Archivo de la etiqueta: cosicas

Las aventuras de Yanpól, el Tiflin Nivel 1 (II)

Estándar

-¡Corra Soberbio, corra! -gritó Yanpól saliendo por una de las puertas laterales de la bóveda.

-¡Pero Yanpól! -dijo Soberbio mirándolo estupefacto- ¿Cómo es que va usté así por la vida?

-¡Que corra le digo! -repitió arrastrándolo del brazo.- Me ha visto sólo uno, pero se puso a dar voces como si no hubiera mañana.

-No me extraña, no se anda encontrando uno con tiflines en pelotas muy seguido. Por aquí -dijo señalando el camino que había marcado como seguro.- ¿Y? ¿Encontró algo?

-Un pergamino -dijo Yanpól sacando un rollo arrugado de no se sabe muy bien dónde.

-¡Un pergamino! -repitió el enano ahogando un gritito de excitación. -Déme.

-Pero no se detenga, hombre, que estarán todavía detrás nuestro.

-Está… resbaloso -dijo Soberbio tomando una punta del rollo entre índice y pulgar y manteniéndolo a una distancia prudente de la cara.- ¿Me va a contar de una vez cómo consiguió meterse en la bóveda? -preguntó levantando la mirada hacia Yanpól.

-Que sí, que sí -contestó el tiflin arrebatándole el pergamino-, pero cuando nos pongamos a cubierto. ¿No me prestaría la capita? Yo después se la lavo.

-Mpff… -refunfuñó el enano mirando el extraño brillo que tenía hoy su compañero- Venga, va. Aunque lo que más llama la atención es lo que se le ve por delante, que lo sepa.

-Bueno, bueno -dijo Yanpól entre tímido y orgulloso-, eso es también herencia familiar.

-Respeto -contestó Soberbio haciendo una pequeña inclinación de cabeza.- Vaya usted primero amigo, que mi capa le da +2 a todas las defensas.

-¿Más 2? ¡Pero qué dice! -exclamó Yanpól parándose en seco.

-Sí, señor. Se la sisé a un gnoll que andaba solo y desprevenido.

-¿Enfrentóse usted con un gnoll? ¿Un gnoll que usaba una capa +2?

-Bueno, para ser justos, se la saqué mientras se bañaba. ¿Sabía usted que los gnolls eventualmente se bañan?

-¿Y sabía usted que no tenemos Nivel suficiente para usar esta capa?

-Qué me cuenta.

-Que no podemos usar objetos que tengan más de cinco Niveles de diferencia…

-¡Shh! -dijo Soberbio haciendo un gesto con la mano.- Alguien se aproxima.

 

Continuará… 

 

Las aventuras de Yanpól, el Tiflin Nivel 1 (I)

Estándar

-Tanto porte al pedo -pensó Yanpól mientras fregaba las letrinas. -Si al menos me mandaran a hacer recados le podrían sacar partido a mi gallardía. Pero no, a limpiar baños me ponen, qué lo re parió.

-Al menos todavía no le sacan la guapura a sopapos -dijo el enano que limpiaba el suelo-, a los elfos les dejan la cara como un mapa. Porque ellos son guapos estándar, ¿vio?

-¡Pero maese enano! ¿Puede usted leer la mente? -lo interrumpió Yanpól sobresaltado.

-Y ya ve para lo que me ha servido -contestó enseñándole el trapo roñoso con el que fregaba.- Le digo que tiene usté suerte, que con eso de que tiene cuernos y rabo, además de ese magnífico bronceado cobrizo, se salva de unas cuantas palizas.

-Gracias por los halagos compañero -dijo incorporándose y limpiándose la mugre de las rodillas-, pero ya ve que yo tampoco he llegado muy lejos.

-Pero usté es un tipo formado, se le nota en lontananza -dijo el enano acariciando su larga barba-; usté si quiere de acá sale.

-Bah, formado… Tengo un noble linaje, si a eso se refiere -dijo algo melancólico-, mas de mi glorioso pasado sólo conservo estos inestimables quevedos. -El saquito que tenía en un bolsillo oculto estaba hecho de retazos toscamente unidos: con cuidado extrajo los espejuelos que relucían a pesar de sus años.

-¡Pero qué belleza! -exclamó el enano limpiándose las manos en la ropa antes de tomar los quevedos.

-Siete cincuenta -dijo el tiflin señalando los cristales-: no veo tres en un burro.

-Con razón anda siempre con los ojos a media asta.

-Claro, claro, si no entorno termino siempre con la pezuña adentro de la letrina.

-Amigo tiflin -dijo el enano devolviéndole solemnemente los quevedos-, mi nombre es Soberbio.

-Me alegro mucho compañero, el mío es más bien simple.

-No hombre, no. Me llamo Soberbio.

-Ah, disculpe pues. No tengo conocimiento de la antroponimia enana.

