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Talita, la cyborg (III)

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Este post es el tercero de la Saga Talita, la Cyborg
Aquí el primero y el segundo

 

Hoy vengo a hablarles de mi Archienemiga en la Vida Real. No se preocupen, no es una de mis movidas frikis. Mi AViR, como de ahora en adelante la llamaremos, existe en el planeta tierra tal como lo conocemos y no se llama azúcar, dulces o hidratos de carbono de absorción rápida. La némesis de Talita se llama hipoglucemia. Para el ciudadano de a pie: bajada de azúcar.

Para aclarar de manera requete simple el asunto: el problema de los diabéticos tipo 1 es que nos falta el cosito que regula la energía de nuestro cuerpo. Ese cosito se llama insulina.
Como de fábrica no tenemos insulina, nos la tenemos que administrar solos. Lo más complicado del tema es “¿cuánto cosito me pongo?”. Son tantas las variables que hay que tener en cuenta, que a ustedes, simples mortales, les daría un vahído de sólo leerlas. Así que me voy a saltar esa parte (salvo que alguno levante la mano y pregunte) y pasaré a la temática de mi AViR.

Como, en realidad, los diabéticos tipo 1 somos también simples mortales, nos pasa que a veces metemos la pata y calculamos mal. Entonces pueden pasar dos cosas: que el azúcar suba demasiado o que el azúcar baje demasiado. Ambas son peligrosas, pero la hipoglucemia suele aparecer más seguido porque los valores que hay que mantener tiran a la baja. Por ejemplo (les hablo esta vez de números y les prometo que nunca más): el valor medio de tu azúcar en sangre varía entre 90 y 110. Si llegás a 500 es probable que sigas consciente aunque bastante boludo -es el valor que tenía yo cuando me ingresaron por primera vez-, pero si bajás de 30 puede que no la cuentes. A grandes rasgos pueden ver por donde van los tiros.

Ahora les voy mencionar algunos de los aliados de mi AViR, sólo para llegar al anecdotario pertinente. El primero: las drogas. Si abusar de las drogas es malo para cualquiera, para mi es peor. El segundo es, créase o no, el ejercicio. Más de lo mismo: ejercicio en exceso, Talita al suelo. Y el tercero, aquello de lo que huyen los madrileños en Agosto: el calor.

 

Las “drojas” ilegales 

 

Aclaro que mi paso por el camino de la perdición es más bien insulso, no obstante a mí me ha bastado para cortar por lo sano -nunca mejor dicho. Entran en esta categoría pues, el hachís y la marihuana.

La primera experiencia fue el con un porro de hachís mal liado. El resultado de fumarme cachos de piedra casi enteros fue mareos, sudores fríos, ceguera temporal e incapacidad para hablar. No fue todo junto, si no que empezó como una hipoglucemia normal. Los sudores y el temblor en las manos me dieron la pauta para que comiera el azúcar y la barrita de cereales que llevaba en el bolso, pero no fue suficiente. Cuando noté que no mejoraba le avisé a mis amigos, que me acompañaron a sentarme. Los síntomas de la hipoglucemia son muy personales, cada diabético tiene los suyos y con los años incluso van cambiando. Pero cuando perdés la visión o no podés explicar lo que te está pasando, quiere decir que la hipoglucemia pasó de leve a grave. Es importante que la gente que te rodea sepa exactamente qué tiene que hacer en estas situaciones, porque hay quienes piensan que ante una bajada tenés que pincharte más insulina o, como en el caso del bienintencionado mozo que no estaba seguro de darme la Coca cola, que piensan que no podés tomar azúcar porque “es malo para los diabéticos”. De alguna manera convencí al muchacho para que me diera la gaseosa y a partir de entonces ya fue todo cuesta arriba.

