplir con mi propósito, así que fui de todas maneras. No tengo idea si caminé algo o no, lo único que recuerdo estando al aire libre es potar el Colacao. Probablemente en ese momento alguien más responsable se hizo cargo de mí.
La madre de Virgi me llevó primero a un médico de guardia que me diagnosticó gastroenteritis, me dio un poco de suero y me despachó diciéndome que beba mucho Aquarius. Tal vez si hubiera prestado un poco de atención a mi aliento no me habría dejado ir tan rápido, la cetoacidosis, que es lo que empieza a pasarte cuando llevas mucho tiempo con el azúcar tan alta, deja un gusto/olor muy característico a frutas en descomposición. Ese es el olor del peligro.
Una vez en la casa intenté relajarme, ya era bastante molesta la situación por la que estaba haciendo pasar a la familia de Virgi y no quería incomodar aún más. Hice lo que el médico me dijo, pero la única forma de que el Aquarius se quedara dentro era durmiendo. Y ni así. Empezó un bucle que puede haber durado horas o minutos en el que bebía, dormía, me despertaba, vomitaba, dormía, me despertaba, bebía, dormía, me despertaba, vomitaba y todo esto con el cuerpo cada vez más pesado, la respiración entrecortada y un agotamiento que nunca antes había sentido. Al final tuve que pedir que me llevaran al hospital.

En el hospital de Ciudad Real tuvieron que ir a buscarme a la entrada con silla de ruedas porque ya no podía ni caminar. Al ingresar tuve que esperar un momento mientras hacían mi registro y me hacían un análisis de orina (si la hubieran probado habría sido más rápido) y yo lo único que pedía era agua, tenía la boca como la suela de un zapato. Un enfermero al que debo haberle dado mucha pena me dijo “sólo te puedo dar esto”, era un pedacito de gasa empapado en agua.
Y fue entonces cuando ocurrió el milagro: un grupo de enfermeros y médicos salió de la nada, me rodearon, me desnudaron en un santiamén y mientras uno me zamarreaba de un hombro, una mujer me hablaba como si no hubiera mañana. Recuerdo clarito cuando me preguntó si alguien más en mi familia tenía diabetes, le dije que mi papá y entre puchero y puchero también le dije que yo no quería dejar de comer golosinas.

La resaca de las intravenosas

Estuve en terapia intensiva dos días. Tenía más agujas en el cuerpo que el pelado de Hellraiser. El médico que me había zamarreado, en realidad lo que intentaba era ponerme una vía, cosa que no debe haber tenido fácil porque a esa altura yo ya había perdido 7 kilos por la deshidratación y tenía menos carne que un hueso de pollo. También me pusieron vías en los brazos y mano, pero no sé en qué momento pasó, por lo que debo haber estado muy cerquita de perder el conocimiento (eso es lo más grave que te puede pasar, podés caer en un coma diabético y podés incluso llegar a estirar la pata). ¡Hasta una sonda tenía puesta! Eso sí que es raro de cojones, en un momento tenés ganas de hacer pis y en otro sentís alivio sin haber hecho nada. Suena a pecado.

Talita en recuperación

Talita en recuperación

Esos días fueron raros, yo ya no me sentía tan mal, o mejor dicho, me sentía notablemente mejor, sin embargo la cara que ponía mi familia al verme me hacía agradecer no tener un espejo a mano.
Al pasar a planta la recuperación fue bastante rápida, volví a ganar casi todo el peso que había perdido y poquito a poco empecé a moverme de nuevo. Al principio necesitaba ayuda para bañarme y para andar; el cuerpo me dolía como si me hubieran molido a piñas pero el médico me obligaba a caminar. La semana que pasé en planta la recuerdo casi con cariño, fue muy pacífica y nunca me sentí sola. Mi abuela y mi madre, Virgi y su familia, Ale que viajó desde Madrid, incluso Maca desde la distancia al haberme regalado La noche del oráculo, el libro que tenía que leer en ese momento, todos hicieron que la experiencia fuera menos dura. Y el yogur natural edulcorado, eso también ayudó.

Bueno amigos, hasta aquí esta segunda parte. Vendrán más, en 7 años he tenido tiempo de vivir alguna que otra aventura con mi enfermedad. Desde aprender a calcular carbohidratos hasta tener que contestar las mismas preguntas ochenta veces, desde proponerme vivir una vida sana y equilibrada hasta entender por las malas lo que las drogas le hacen a un cuerpo que no sabe regular su azúcar, desde los bolis de insulina hasta Talita la cyborg. Todo eso y mucho más.