-No se preocupe, me pasa a menudo.

-Yo soy Yanpól -dijo el tiflin extendiendo su mano-, el tiflin Nivel 1.

-Tanto gusto -respondió Soberbio con un enérgico apretón-. Usté y yo tenemos cosas en común compañero, ya va a ver como zafamos de esta.

Impresiones: La casa del árbol rojo

Estándar

la cuadra recortada del tiempo

con su calle y sus veredas anchas

con sus plátanos robustos

de bolitas peludas

y semillas helicóptero

 

las casas blancas de tejados rojos

con sus enredaderas trepando

las enamoradas del muro

con sus ramitas sopapa

besuqueando estucos y gotelés

 

el espacio que se respira

entre casa y casa

entre puerta y puerta

 

el tiempo de cada cosa

de cada casa

 

la casa con casa que no es

la casa caja

de zapatos

 

y a mitad de la cuadra

recortada de su recorte

la casa del árbol rojo

 

el árbol rojo

enclenque aún

palito en sí

desafiando las cuatro paredes

de jardín interior

tirando estoicamente para arriba

tirando estoicamente para abajo

 

y el grupo de viejas

tomando el té con pastas

cacareando como gallinas

ocupando el espacio árbol

apocándolo con su presencia

 

la casa blanca

de tejado rojo

rojo ladrillo

rojo naranja

rojo miserable

 

el árbol rojo

rojo ensañado

rojo aquí no me quedo

rojo te vas a enterar lo que vale un peine

 

y las viejas con su té

en su casa maqueta

en su cuadra recortada

(del tiempo)

en sus tacitas de porcelana

 

mientras el árbol arriba

crece

se expande

y como el universo

no termina

 

acer

Komorebi (o la luz del sol que se cuela por entre las hojas de los árboles)

Estándar

no sabía si estaba vivo o muerto

tomó el paraguas
y salió a la calle en el momento justo
en que la primera gota caía del cielo
y aterrizaba en su zapato derecho

el viento bamboleaba los árboles sacándoles la modorra de encima
la tierra se abría para dejar pasar a la lluvia
los perros andaban de un lado a otro buscando un hueco donde refugiarse

en apariencia
era un día cualquiera

lo que lo hacía dudar
era la medida de las cosas

la medida de las cosas

esa baldosa rota
por ejemplo
esa baldosa no podía no estar rota
tenía que estar rota para que la vieja de Rosales se tropezara
se diera un porrazo y se rompiera la cadera

igual que esa otra baldosa
y aquella
y aquella otra
todo ese desamparo municipal
tenía su razón de ser

debía estar muerto

empezó a caminar

a cada paso que daba
sentía cómo el orden se dibujaba ante sus ojos

perfecto
como la huella de un pajarito en la arena
tuvo miedo
pensó en volver atrás
pero pronto se dio cuenta de que eso no entraba en el plan

no entraba en el plan

cerró entonces los ojos
y volvió a avanzar decidido en dirección al parque

esquivó a las señoras presurosas
a los hombres que se cubrían con diarios la cabeza
a los perros que no habían conseguido refugiarse del agua

y por supuesto
no pisó ni una sola baldosa rota

los pétalos de las flores subían y bajaban con el golpear de las gotas
la lluvia repicaba en los charcos que habían ido formándose
las lombrices se revolvían en la superficie de la tierra mojada

como guiado por una tortuga invisible

llegó a la esquina

se detuvo ante el grito de advertencia de la panadera
pero tras la breve pausa
emprendió de nuevo la marcha
entre puteadas y bocinazos
puteadas y bocinazos
que distrajeron la mirada atenta de la vieja de Rosales
que metió el bastón en la baldosa
y cayó redonda al suelo

las gotas pulposas
le golpeaban con violencia la cara
mientras que el paraguas permanecía cerrado
haciendo las veces de bastón

al otro lado de la calle
lo esperaba el parque

el parque

caminó tocando con la punta de los dedos las hojas empapadas
pateó un par de piedritas que no estaban en su sitio
y llegó por fin
al banco

el banco

el banco había sido verde en algún momento
ahora era solamente una serie de láminas de madera pálida y gastada

finas
endebles
acoquinables

abrió los ojos

miró con detenimiento el sitio
y se sentó
sabiendo que se aproximaba el fin

el fin

miró por última vez alrededor
percibiendo con todos los sentidos que esa mañana
habían aparecido antes de atravesar la puerta

inspiró
pensó en unas últimas palabras

cuando sintió de pronto
que algo le rozaba la pierna

separó despacio las rodillas
se inclinó un poco hacia adelante para ver mejor
y allí se encontró con los bigotes
de un gato jaspeado

un gato jaspeado

dudó un momento

pero al ver que el gato estaba tan empapado como él
pensó que así tendría que ser
que aunque él no lo hubiera notado
tal vez no estaba solo en su destino