 

Talita on drugs

 

Tras el cagazo del no-veo-y-no-puedo-hablar no volví a fumar. Hasta el día en que viajé a Amsterdam. Como la gente tiende a seguir al rebaño, le dije a mi compañera de viaje: “nena, no podemos ir a Amsterdam y no ir a un Coffee Shop”, así, con acento medio conche. Una vez ahí, compramos un porro para las dos más un par de jugos por si acaso. Para alguien que por lo general no fuma, sólo basta estar en el local para colocarse, cosa que evidentemente nosotras no sabíamos. Acá no tuve una bajada severa, pero la pasé de todas maneras mal porque mi amiga tenía la presión baja, así que podía descomponerse tanto una como la otra, y porque estábamos en un lugar/país desconocido. Sin contar el dineral que nos gastamos en juguitos, que no hace ninguna gracia cuando se viaja con lo justo.

La tercera y última me pasó de grandota boluda. Fue hace un tiempito ya, tal vez un año. Estaba tomando unas cervezas con amigos y ya iba un poco pedo cuando uno de ellos me ofreció una calada. No me acuerdo si me lo advirtió o no, el caso es que yo no me enteré de que era un porro únicamente de maría. Y encima de la buena. Acá no me quedé ciega ni muda, sin embargo la sensación que tuve era de que me moría, y era muy vívida. Fue un subibaja constante que habrá durado un par de horas en el me sentía en la gloria infinita y a continuación me hundía en los siete infiernos. Una maravilla que me bastó para decir -esta vez en serio- nunca mais.

No tengo amigos diabéticos, así que no sé cuál será la relación que otros tienen con este tipo de drogas. Tal vez con cierto control haya quienes pueden fumar sin pasarlo fatal como me pasa a mí. Como ya dije, la hipoglucemia, así como la diabetes, varía según cada uno.

 

El alcohol, el ejercicio y el calor

 

Englobo estas tres en una sola porque juntas y aliadas con mi AViR son las que casi me hacen espicharla. En solitario, todas me han hecho putadas, aunque ninguna tan grave como para explayarme en ellas.

Pasó hace 3 años en Madrid, en verano. Estaba de visita y ya me había desacostumbrado al calor que suele hacer allí en esas fechas. El día en cuestión fue en realidad simple y bonito. Hicimos un picnic en Rascafría, nadamos, recorrimos el pueblo y terminamos tomando unas cañitas antes de volver. Yo estaba parando en casa de Ale, una amiga a la que ya mencioné en el post anterior. Cuando nos fuimos a dormir me medí el azúcar y estaba un poco bajo. En lugar de hacer lo que se debe, esto es: tomar o comer algo dulce y esperar a que el azúcar suba, me tomé unas cuantas tabletas de glucosa y me acosté a dormir. Cuando me desperté, Ale estaba al teléfono con cara de pánico y con una lata de Coca cola en la mano. Me apresuró a que bebiera y cuando se me pasó un poco el abombamiento, me explicó que acababa de estar convulsionando. Tuve la suerte de que estábamos en habitaciones contiguas y de que me escuchó dar golpetazos a la pared, que si no adiós Talita. Estuve hospitalizada un día hasta que me terminé de recuperar y por suerte nunca más me ha vuelto a pasar algo así. Como ya dije, la suma de las cosas fue la que desató el desbarajuste interno: el calor excesivo, el movimiento y el alcohol hicieron que mi azúcar bajara mucho más de lo normal; además del tipo de insulina que usaba en ese entonces, que era mucho más brusca que la bomba de insulina que llevo ahora. Por esa falta de consideración, ese detalle de no prestarle atención a la bajada antes de dormir, es que casi la palmo.

A día de hoy sigo teniendo problemas en los días de extremo calor (en Berlín por suerte no son muchos), pero ahora me manejo con cuidado y no ando haciéndome la loca. No dejé de tomar alcohol, aunque tomo muuuy poco y en contadas ocasiones, y cuando hago ejercicio controlo mi azúcar el doble de veces de lo que normalmente me mido. Suena algo abuelesco, pero así es esta enfermedad: si no se es responsable, no se vive muchos años. Ahora bien, ¿y lo fantástico de planificar un asalto a la farmacia del barrio ante la expectativa de un apocalipsis zombie y verte corriendo como un poseso mientras se te caen los bolis de insulina y las tiras reactivas por la calle? Lo que no te mata te hace más fuerte.