Talita, la cyborg (I)

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Este post es el primero de la Saga Talita, la Cyborg

 

-Este viaje está gafado -dijo la bruja.

-¿Cómo que está gafado?

-Está gafado, acá algo pasa.

-…

-No sé el qué, pero algo pasa. Está gafado.

 

Ustedes ya me conocen y saben que me tomo estas cosas en serio, así que esta declaración me estuvo carcomiendo un poco la sesera. Un poco nada más, piensen que hacía ya un par de años que no viajaba a Argentina y que el viaje anterior, gracias a la combinación con mi ex, había sido un desastre; así que la frase quedó revoloteando en mi cabeza pero no me impidió disfrutar de asados, alfajores y amigos (en ese orden). La verdad fue un viaje precioso, uno no sabe lo mucho que extraña a alguien hasta que lo vuelve a tocar. Me reí muchísimo con mis amigas, me reencontré con mi mejor a amigo y el invierno me regaló un poco de nieve. Hacía 7 años que no nevaba en Río Cuarto.

Al final, el mes pasó sin ninguna catástrofe -por lo menos ninguna que valga la pena remarcar- y tocó a volver a Madrid. Viajé con mi abuela, que venía de visita por segunda vez. En la terminal, antes de tomar el colectivo a Buenos Aires (otro día les cuento lo lindo de gastar 24 horas de tu vida en transportes para llegar a tu casa), me pesé en una de esas balanzas que hay en las farmacias. Mi gorda miserable interior nunca me deja gastar la monedita que hace falta para subirse, así que seguro que me la facilitó mi papá. La curiosidad del asunto: había bajado de peso. Primero pensé que la máquina estaba mal, pero después me dije a mí misma que me habría pesado mal antes del viaje, o que simplemente tenía un metabolismo maravilloso. Todo este cuestionamiento no fue porque sí, realmente había comido como una gorrina durante el mes entero. La duda quedó ahí, no volví a pensar en eso hasta el momento pertinente.

Ya en Madrid descansamos un poco (las 24 horas de tu vida en transportes, etc) y partimos rumbo a Tenerife con la familia al completo -lease plus mi madre. Al aeropuerto parece que llegamos con lo justini, aunque si tengo que ser sincera no me acuerdo en absoluto. Lo único que sé es que nos tocó embarcar últimas o así lo procuraron los soretes de Iberia. Das Problem: el vuelo estaba lleno. Después de mucha charla con el walkie, decidieron que dos entraban y que una se quedaba afuera. Tenía que ser la jovencita, en eso estábamos todos de acuerdo (sí, yo hacía como que vale pero en realidad estaba implosionando por el estrés), así que le pedía las llaves de casa a mi mamá y, cuando estaba a punto de rajar, los soretes me indicaron que antes tenía que pasar por el mostrador de Iberia. Me recorrí la T4 de cabo a rabo no sé cuántas veces, lloraba a moco tendido por el disgusto, el cansancio y la vida en general, y puteaba a la bruja por haberse confundido de viaje. Cuando por fin me tranquilicé, di con el dichoso mostrador y expliqué lo sucedido. Quien me atendió se disculpó por la empresa y me dijo que un bus me pasaría a buscar para llevarme a un hotel donde pasaría la noche y de dónde me recogerían a la mañana siguiente para tomar el primer vuelo a Tenerife. Y para cerrar, záscate, me plantó 450 eurazos delante. Ahí se acabaron todas mis penurias y me fui calladita a esperar el bondi. Así de cochinos somos los humanos.

No me acuerdo qué hotel era, sólo sé que no he vuelto a estar en una habitación así (ya saben, hay una vida mejor pero es más cara). Cené, me duché, robé jabones y dormí como un angelito. Al día siguiente viajé fresca como una lechuga. Y bueno, por más que mi abuela y mi mamá llegaron a tiempo, tengo que decir que la que tenía los sánguches era yo, y a la hora que ellas llegaron lo único que había disponible era una máquina expendedora. Tomá bruja de mierda, te vas a gafar a tu vieja.

Así que, resumiendo, la cosa no había arrancado del todo mal. Todavía quedaban dos semanas en Tenerife y yo ya tenía prevista una peregrinación por tierras castellanas a la vuelta. No se asusten, al final no llegué a verle la cara a ningún santo, pero eso no lo van a saber sino hasta el final. Y no se preocupen, la siguiente entrega no se hará esperar tanto.