volvió entonces a inspirar
y le murmuró al felino que no se preocupara
que la lluvia ya amainaba
y fue ahí
en el preciso momento
en el que la lluvia empezó a amainar

que el gato se le subió a la falda
lo miró directamente a los ojos
y él se dio cuenta de la enormidad de la broma

el gato le sonreía

y ahora él ya no sabía
si estaba muerto
o estaba en el país de las maravillas

Descubren las Minas de Moria – Titulares II

Estándar

Sábado, 09 febrero 2013

CULTURA-SOCIEDAD

Descubren las Minas de Moria

J.R.R. Tolkien no sería un escritor de ficción sino un historiador en toda regla.

REUTERS – MENDOZA

Caradhras, el nombre real del Aconcagua

El fascinante hallazgo fue llevado a cabo por dos excursionistas que habían emprendido la ascensión al Aconcagua. Atraídos por -según declaraciones de los protagonistas- una extraño llamado, se alejaron de la ruta normal unos siete kilómetros al este desde el campamento Berlín, llegando a las dos horas a un claro que les resultaba sorpresivamente familiar. Cuando finalmente uno de ellos cayó en la cuenta de que era el mismísimo Caradhras y no el Aconcagua lo que habían escalado perdió el conocimiento. Al volver en sí le explicó extasiado a su compañero que se encontraban ante las puertas de Khazad-dûm o, como mejor se conoce en la actualidad, en las Minas de Moria. Al recibir la noticia y reconocer el lugar como el descrito, el segundo joven de desvaneció también de inmediato.

Las Puertas de Moria

Las Puertas de Moria en épocas de antaño

Una vez ambos estuvieron nuevamente en pleno uso de sus facultades, decidieron poner a prueba su fe pronunciando la palabra que sabían abriría las puertas¹. Si bien no contaban con la ayuda de la luna ni de las estrellas para vislumbrar las líneas de plata que definían los contornos de las hojas y de las escrituras tan hábilmente grabadas por la mano de Celebrimbor, Señor de Eregion, tenían la templanza y seguridad necesaria para saber que el camino se revelaría irremediablemente ante ellos. Declamaron entonces la palabra que en Noldorin significa “amigo”: mellon. Y las puertas efectivamente se abrieron.

Moria supo ser una de las mayores ciudades enanas en sus épocas de esplendor, mas hoy en día es temida por el mal que en sus entrañas alberga (el Daño de Durin). Su descubrimiento ha provocado reacciones encontradas: están quienes lo consideran un mensaje, un aviso de que la historia está aún por escribirse (los iluminados o hijos de Ilúvatar) y quienes se sienten estafados por la falta de precisión del autor (los oscuros o los que no vieron la luz de Aman y por lo tanto que no llegaron allí en los días de los Dos Árboles no pudiendo así contemplar su belleza). Si bien ambas vertientes profesan el tolkianismo como creencia principal, la discordia ha llegado hasta la base misma del Aconcagua/Caradhras, donde se halla el mayor asentamiento de seguidores en la actualidad. Los representantes principales de estos grupos son el cineasta Peter Jackson (para los iluminados) y el jugador de rol Vin Diesel (para los oscuros): ambos han estado pugnando desde su arrivo, tanto entre sí como contra la barrera de seguridad que el estado argentino ha establecido en la zona como medida preventiva.

Ubicación de las minas en la Tierra Media

El cordón policial, conformado por 237 agentes y 74 bullys espontáneos, ha conseguido contener momentáneamente la turba de fanáticos y ha accedido a dar paso a Jackson y a Diesel tras una convincente charla -que fue acompañada de un ejemplar de El Silmarillion con varios mullidos sobres entre sus páginas- en la que acordaron “compartir la torta” en el caso de que la hubiera. También han accedido a la solicitud de llevar a nuestro corresponsal Horacio Aragona -que se encontraba en el lugar cubriendo la noticia- por motivos apellidales y a una mula de carga por motivos supervivales.

Actualmente nos encontramos a la espera de noticias de nuestro corresponsal. La teoría más fuerte que de momento se baraja es que la Comunidad del anillo aún no ha pasado por el lugar, por lo que lo más probable es que se organice un comité de bienvenida junto con un punto de información para evitar sorpresas y muertes por Balrogs innecesarias.

¹ Para evitar futuros desvanecimientos cada uno bebió un litro de coca-cola y se comió un sánguche de mortadela.

Siete (Parte V)

Estándar

Cinco

 

—Todavía nos faltan los prospectos —dijo Oni revisando sus anotaciones.

Martita se había dormido a los pies de Juan, que ahora tomaba un té con leche. Oni anotaba y escribía cosas sentado en un sillón de mimbre.

—Yo ya estoy en eso —dijo Nené llegando—. Tengo a la 12 a cargo.