 

 

 

 

 

 

BONUS TRACK:

Hace poco Axel descubrió que los efectos del G-LOC (pérdida de conciencia inducida por fuerza G) se parecen mucho a los síntomas de una hipoglucemia grave. Vamos, que dice que la cara que ponen los pilotos en este video de entrenamiento -salvo los estiramientos faciales- es mi cara de “hipoglucemia jodida”.

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Talita, la cyborg (II)

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Este post es el segundo de la Saga Talita, la Cyborg
Aquí el primero

En septiembre se cumplieron 7 años del desafortunado acontecimiento, los mismos años que hacía que no nevaba en Rio IV y los mismos años que hace que no vuelvo. Capaz ya vaya siendo hora de una visita, con suerte me pongo de nuevo al derecho y se me reactiva el páncreas. A lo mejor el pobre lo único que quiere es volver a casa. Pero, ¿cómo le explica uno al cuerpo que el emigrante tiene muchas casas y ninguna? No me hagan caso, a estas horas de la noche me pongo melancófica.

Nos habíamos quedado en Tenerife, con su calorcito insular, su hora menos y su vacacionar estándar. Sí señor, nada más estándar que un apartotel con espectáculos nocturnos, karaokes y desayunos continentales. Si hay un infierno para modernos, tiene que parecerse a eso. Nosotras nos pasamos la mayor parte del tiempo al lado de la piscina como lagartijas al sol porque con mi nona no podíamos ir demasiado de aquí p’allá, y les digo que sin ninguna culpa: las vacaciones estándar implican un gran porcentaje de rascarse el potorro.

Los días fueron pasando sin mucho revuelo. Un día paseamos en barco, otro fuimos a un spa; conocimos una playa de arena negra, tomamos helado… y entre una cosa y la otra, hice pis hasta decir basta. Así es: la diabetes trae litros de pis consigo.

La fiesta del pis y la sed

Mucha gente se asusta cuando le mencionás que uno de los síntomas más evidentes de la diabetes es la sed. Para evitar que dejen de leer y empiecen a preguntarse cuántas veces tomaron agua hoy, voy a intentar explicar claramente cómo es esa sed: acaban de comerse un guiso pasado de sal y en lugar de tomar agua salen a correr varias vueltas a la manzana. Ahh, ya se les está secando la boca, ¿eh? Bueno, así. Esa sensación entre 4 y 5 veces solamente por la noche. Menciono ese detalle porque es de noche cuando la sensación es más notable; durante el día uno bebe sin prestarle atención y más cuando es verano y te pasás todo día como lagartija al sol. Recuerdo una noche que estuve al borde del pánico: me levanté a tomar agua y ya no quedaban más botellas. No sé qué hice, probablemente tomar de la canilla por más que fuera espantosa, sin embargo lo que tengo aún presente es la desesperación que sentí en su momento.

Y bueno, con tanta agua no puede haber menos pis. Piensen que la situación interna es esta: tenés tanta azúcar en la sangre que ya está entre almíbar y punto caramelo; como el cuerpo no te puede decir “gorda dejá de comer”, te pide agua porque es la única forma que tiene de sacarse ese exceso de encima. Si alguien hubiera probado mi pichina en esos días, la habría notado dulce. No me miren con esa cara, gracias a que alguien en algún momento de la historia la probó es que la diabetes mellitus se llama así.

Talita en Tenerife

Talita en Tenerife

El after de la pota y el agotamiento

Regresamos a Madrid, esta vez sin ningún altercado aeropuertuario, y me preparé para la última etapa de mi viaje: la peregrinación. No debo haber estado muchos días en casa, porque ya empezaba a sentirme mal: me dolía mucho la cabeza y tenía un poco de náuseas. De haber pasado más tiempo no habría llegado a viajar. Pero como yo soy tozuda antes que persona fui lo mismo, que ya se me pasaría en el trayecto.