El ministro Wert pertenecería a la Subfamilia Desmodontinae – Titulares III

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Lunes, 24 junio 2013

CIENCIA – POLÍTICA

El ministro Wert pertenecería a la Subfamilia Desmodontinae

El descubrimiento ha llevado a investigar a toda la cúpula del PP.

 

REUTERS – MADRID

 

Recientes investigaciones han revelado que el ministro de Educación, Cultura y Deporte de España, José Ignacio Wert, formaría parte de la Subfamilia Desmodontinae, grupo de mamíferos cuyo rasgo distintivo es su dieta hematófaga. Su género aún no se ha concretado (no sería masculino), pero los investigadores apuestan por el Diphylla ecaudata (o vampiro de patas peludas) o Diaemus youngi (o vampiro de patas blancas) dada la afición del ministro por la sangre humana.

José Igancio Wert – Foto de archivo

Quienes llevaron a indagar en la cuestión fue un grupo de estudiantes, que al recibir el premio de fin de carrera en el Auditorio Nacional de Madrid le negaron el saludo al ministro. “¿Qué dices, que Wert estaba allí?” ha declarado uno de los galardonados. “Hombre, si lo hubiera visto le daba un abrazo” declaró otro. A partir de estos testimonios, un grupo de investigadores españoles decidió ahondar en los hechos y la primera teoría que se barajó fue la de la invisibilidad a causa del vampirismo. Si bien acertaron a la primera, la hipótesis tardó en confirmarse dado que todos los especialistas trabajan fuera de España.

Las conjeturas de que en la cúpula del PP se practica la hematofagia no tardaron en surgir. El principal sospechoso es sin lugar a dudas el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, dada su afición a permanecer en lugares cerrados y alejado de la sociedad en general, pero aún no se ha confirmado ni denegado el rumor.

La iglesia también se manifestó al respecto: “Los vampiros son criaturas del señor, de demoníacas no tienen nada. Las que abortan, esos son demonios. Y los homosexuales, por supuesto. A esos habría que empalarlos o quemarlos vivos” declaró Rouco Varela.

Ante el reclamo adolescente, Robert Pattinson ha rechazado cualquier tipo de relación con el ministro Wert.

Cosas de las que me avergüenzo

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Le estoy agarrando el gusto a esto de las listas, porque además de pasármelo pipa cuando las hago, son un respiro. Con esto no quiero decir que escribir a veces sea un parto, lo estoy afirmando. Yo escribo no sé muy bien por qué, nadie me obliga. O tal vez sí, tal vez tenga un Garnilofante adentro que me apunta con un arma, porque si no no se explica tanta obsecuencia. En fin, que para esos momentos en que las historias se traban y los personajes andan más perdidos que chupete en el traste, nada mejor que una lista que ventile las neuronas.
Esta es más personal que las anteriores, pero como sé que ustedes son unos cotillas les va a gustar: las cosas de las que me avergüenzo. Como siempre, en estricto orden aleatorio.

1) Me avergüenzo de haber sido fanática de Rodrigo. De las que lloraban en sus conciertos y de las que cayeron en una profunda depresión cuando el muchacho estiró la pata.


2) Me avergüenzo de que me encanten los cupcakes y las tartas bonitas -espero que El Comidista no llegue nunca a leer esto-. Semejante mariconada es completamente anti-Talita.

Subo una un poco geek para que no me terminen de perder el respeto.

Subo una un poco geek para que no me terminen de perder el respeto.

3) Me avergüenzo de mis amplios desconocimientos en materia de geografía. La cosa es tal que Axel me felicita cada vez que acierto a alguna de sus trivias. La última vez se sorprendió de que supiera dónde estaba la Isla de Pascua y a qué país pertenecía. Es normal teniendo en cuenta que hasta hace poco yo confundía Austria (sí, ese lugar que está LITERALMENTE pegado al país donde actualmente resido) con Australia.

4) Me avergüenzo, no de haber sido fanática de Pokémon -porque fue una de las cosas que estableció las bases de mi frikismo- si no de haber llegado el extremo de torturar a mis amigos dibujándoselos en tarjetas de navidad.

Este no lo dibujé yo, sino un compañero de clase para pedirme disculpas por algo. Sabía lo que hacía.

Este no lo dibujé yo, sino un compañero de clase para pedirme disculpas por algo. Sabía lo que hacía.

5) Me avergüenzo de leer menos de lo que debería. Se supone que los escritores deberían leer, ¿no? Pues eso.