—¿La 12 sabe? —preguntó Oni sorprendido.

—La 12 sabe todo, es nuestro contacto interno. Sin ella…

—¡Y yo que pensaba que era una botona!

—Las cosas no siempre son lo que parecen, querido.

—Bueno, entonces ella se ocupa de los prospectos —intervino Juan—. ¿Va a venir también a la reunión?

—No, no. Ella se ocupa de la logística nomás, que si la llegan a agarrar con las manos en la masa se le acaban los privilegios. ¿A qué hora arrancamos? —preguntó sentándose en un sillón que quedaba libre.

—La hora prevista es la una —contestó Oni— pero puede variar según la emoción con que empinen el codo, así que hay que estar atentos a los mensajes cifrados.

—¿Mensajes cifrados? —preguntó Nené achinando los ojos.

—Los golpecitos en la pared —dijo Juan después de un sorbo.

—Ah.

Alfredo volvió, pero con la jaula y Roberto dentro de ella.

—¿Qué pasó? —preguntó Juan un poco desconcertado— ¿No habían quedado en que no más jaula?

—Sí, pero mirá —dijo Alfredo abriendo la puertita y apoyando la jaula en el suelo. Roberto salió, husmeó a Martita y a los troncos que estaban al lado de la chimenea, y apenas sintió el calor del fuego cerca frunció el hocico y volvió presto a su jaula. Se acomodó en su cucha, predisponiéndose a dormir, cuando Alfredo hizo el ademán de trabar la puerta. De inmediato Roberto levantó la cabeza e irguió las orejas, deteniendo así el amague de Alfredo.

—¿Ven? Necesita creer que es libre, ¡como la gente! —dijo Alfredo satisfecho.

—A veces yo no sé si vos sos o te hacés —dijo Oni después de reflexionar un momento.

—¡Oni! —lo retó Nené.

—¡Pero si es verdad!

—¿Usté no puede escribir solo o se hace?

—¿Cómo me voy a hacer? Si…

—¡Entonces chitón!

—Perdón —dijo bajando la cabeza.

Nené le guiñó un ojo a Alfredo y se levantó.

—Me voy a hacer unos mates, que esa chanchada que está tomando Juan me dejó mal cuerpo.

—¡Ah, Nené! —gritó Alfredo—. Dice la 12 que te dejó el chalcito que le pediste en tu pieza.

Fin parte cinco

 

Wenn ich ein Monster wäre

Estándar
Les presento mi primer cortito en alemán. Fue un trabajo de clase, no es el primer escrito que hago, pero creo que sí el más interesante (una carta preguntando por un piso o quejándome a la seguridad social no tiene mucho glamour).
Va primero en V.O. (para que los que lo entienden se rían de mi nivel y para que los que no, se asombren de mis conocimientos) y más abajo traducido.

 

Salut!

 

Wenn ich ein Monster wäre

Wenn ich ein Monster wäre, hätte ich wenigstens achtzehn Augen, blaues Fell und schwartze Füße. Könnte ich nackt herumlaufen und Kiloweise Schokolade essen. Würde ich die Eltern erschrecken (weil die Kinder schon zu viele Sorgen haben) und die ganze Nacht unter ihrem Bett wach bleiben, um auf den richtigen Moment zu warten. >:( Hätte ich ein großes Haus in einem großen LKW, den ich ohne Führerschein fahren würde, und niemand könnte etwas sagen, weil, wie die ganze Welt weiß, Monster den schlechtesten Humor haben. Und ich wäre sehr glücklich. :)

 

 
Si yo fuera un monstruo

Si yo fuera un monstruo, tendría por lo menos dieciocho ojos, pelaje azul y patas negras. Podría andar desnuda y comer kilos de chocolate. Asustaría a los padres (porque los nenes ya tienen demasiadas preocupaciones) y me quedaría despierto toda la noche bajo sus camas  esperando el momento adecuado. >:( Tendría una gran casa en un gran camión que manejaría sin carnet, y nadie me podría decir nada porque, como todo el mundo sabe, los montruos tienen muy mal humor. Y sería muy feliz. :)

 

Siete (Parte III)

Estándar

Tres

Una vez que tranquilizó a Martita, Juan volvió con Oni y Nené. Los dos estaban muy silenciosos: Oni se hacía el que escribía y cada tanto miraba de reojo a Nené que no sólo no lo miraba sino que además le ponía cara de culo al horizonte.

—¿Y ahora qué les pasa a ustedes, eh? —preguntó Juan claramente podrido de lidiar con malos humores.

—Nada —dijo Oni.

—¡Me amenazó con cortarme la mano si le leía la libretita, eso pasa! —espetó Nené de sopetón.

—Exagerada —dijo Oni.

—¿Dijiste o no dijiste? ¿Eh? ¿Eh?