El pueblo de mi amiga Virgi se llama Pueblonuevo del Bullaque y queda por Ciudad Real -los españoles tienen esas cosas, un día te bautizan un lugar como Villaviciosa de Odón y otro como Rio Cuarto, nunca se sabe lo que te va a tocar. La idea era hacer una caminata hasta llegar hasta una virgen y acá es donde tengo que aclarar para que no se preocupen. No, no soy devota de ningún dios popular, lo fui de pequeña y hasta de adolescente, pero ahora sólo creo en Orcos, Potuses e Inteligencias Ulteriores. Aclarado el tema, sigo. Me apunté al trayecto porque me encantan las caminatas, ya sean por campo, bosque, montaña… me da lo mismo siempre que termine toda roñosa, con el pelo seco por el polvo y la nariz colorada. Pero como ya dije en el post anterior: no llegué a verle la cara a ningún santo.

Al poco de llegar al pueblo el malestar se agravó, vomité después de cenar y vomité de madrugada cuando nos levantamos para arrancar. Yo seguía sin hacerme a la idea de no cumplir con mi propósito, así que fui de todas maneras. No tengo idea si caminé algo o no, lo único que recuerdo estando al aire libre es potar el Colacao. Probablemente en ese momento alguien más responsable se hizo cargo de mí.
La madre de Virgi me llevó primero a un médico de guardia que me diagnosticó gastroenteritis, me dio un poco de suero y me despachó diciéndome que beba mucho Aquarius. Tal vez si hubiera prestado un poco de atención a mi aliento no me habría dejado ir tan rápido, la cetoacidosis, que es lo que empieza a pasarte cuando llevas mucho tiempo con el azúcar tan alta, deja un gusto/olor muy característico a frutas en descomposición. Ese es el olor del peligro.
Una vez en la casa intenté relajarme, ya era bastante molesta la situación por la que estaba haciendo pasar a la familia de Virgi y no quería incomodar aún más. Hice lo que el médico me dijo, pero la única forma de que el Aquarius se quedara dentro era durmiendo. Y ni así. Empezó un bucle que puede haber durado horas o minutos en el que bebía, dormía, me despertaba, vomitaba, dormía, me despertaba, bebía, dormía, me despertaba, vomitaba y todo esto con el cuerpo cada vez más pesado, la respiración entrecortada y un agotamiento que nunca antes había sentido. Al final tuve que pedir que me llevaran al hospital.

En el hospital de Ciudad Real tuvieron que ir a buscarme a la entrada con silla de ruedas porque ya no podía ni caminar. Al ingresar tuve que esperar un momento mientras hacían mi registro y me hacían un análisis de orina (si la hubieran probado habría sido más rápido) y yo lo único que pedía era agua, tenía la boca como la suela de un zapato. Un enfermero al que debo haberle dado mucha pena me dijo “sólo te puedo dar esto”, era un pedacito de gasa empapado en agua.
Y fue entonces cuando ocurrió el milagro: un grupo de enfermeros y médicos salió de la nada, me rodearon, me desnudaron en un santiamén y mientras uno me zamarreaba de un hombro, una mujer me hablaba como si no hubiera mañana. Recuerdo clarito cuando me preguntó si alguien más en mi familia tenía diabetes, le dije que mi papá y entre puchero y puchero también le dije que yo no quería dejar de comer golosinas.

La resaca de las intravenosas

Estuve en terapia intensiva dos días. Tenía más agujas en el cuerpo que el pelado de Hellraiser. El médico que me había zamarreado, en realidad lo que intentaba era ponerme una vía, cosa que no debe haber tenido fácil porque a esa altura yo ya había perdido 7 kilos por la deshidratación y tenía menos carne que un hueso de pollo. También me pusieron vías en los brazos y mano, pero no sé en qué momento pasó, por lo que debo haber estado muy cerquita de perder el conocimiento (eso es lo más grave que te puede pasar, podés caer en un coma diabético y podés incluso llegar a estirar la pata). ¡Hasta una sonda tenía puesta! Eso sí que es raro de cojones, en un momento tenés ganas de hacer pis y en otro sentís alivio sin haber hecho nada. Suena a pecado.