6) Me avergüenzo de que en algún momento de mi vida este tipo me haya parecido romántico:

7) Me avergüenzo de lo increíblemente sorete que fui con algunas que personas que no se lo merecían. Con las que se lo merecían, no.

8) Me avergüenzo del corte que pelo que tenía a los 12 años:

No es un nene, es Talita de pequeña.

No es un nene, es Talita de pequeña.

9) Me avergüenzo de que todavía me guste esta canción:

10) Me avergüenzo de dejarme obnubilar fácilmente por gente que luego me decepcionará porque no es lo maravillosamente genial que en un principio me había parecido.

11) Me avergüenzo de no haber trabajado nunca en algo que realmente me gustara (yendo acompañado en este caso el verbo trabajar con el verbo cobrar).

Mango

12) Me avergüenzo de las veces en que se me escapa la hijauniquez o el paletismo, siendo estos los momentos en que me como todo el paquete de galletitas sin dejarle ni una a Axel o cuando repito como un loro algo que escuché sin pararme a pensar en lo que estoy diciendo.

Así y todo, no me avergüenzo de cosas tales como:

1) Lo machona que era cuando era chica (remitirse a la foto del punto 9). La femineidad no es lo mío.

2) Lo mersa que es la música de los ’80 y el amor incondicional que le profeso.


3) El quilombo que es generalmente mi casa, mi habitación, mi cocina y mí misma.

4) Lo insoportable que soy con los gatitos y lo insoportable que voy a ser con los perritos cuando tenga uno.

Con el gatito que más insoportable soy: Guzmán el Bueno.

Con el gatito que más insoportable soy: Guzmán el Bueno.

 

Y ustedes, sabandijas, ¿de qué se avergüenzan?

Encuentros cercanos del tercer tipo

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-¿Pero no te da vergüenza salir a la calle así? -me preguntó Irene, una de mis encargadas en Mango.

-¿Así cómo? -le dije yo.

-Pues con la cara como la tienes…

-Hombre, si quieres no vengo a currar -le contesté todavía incrédula de lo que había escuchado.

Hacía unos días me habían salido unas manchas rojas en la frente que parecían volverse loquitas con el polvo del almacén donde trabajaba. Yo intentaba no rascármelas por pura lógica, pero no era tan fácil: la cara debe ser de lo que más nos toqueteamos, por lo menos en público.

Cuando vi que la cosa no mejoraba espontáneamente fui a mi médico de cabecera. Sus conocimientos en el campo dermatológico lograron que las manchas me picaran el triple que antes y que, en añadidura, me escocieran. Mea culpa por creer que la misma persona que me dijo que tal vez mis hipoglucemias tenían algo que ver con un exceso de insulina -pero que mejor se lo preguntara a mi endocrino- iba a solucionarme el problema.

De alguna manera conseguí evadir el eficaz sistema sanitario español evitándome así de tres a cuatro meses de espera, pero como tampoco me lo iban a poner en bandeja tuve que ir a un dermatólogo a tomar por culo. Seguro que era por la línea violeta de Metro: nadie sabe qué hay ahí, ni los españoles ni los inmigrantes que viven en Lavapiés. Misterio absoluto.

Llegué al lugar con un librito de Cortázar bajo el brazo (el metro y las largas distancias crean una raza subterránea autóctona de este medio de transporte: el lector), parecía un área abandonada. Edificios a medio hacer, baldíos con cimientos dejados de la mano de Dios. Caminé por las calles mojadas hasta que finalmente encontré el centro de salud: se parecía más a una casa de barrio de Rio Cuarto que a un consultorio.

Mientras esperaba leí De la simetría interplanetaria y algún otro cuento más de La otra orilla. Eso enrareció más el ambiente de casadebarrioriocuartense, ya que el Córtazar que yo conocía, el de Rayuela o Bestiario por ejemplo, poco tenía que ver con el que estaba leyendo en ese momento. Eran textos -algunos más que otros- que todavía no tenían esa esencia tan reconocible a los ojos de los que nos hemos chupado casi toda su bibliografía. Cuentos extraños en un lugar extraño. Él hubiera estado encantado.

Cuando por fin entré a la consulta casi no me dio tiempo a sentarme: apenas verme, la dermatóloga dio un respingo en la silla y salió farfullando de la habitación. Me quedé un momento a solas con una practicante que me miraba con el mismo asombro con que yo contemplaba la situación, cuando la especialista volvió a entrar en la habitación armada de una cámara digital y, sin tomarlo ni beberlo, empezó a sacarme fotos. Mientras tanto no paraba de hablar y contarle cosas a la practicante que ahora me miraba con interés científico. No recuerdo mucho más allá de la sesión fotográfica, y con suerte llegué a enterarme de que lo que tenía eran verrugas (verrugas??) y que debía aplicarme una pomadita que a los pocos días me devolvió una cara incluso mejorada.