—¡Chitón! —gritó Juan — Se me callan los dos. Usted —señalando a Oni—: se me pone a escribir. Usted —señalando a Nené—: calienta la pava que esto está más fiero que pegarle a una madre.

Sin agregar bocadillo ambos se pusieron a las tareas asignadas. Nené fue a la cocina a arreglar el mate y comer algún bizcochito, que encularse le daba angustia oral, y Oni agarró el lápiz y, después de un infructuoso intento de escribir, se quedó mirando a Juan como perro con hambre.

—¿Ya estamos? —dijo Juan.

—Dale, si ya sabés. La primera frase nomás, después yo me arreglo solito.

—Somos pocos y nos conocemos mucho.

—¿Me estás llamando mentiroso?

—Exacto.

—¡Pero qué barbaridad! —exclamó escandalizado.

—Dale, dejate de hacer el artista y escribí:

Oni, raudo y decidido, tomó de nuevo el lapicito y escribió.

—“Estás en un mercado, esperando a tu abuela que te ha dejado comprando tomates. Tú has decidido pelarlos mientras esperas, previendo la salsa que harán al llegar a casa” —dijo Juan.

—“La esperas, mas no aparece —continuó Oni—. Decides, pues, buscarla, recorrer el mercado cuan ancho es. Avanzas con los tomates pelados en una bolsa, a la par que piensas que se espachurrarán en cuanto los metas en la mochila que no llevas.”

—“Entonces la ves, de espaldas con su pelo corto, tal vez recién teñido, tal vez recién cortado. Le dices que ya es hora, que han de hacer la cola para pagar y marcharse, y le das los tomates.”

—“Se ubican en la fila detrás de un par de jóvenes. Uno es alto y apuesto, el otro bajito y grueso. Los jóvenes coquetean con ambas, no se amedrentan frente a vuestra edad, la una muy escasa y la otra muy avanzada. Tú no entiendes de qué se trata, pero presientes la inquietud de tu abuela, que ríe al principio nerviosa y que acaba resolviendo la situación con un estruendoso pedo.”

En el preciso instante en que Oni terminaba de decir —y escribir— esta frase, Nené llegaba masticando un bizcocho con la pava caliente. Al escuchar la palabra pedo no pudo evitar reírse y escupir las migas que aún no había tragado. Juan, también sonriendo, le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio.

—“Estupefacta y bajo la mirada de todo el mercado, tardas un momento en reaccionar —continuó Oni—. Miras los ojos enormes de los espectadores, el rubor de tu abuela que va en aumento, los muchachos que están ante vosotras. Entonces una sonora carcajada estalla en tu boca, expandiéndose por todo el lugar, contagiando a todos y cada uno de los presentes, con excepción de tu abuela que está aún más avergonzada si cabe. Intentas contenerte, pues no admites que ella pase por esa situación, pero es inútil: no puedes parar de reír. Es en ese momento cuando te percatas de que el joven bajo y grueso no está riendo como los demás. De hecho está muy serio y os mira fijo, sin desviar la vista siquiera hacia su compañero que está desternillándose en el suelo.”

Después de esta seguidilla de caracteres escupidos a toda velocidad en su libretita, Oni se detuvo en seco y se quedó paralizado mirando al frente. Nené, que estaba en plena cebada, se percató en seguida de la abrupta pausa y le dio un codazo a Juan quien captó automáticamente el conciso mensaje.

—“El gordito avanza fascinado hacia ustedes” —soltó Juan sin mucha alharaca.

Nené lo miró reprobatoria y Juan le hizo un gesto de “¿y qué querés que le haga?”, alegando a la falta de tiempo su poca exactitud.

—Sí… —dijo Oni recuperando el hilo y volviendo a poner la vista en su libreta —. “Un haz de luz parece entrar por la claraboya e iluminarlo directamente, mientras recorre los pasos que os separan con una fascinación inquietante. Él no te mira a ti, él mira a tu abuela. Y tu abuela le devuelve la mirada. Ambos ya están a una distancia ínfima y tú has dejado de reír. Los miras pero ellos no te ven. Él toma a tu abuela con delicadeza por el cuello y rompe el espacio que los separa con un beso. La besa en los labios y, en ese mismo instante, el haz de luz explosiona dejando ante tu vista sólo una bolsa de tomates espachurrados.”

Apenas terminó de escribir, Oni levantó la vista hacia Juan y Nené.

—¿Y? —preguntó— ¿Qué tal?

Los dos estaban boquiabiertos y con los ojos como el dos de oros. Oni sonrió satisfecho.

Fin parte Tres

Siete (Parte II)

Estándar

Dos

 
¿Por qué no puede ser? Si yo te siento, te siento acá, al lado mío. No te toco pero te veo ahí, reflejada en ese charco que dejó la lluvia. Te huelo en las hojas y en el pasto húmedo, te respiro todo el tiempo. Estás en mis pulmones, en mi sangre. Corriendo de arriba abajo, en la catarata enloquecida que hace que me despierte cada día y camine y hable y piense.