Talita en recuperación

Talita en recuperación

Esos días fueron raros, yo ya no me sentía tan mal, o mejor dicho, me sentía notablemente mejor, sin embargo la cara que ponía mi familia al verme me hacía agradecer no tener un espejo a mano.
Al pasar a planta la recuperación fue bastante rápida, volví a ganar casi todo el peso que había perdido y poquito a poco empecé a moverme de nuevo. Al principio necesitaba ayuda para bañarme y para andar; el cuerpo me dolía como si me hubieran molido a piñas pero el médico me obligaba a caminar. La semana que pasé en planta la recuerdo casi con cariño, fue muy pacífica y nunca me sentí sola. Mi abuela y mi madre, Virgi y su familia, Ale que viajó desde Madrid, incluso Maca desde la distancia al haberme regalado La noche del oráculo, el libro que tenía que leer en ese momento, todos hicieron que la experiencia fuera menos dura. Y el yogur natural edulcorado, eso también ayudó.

Bueno amigos, hasta aquí esta segunda parte. Vendrán más, en 7 años he tenido tiempo de vivir alguna que otra aventura con mi enfermedad. Desde aprender a calcular carbohidratos hasta tener que contestar las mismas preguntas ochenta veces, desde proponerme vivir una vida sana y equilibrada hasta entender por las malas lo que las drogas le hacen a un cuerpo que no sabe regular su azúcar, desde los bolis de insulina hasta Talita la cyborg. Todo eso y mucho más.

Talita, la cyborg (I)

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Este post es el primero de la Saga Talita, la Cyborg

 

-Este viaje está gafado -dijo la bruja.

-¿Cómo que está gafado?

-Está gafado, acá algo pasa.

-…

-No sé el qué, pero algo pasa. Está gafado.

 

Ustedes ya me conocen y saben que me tomo estas cosas en serio, así que esta declaración me estuvo carcomiendo un poco la sesera. Un poco nada más, piensen que hacía ya un par de años que no viajaba a Argentina y que el viaje anterior, gracias a la combinación con mi ex, había sido un desastre; así que la frase quedó revoloteando en mi cabeza pero no me impidió disfrutar de asados, alfajores y amigos (en ese orden). La verdad fue un viaje precioso, uno no sabe lo mucho que extraña a alguien hasta que lo vuelve a tocar. Me reí muchísimo con mis amigas, me reencontré con mi mejor a amigo y el invierno me regaló un poco de nieve. Hacía 7 años que no nevaba en Río Cuarto.

Al final, el mes pasó sin ninguna catástrofe -por lo menos ninguna que valga la pena remarcar- y tocó a volver a Madrid. Viajé con mi abuela, que venía de visita por segunda vez. En la terminal, antes de tomar el colectivo a Buenos Aires (otro día les cuento lo lindo de gastar 24 horas de tu vida en transportes para llegar a tu casa), me pesé en una de esas balanzas que hay en las farmacias. Mi gorda miserable interior nunca me deja gastar la monedita que hace falta para subirse, así que seguro que me la facilitó mi papá. La curiosidad del asunto: había bajado de peso. Primero pensé que la máquina estaba mal, pero después me dije a mí misma que me habría pesado mal antes del viaje, o que simplemente tenía un metabolismo maravilloso. Todo este cuestionamiento no fue porque sí, realmente había comido como una gorrina durante el mes entero. La duda quedó ahí, no volví a pensar en eso hasta el momento pertinente.