Ahora, siempre que vuelvo a esta anécdota, además de preguntarme adónde cuernos habrán ido a parar esas fotos, pienso en lo mismo: Irene realmente creía que yo era un bicho raro por no intentar tapar esas manchas con maquillaje. Mientras que para mí lo de otro planeta era que alguien disfrutase viendo Gran Hermano y leyendo Crepúsculo.

Disturbios en Orense y Perón – Titulares

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Sábado, 19 octubre 2013

DEPORTES – POLÍTICA

Disturbios en Orense y Perón

Una turba de fanáticos se habría enfrentado tras el encuentro Real Madrid-Chacarita.

REUTERS – MADRID

A las 18:30 hs. del pasado jueves, tenía lugar el partido amistoso entre los equipos argentino y español. El encuentro se desarrolló con normalidad, sin ningún altercado relevante salvo la pérdida de un pendiente de Cristiano Ronaldo. El resultado final, una avasallante victoria para Chacarita Juniors (24-3, todos convertidos por J.C. Isaurral), no alteró la paz dentro del recinto que fue desalojado dentro de las 7 horas previstas.

Jóvenes peronistas y funebreros

Según informan las fuentes, el roce surgió cuando los hinchas argentinos descubrieron la figura del general Juan Domingo Perón, situada en la avenida de mismo nombre, y se pusieron a danzar alrededor de ella. Entre los cánticos de alegría y agradecimiento por haber ganado el partido, se mezclaron algunos de rechazo, que aún no se sabe si fueron proclamados por madridistas o funebreros. Al parecer, alguien habría proferido un insulto similar a “era un milico hijo de la gran puta, igual que Franco”. La duda reside en si se utilizó la palabra “milico” o “militar”, lo cual despejaría la incógnita de si se trató de un conflicto interno o internacional.

El resultado de la confronta fueron 42 heridos leves y uno grave. Éste último, identificado como Carlos Salim Balaá, fue hospitalizado tras subirse a la estatua de Perón y caer de cabeza, contusionándose contra un bordillo. Su estado es estable.

Tras la rápida actuación del cuerpo policial, el área fue despejada a las 5 horas de haber comenzado el enfrentamiento. No hubo ningún detenido gracias al deslumbrante manejo discursivo de uno de los asistentes (oriundo de la provincia de Córdoba, Argentina) y, según aseguran las fuentes, se habría establecido un pequeño altar en el lugar de los hechos. Junto a fotos de Maradona, carteles de apoyo (” Carlitos mejorate, ea ea pe pé!”) y abuelas de Plaza de Mayo, habría un puesto informativo dedicado a la concientización del Peronismo, así como venta de empanadas y de merchandising oficial del equipo Chacarita Juniors.

Pandemia

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Encontré esto por ahí perdido, es de hace un par de años. Un poco naïf, pero aún me hace gracia.
Ojo que la H1N1 la tuvimos en serio, eh?

 

—Mi amor, ¿me alcanzás los Kleenex? —dije yo.
—Sob, sob —dijo él.
—Gdacias —dije yo.

Gripe A. Podríamos considerarnos afortunados, el hecho de ser cómplices de una pandemia le da a uno cierto estatus.

—Entonces es… —dijo ella.
—Sí, sí –dijo él.— Es.
—…

Fin de los abrazos -ni que hablar de los besos- con la seguida adquisición de mascarillas que nunca habrán de utilizarse.

—Y, ¿se van a poner la vacuna? —dijo ella.— Dicen que la hicieron con la cepa del chancho, la del pollo y la común y que, apenas te la ponés, te mata.
—Para tenerlo en cuenta entonces —dije yo.
—¡Pero es que dicen que la van a hacer obligatoria! —dijo ella.
—Entonces dudo que te mate —dijo él.
—Eso leí yo. Y lo otro también —dijo ella.

Como una estúpida te alegrás de la semana de baja que te dio el médico, pensando en el finde que vas a pasar en Cuenca, cuando, el día anterior a tu reincorporación, te das cuenta de que todavía te duelen hasta los huesos de las pestañas.

—Pará —dijo él.— No te sigo.
—¡Ay, no sé! Es que me mandaron un mail —dijo ella.