 
—¿Y a ésta qué bicho le picó? —preguntó Nené alcanzándole el mate a Juan. El gatito que tenía en la falda olfateó la yerba y salió disparado como alma que lleva el diablo.

—Lo de siempre —contestó Juan.

—Será testaruda —dijo Nené meneando la cabeza.

—Testaruda —repitió Oni anotando la palabra en su libreta—. Te hubiera ido mejor “porfiada” —le dijo a Nené entrecerrando los ojos—. Sí. Nené definitivamente hubiera dicho “porfiada” en lugar de “testaruda”; aunque hay que reconocer que la palabra tiene su mérito.

Nené reflexionó un momento y le dio la razón. —Será porfiada —dijo.

—¿Y Roberto? —le preguntó Juan a Alfredo.

—En la pieza —contestó Alfredo.

—¿Por qué no lo traés? ¿No le gusta el sol?

—Mmmsé —dijo Alfredo—, pero es que si se me escapa acá afuera me cuesta más cacharlo.

—Andá a traerlo, hacé el favor, que con el arreglo que le hicimos a la jaula es imposible que salga —dijo Juan.

Al escuchar la palabra jaula, Oni tuvo una especie de revelación y se puso a escribir a toda velocidad. Escribió sobre la angustia del encierro entre paredes invisibles, sobre la falsa sensación de libertad, sobre la vana necesidad de límites para sentir que se tiene control sobre algo, sobre la impotencia de la insignificancia del ser humano. Cuando Nené le pasó el mate aspiró el vapor que salía de la calabaza y que le entibiaba la nariz. Dio un sorbo, cerró los ojos un momento y al volver a abrirlos escribió con letras grandes: Orgullo de palito y verde. Tachó todo lo que había escrito antes, dibujó un mate con carita y volvió a empezar.

—¿Alguna novedad? —Preguntó Nené en cuanto Alfredo se fue.

—No mucho —respondió Juan—. Tengo el Vademécum que me consiguió mi hermana pero todavía no lo hojeé. Esta noche lo miramos entre los dos, ¿te parece?

—Ay querido, pero sabés que a la noche yo no veo nada —dijo Nené.

—No te preocupes que yo te leo —dijo Juan levantando la vista hacia donde estaba sentada Martita—. ¿Cómo la ves? —dijo señalándola con la cabeza.

—Si sigue intentando entenderse se va a volver loca de verdad —dijo sacándose un pañuelo de la manga y dándoselo a Juan—; andá vos que tenés más empatía.

 
A veces no te encuentro con los ojos, pero te siento empujar, salirte de mi boca con alguna frase punzante que hace silenciar a todos. Porque ellos también te saben, te reconocen. Y te escuchan. Porque decís y hacés con tino. Ellos, que te no ven, te escuchan. Siempre.

 
—Empatía —repitió Oni parando de escribir de repente.

—Tenés que concentrarte, nene —le dijo Nené —. A ese ritmo no vas a terminar ni una sola cosa.

—Ni concentrado, ni sincentrado —dijo Oni—. Sin Juan soy incapaz de hilar nada.

—¿Puedo? —preguntó Nené estirando una mano hacia la libretita.

—Intentalo y te la corto —dijo Oni  deteniendo automáticamente el amago de Nené.

 
Sos. Yo sé que sos.

Fin parte Dos

Cristales

Estándar

(Comida para reptiles VI)

 

A las cinco y media de la mañana alguien empezó a golpear con fuerza la puerta de entrada. Horacio se levantó tropezando con las pantuflas y con el perro que, asustado, había corrido a refugiarse bajo la cama.

―¿Qué pasa? ¿Quién es a esta hora? ―preguntó Mira encendiendo la luz del velador.
―No sé… no sé, voy a ver ―dijo Horacio espabilando y poniéndose el albornoz.
―Tené cuidado, no sea cosa que sea un chorro ―dijo Mira preparándose para levantarse llegado el caso.
―Los chorros no golpean Mira ―dijo Horacio yendo hacia al living.
―Mirá que sos cagón Pereira, tanto que te envalentonás con el gato de Funes… ―le dijo Mira al hocico que asomaba de debajo de la cama ―Suerte que te ganás el pan por lindo y no por guardián, ¿eh?