Ya en Madrid descansamos un poco (las 24 horas de tu vida en transportes, etc) y partimos rumbo a Tenerife con la familia al completo -lease plus mi madre. Al aeropuerto parece que llegamos con lo justini, aunque si tengo que ser sincera no me acuerdo en absoluto. Lo único que sé es que nos tocó embarcar últimas o así lo procuraron los soretes de Iberia. Das Problem: el vuelo estaba lleno. Después de mucha charla con el walkie, decidieron que dos entraban y que una se quedaba afuera. Tenía que ser la jovencita, en eso estábamos todos de acuerdo (sí, yo hacía como que vale pero en realidad estaba implosionando por el estrés), así que le pedía las llaves de casa a mi mamá y, cuando estaba a punto de rajar, los soretes me indicaron que antes tenía que pasar por el mostrador de Iberia. Me recorrí la T4 de cabo a rabo no sé cuántas veces, lloraba a moco tendido por el disgusto, el cansancio y la vida en general, y puteaba a la bruja por haberse confundido de viaje. Cuando por fin me tranquilicé, di con el dichoso mostrador y expliqué lo sucedido. Quien me atendió se disculpó por la empresa y me dijo que un bus me pasaría a buscar para llevarme a un hotel donde pasaría la noche y de dónde me recogerían a la mañana siguiente para tomar el primer vuelo a Tenerife. Y para cerrar, záscate, me plantó 450 eurazos delante. Ahí se acabaron todas mis penurias y me fui calladita a esperar el bondi. Así de cochinos somos los humanos.

No me acuerdo qué hotel era, sólo sé que no he vuelto a estar en una habitación así (ya saben, hay una vida mejor pero es más cara). Cené, me duché, robé jabones y dormí como un angelito. Al día siguiente viajé fresca como una lechuga. Y bueno, por más que mi abuela y mi mamá llegaron a tiempo, tengo que decir que la que tenía los sánguches era yo, y a la hora que ellas llegaron lo único que había disponible era una máquina expendedora. Tomá bruja de mierda, te vas a gafar a tu vieja.

Así que, resumiendo, la cosa no había arrancado del todo mal. Todavía quedaban dos semanas en Tenerife y yo ya tenía prevista una peregrinación por tierras castellanas a la vuelta. No se asusten, al final no llegué a verle la cara a ningún santo, pero eso no lo van a saber sino hasta el final. Y no se preocupen, la siguiente entrega no se hará esperar tanto.

Hechos inquietantes

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– Una canción de Bisbal dice en el estribillo hemos llegado a un punto de inflexión.

– Benedict Cumberbatch se parece a la mamá de Kevin de Mi pobre angelito/ Solo en casa.

– El pepino sabe parecido a la sandía.

– Aún no se publican los últimos dos libros de la saga Una canción de hielo y fuego.

– Chuck Norris se llama Carlos.

– Hay gente que le da al me gusta a sus propias publicaciones.

– Se podría hacer un enganchadito entre este tema de Peter Gabriel:

[audio http://k007.kiwi6.com/hotlink/b2vru9jgj5/05_-_I_Grieve.mp3]

y este de Zucchero:

[audio http://k007.kiwi6.com/hotlink/qfszllkvd8/bailamorena.mp3]

– Un monumento en Madrid afirma que Perón fue paladín de la amistad argentino española.

– Hay gente a la que le gusta los gatetes en internet, mas no en la vida real.

– Cuando corres con pantalones grises parece que te has hecho pis.

¡Más canciones felices!

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Ya era hora, estarán diciendo. Pues sí, ya era hora de más canciones felices.
Esta vez un poco más físicas: si no sus movéis, estáis muertos.
¡Buen fin de semana!