Lo peor es que el malparido de tu médico en lugar de apiadarse de tus ojeras y del moco que te cuelga de la nariz, te dice: “Ya está usté bien. Le voy a dar el alta para mañana”.

—Acabáramos. Traé el portátil, haceme el favor. (Snif) —dije yo.
—A ver… mirá: acá viene toda la investigación que hizo el tipo… es canadiense —dijo ella.
—Eso le da una garantía inescrutable —dijo él. — Esperá, ¿qué es eso? (Cof, cof)
—No sé. Lo miré pero yo no hablo francés —dijo ella.
—La música ya me inspira el pánico —dije yo. — Está en inglés, nena.
—Pero con subtítulos en francés —dijo ella.
—Ay, dios —dijo él.

Y no conforme con eso, llegás al trabajo y todo el mundo te echa la culpa de las enfermedades que ellos padecen. No sólo tenés que hacerte cargo del resfrío de Carlita (con la cual no te cruzás ni en el baño), sino también de la gastroenteritis de Roberto y de la jaqueca crónica de Antonio. “Sí, también soy responsable del holocausto y de la subida de precios del Carrefour”.

—Acá hay otro enlace, —dije yo— esto sí es francés.
—¡Epa! ¿Cuarenta y cinco dólares para ver una conferencia? —dijo él— La verdad de la milanesa.
—¿Hablás francés? —preguntó ella.
—Ya está. Otro Apocalipsis suscitado por la platita —dije yo.
—Pasame los Kleenex, gorda —dijo él.
—Pero, ¿hablás francés si o no? —insistió ella.
—Si, querida. Francés, alemán y sumerio —dijo él.— Abrí un poco la ventana, ¿querés? Y sacate ese barbijo, quedás ridícula.

Los insignificantes

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-¿Qué más queda?

-Creo que ya está todo. Bueno, están los libros y cds que la gente no se llevó.

-¿Los tiramos?

-Me da cosa.

-Bueno, se los dejamos al dueño.

-A lo mejor es una linda sorpresa para el próximo inquilino, ¿no?

-Bueno. Entonces voy bajando la basura.

-O.K.

 

 

-¿Sabés quién está abajo?

-¿Quién?

-Tus amigos de Vallecas. Esos que no vinieron a la fiesta de despedida.

-Ah.

-Están cenando en el hindú de acá abajo. Les dije que te tocaran el timbre y se pusieron incómodos.

-Pff…

-Esos eran tus grandes amigos, con los que salías siempre, ¿no?

-Ya.

-Al lado de tu casa y no son capaces de llamarte para desearte buen viaje.

-Ya, ya.

-No entiendo por qué te ponés mal. Ni que fuera una gran pérdida.

-Y qué querés, ¡es raro! Gente con la que casi conviviste y que ahora ni te habla.

-Si por lo menos fuera gente interesante…

-Ya sé, ya sé. Pero es que me enferma que a ellos no les afecte, que puedan pasar como si yo nunca hubiera estado.

-No te des manija. Bajemos a comer algo.

-Buéh.

-¿Los vas a saludar?

-No sé.

 

 

-Mirá, los tendríamos que haber esquivado.

-¿Por?

-Era más sano extrañarlos.

-Pensá en los próximos inquilinos: te van a querer sin siquiera conocerte.

-Tenés razón. Eso ya significa algo.

Rutina

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Hoy estoy de una mala leche sublime. Y vaya uno a saber por qué, en el cole me dieron la nota del examen de ayer y me saqué un flamante 98. Creo que es la rutina, que hay días en que me molesta más de lo normal.

En su honor, subo esto que escribí hace un año más o menos, cuando trabajaba en una tienda muy divina de un barrio madrileño más divino aún. No tiene título y ni falta que le hace.

Salut!

el olor a alcohol que emana del contenedor de vidrio

el menjunje de pan y líquido del que se alimentan las palomas

la subida interminable hacia Tirso de Molina

(coches)

el cemento caliente

la plaga de turistas rosados

el deseo de tomar sus cámaras, arrojárselas a la Cibeles y disfrutar

viendo como intentan cruzar esa rotonda imposible

(autobuses)

la sombra de los árboles

el sonido del agua que corre

el paseo entre los libros

la paz momentánea

(inmensa plaza desierta con inmensa bandera española)

la náusea de la calle Serrano

el bótox de la señora que se exhibe

la depresión previa a la entrada

la sonrisa obligada

el vómito sobre la clienta de turno