Desde el living llegó la voz de Marcos, cosa que tranquilizó a Mira y alegró a Pereira. Mientras ella se acomodaba para seguir durmiendo hasta las ocho, el perro salió disparado a reclamar su ración de mimos.
No era novedad que Marcos se presentara a una hora como esa, pero en general se lo solía escuchar una cuadra antes de llegar gracias a los cantos que entonaba siempre que tomaba de más. Esta vez iba sobrio, pero con una excitación que Horacio sólo le había visto una par de veces en la vida. Una había sido a los once años, cuando por fin se había vengado de su hermano vaciándole la alcancía en el inodoro y tirando de la cadena ante su estupefacta mirada, y otra a los treinta y cuatro, cuando le contó que por fin había conseguido que su mujer firmara el divorcio bajo la amenaza de empujar a su abuela escaleras abajo, silla de ruedas incluida.
En esta ocasión su exultante estado era a causa de un acto de solidaridad que el mismo había perpetrado: la vidriera de los chinos que desde hacía un par de años venían arruinando el negocio de su amigo había sido reventada a cascotazos por su mano justiciera:

―¡Pero vos estás en pedo? ―preguntó Horacio.
―Fresco como una lechuga —dijo Marcos solemnemente.
―¿Cómo se te ocurre hacer semejante barrabasada?
―A ver, necesitábamos una solución, ¿no?
―Sí, y todavía la estábamos buscando. No habíamos llegado al vandalismo, ¡no estábamos ni cerca! —dijo Horacio hundiéndose en su sillón― Encima no podrías haber elegido peor momento…
—¿Por?
—El chino. Está internado.
—¿En serio?
—Sos el peor estratega del mundo.
—Pero, ¿cómo que está internado?
—Le dio un infarto o algo así.
—¿Un infarto a un chino?
—Yo qué sé, se habrá adaptado demasiado bien a nuestras costumbres.
—¿Y quién está a cargo ahora? ¿La china?
—No. Creo que no.

 

Mira había empezado a recorrer las calles de Villa Crespo bajo el sol de Enero. Pereira, que de un fila brasilero grandote y cobarde había transmutado a pastor alemán de mirada profunda, caminaba a su lado. El calor era agobiante, pero el perro iba con paso firme sin siquiera abrir la boca. Ella sentía, sin embargo, que el calor le empezaba a quemar por dentro, como si estuviera yendo por uno de esos desiertos rojos de tierra cuarteada. Abrió la boca e instintivamente empezó a jadear, a buscar la sombra y algún charco donde paliar la sed.
Cuando descubrió la fuente se le iluminaron los ojos: el agua salpicaba todo en derredor, los gorriones se lanzaban en picado cual clavadistas y salían empapados de felicidad. Mira tomó envión para saltar y sumarse al regocijo, cuando entonces un tirón certero en el cogote la paró en seco y la hizo patalear en el aire. Al volverse, aun ahogada por la correa, su maestra de tercer grado la reprendía apuntándole con un largo dedo índice: “Muy mal Mira, eso no se hace.”

Al despertar lo primero que hizo fue palpar a su lado. Pereira no estaba y ella tenía esas ganas de abrazarlo y de pedirle disculpas por tratarlo de cagón.

Fue primero al baño y después a la cocina, tenía una sed horrible. Ahí estaba Horacio, mirando a un punto fijo en la pared con un café frío en las manos.

—¿Y el perro? —preguntó Mira buscando debajo de la mesa.
—Se lo llevó Marcos —dijo Horacio.
—¿Marcos? ¿Qué hizo ahora para necesitar reflexión canina? —preguntó sacando el agua de la heladera.
—Le rompió la vidriera a los chinos.
—¡Sonamos!
—Ahá…
—¡Y encima con el viejo ingresado!
—Es lo que yo le dije.
—Nos van a denunciar por desalmados… ¡Y vos que no sabés mentir! ¿Qué hacemos ahora?
—No sé. Por eso mismo lo mandé a pensar.

 

—A mí la verdad que me importa un carajo que ese chino esté bien o mal, yo lo único que sé es que es un desgraciado con el que no se pueden cruzar dos palabras sin llegar a las puteadas. Pero tu dueño es un cobarde, para él nunca es bueno el momento o buena la idea. “Esto no porque nos van a denunciar, esto otro tampoco porque es malo para el negocio; esto no porque es peligroso para la salud…” ¡Ja! ¡Mirá como le fue a ese salamín sin que le echáramos Raid en las latas! Yo ya se lo dije mil veces, no hay forma de entrar en razón con ellos, son unos ordinarios y unos maleducados. Ya lo intentaron sus viejos, ya lo intentó él, hasta Mira con ese vestidito de flores con el que le das lo que quiera antes de que te lo pida, y nada. Ahora que apechugue por no haberme dejado ser más… creativo. ¿Me vas a decir que no era buena la idea de mandarles una rosa negra? ¡Tampoco estamos hablando de la cabeza de un caballo, che! Como si tuvieran algún animal. Esa gente no tiene ni perros, se los come. Bueno, en realidad no lo sé con seguridad, es lo que dicen, que se comen a los perros y a los gatos. ¿A vos te parece? A mí ni en un apocalipsis se me ocurriría comerme a mi perro (si lo tuviera, claro), antes me como al vecino, te juro. Eso sí, no a cualquiera, que en una situación así hay que saber elegir bien a los amigos y a los enemigos. Me comería al gordo de la pensión, primero porque es gordo y alcanzaría para muchos y segundo porque seguro que tiene un abastecimiento tremendo en su casa, como todo buen gordo lechón. ¿Sabés quién lo hacía lindo al lechón? Mi abuelo Enrique. Era una cosa de locos. Le hubieras caído bien vos, le encantaban los perros. No como a los chinos.

 

Ya vestidos, Horacio y Mira salieron a la calle. Ella partió hacia la derecha en busca de Pereira y él hacia la izquierda rumbo a su tienda. Malabia estaba vacía a esa hora, algunos camiones descargaban mercadería y el aire todavía estaba húmedo de brisa matinal. A las siete Mira aún daba vueltas por el parque siguiendo lo que parecía el rastro de Marcos y Pereira, mientras que Horacio se aproximaba a la escena del delito: el local de los chinos estaba justo enfrente del suyo. Sin embargo la muchedumbre que había vislumbrado una cuadra atrás no parecía encontrarse en el punto que él esperaba.

―¿Se ha enterado? ―lo increpó el librero saliendo de su tienda.
―¿Perdón? ―dijo Horacio mirando si había alguien frente a la cristalera rota.
―¡Pero no sabe? ¡El muchacho de los recados se ha vuelto loco!
―¿Qué? ―dijo Horacio, ahora sí prestándole atención.
―¡Ha matado a toda la familia! Padre, madre y abuela. Dicen que soltó al canario y salió corriendo desnudo a la calle al grito de “¡Libertad, libertad!”
―¡Pero qué me dice, Francisco!
―No me diga Francisco, hombre.
―Perdone usted… ¿pero me habla de Germán, el chico que me hacía los mandados?
―El mismo.
―No lo puedo creer…
―Pues créaselo usted, que me lo ha contado el agente Ronaldo. La casa estaba hecha una pena; todo perdido de sangre, la pared era un salpicré de vísceras.
―Uf, no me cuente más, que tengo la presión baja y hoy no desayuné.
―Nada, nada. Para que vea que uno nunca está a salvo.
―Eso ya lo sé, viene con el país en el que vivimos. Pero que alguien conocido se vuelva loco y masacre a su familia no se compara con que a uno le roben las zapatillas en la calle…
―¿No se compara? ―preguntó malicioso el librero.
―Y, no… Bueno, son cosas distintas. ¡No me tire de la lengua!
―Venga ―dijo el librero echando llave a su tienda―, mejor vamos a tomar el café y le sigo contando.

Fueron al bar de la esquina para que Horacio desayunara como es debido y tuviera el estómago sentado para escuchar el resto de la historia. En cuanto terminaron las medialunas, le relató con lujo de detalles cómo se habrían desarrollado los acontecimientos: al parecer Germán habría reaccionado mal a una crítica de su padre y le habría tirado, con gran puntería, con lo primero que encontrara ―en este caso el cuchillo con el que habría estando picando el perejil―; su madre y su abuela, aparentemente fuera de sí, habrían empezado a tirarle a Germán con tazas, platos y demás loza que tuvieran a su alcance; y él, por lo visto ya ciego de rabia, habría extirpado el cuchillo del cuerpo de su padre y lo habría asestado, también con gran puntería, repetidas veces en las mencionadas señoras. Un espectáculo.

―Y lo del escaparate fue obra suya, ¿no? ―preguntó el librero de sopetón.
―Eh, no… bueno, no… sí. Fue mi amigo ―respondió Horacio rojo como un tomate.
―¿El loquito?
―Ese mismo.
―Pues menuda puntería.
―Sí… Justo ahora que el viejo está internado y…
―¡Pero qué dice hombre! ¡Justo ahora que hay un loco de verdad dando vueltas!
―¿Eh? Ah sí, bueno, pero la policía cuando lo encuentre…
―La policía una vez que lo encuentre lo va a moler a golpes hasta dejarlo inconsciente. Va a dar una gran rueda de prensa y se llenará de gloria por haber atrapado al peor criminal de los últimos tiempos mientras a la gente de a pie la siguen matando por un par de zapatillas y mientras otros policías muelen a golpes a otra gente de a pie.
―…
―Yo sé que usted es más bueno que el pan ―dijo el librero para terminar―, así que hágame un favor: hágase el boludo Horacio. Hágase el boludo.

 

En el parque, mientras tanto, Pereira corría detrás del palo que le tiraba Mira; Marcos se deleitaba con el vestido de flores que ella llevaba, y un muchacho desnudo en la hierba miraba las aves volar de un árbol a otro.