1) Bendito sea Jim Henson, benditos los 80′ y, por supuesto, bendito sea David (esta va para vos, Álex):

2) Esta gente hace canciones bonitas, canciones contestatarias y, sobre todo, canciones para no estarse quieto:

3) Villa, si te gustó la nº 5 del post anterior, esta te tiene que encantar:

4) No sé quién es este señor, ni me importa. Lo único que quiero es que me cante este tema para siempre:

5) Hay quien dice que Peter escribió esta canción después de una experiencia espiritual. Y hay quien supo sacarle provecho:

6) De esta tiene la culpa Gon. Para rebotar hasta quedarse sin pantorrillas:

7) David, te queremos. Por eso te merecés otra en mi top 10:

8) Este tema es tan gay que no queda más remedio que pararse y bailarlo como tal:

9) ¿Vieron El verano de Kikujiro? Entonces también son fanses de Joe Hisaishi:

10) ¡A bailar como si no hubiera mañana!:

Auschwitz

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“Pues estuvimos en Lodz, Varsovia, Cracovia y también hicimos una excursión a Auschwitz” le cuento a todos los que me preguntan sobre los días que pasamos en Polonia. “Ay…”, dicen poniendo la misma cara que solía poner yo al escuchar sobre el campo de concentración, “duro, ¿no?”. “Pues no” les contesto yo.

 

1. Gente. Gente, gente, gente. Guías, grupos de turistas de todas las nacionalidades. Gente sacando fotos, gente haciéndose fotos. Gente sonriendo para las fotos. Gente con niños. “Mirá Ricardito, ahí mataron a seis millones de personas. Si te portás mal, te dejo acá, eh?”.

2. Bla. Bla, bla, bla. Las palabras “asesinato”, “cámara de gas”, “muerte” se repiten tantas veces que pierden su significado. Son algo abstracto, intangible, aunque estén ahí adelante. Las normalizamos. Dejamos de pensarlas. Y de sentirlas.

3. Caminamos. Caminamos sin pausa. Caminamos sin pausa y sin dejar de escuchar al sujeto que nos cuenta cosas. Cosas que ya sabemos, cosas que no. Curiosidades, cosas banales. Cosas que nos olvidaremos al dar el siguiente paso.

4. Velocidad. Lo que nos importa no importa. El timing está pensado para sacar una foto, no para detenerte en lo que te interesa. Sí, podés mirar todo. Pero de observar ni hablemos.

5. Belleza. El lugar es bonito. Es verano y el césped está verde y recién cortado. Los arbolitos generan una atmósfera agradable. Auschwitz es verde, no gris.

6. Calor. Es mediodía. El agua que llevamos en la mochila está caliente. El sudor nos resbala por las piernas. No queremos saber más nada del Holocausto. Queremos una pileta.

 

Yo esperaba un lugar tranquilo, con gente tranquila. Gente con ganas de ver, de reflexionar. Fue ingenuo de mi parte esperar tal cosa, pero también fue una verdadera sorpresa un resultado tan opuesto a mis expectativas. Me fui de ahí como llegué. Puteando por el calor. Pensando en el tipo que tenía un tatuaje de Gangnam Style en el brazo. Y preguntándome por qué carajo los turistas van a los lugares porque sí.

Cosas de las que me avergüenzo

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Le estoy agarrando el gusto a esto de las listas, porque además de pasármelo pipa cuando las hago, son un respiro. Con esto no quiero decir que escribir a veces sea un parto, lo estoy afirmando. Yo escribo no sé muy bien por qué, nadie me obliga. O tal vez sí, tal vez tenga un Garnilofante adentro que me apunta con un arma, porque si no no se explica tanta obsecuencia. En fin, que para esos momentos en que las historias se traban y los personajes andan más perdidos que chupete en el traste, nada mejor que una lista que ventile las neuronas.
Esta es más personal que las anteriores, pero como sé que ustedes son unos cotillas les va a gustar: las cosas de las que me avergüenzo. Como siempre, en estricto orden aleatorio.

1) Me avergüenzo de haber sido fanática de Rodrigo. De las que lloraban en sus conciertos y de las que cayeron en una profunda depresión cuando el muchacho estiró la pata.


2) Me avergüenzo de que me encanten los cupcakes y las tartas bonitas -espero que El Comidista no llegue nunca a leer esto-. Semejante mariconada es completamente anti-Talita.

Subo una un poco geek para que no me terminen de perder el respeto.

Subo una un poco geek para que no me terminen de perder el respeto.

3) Me avergüenzo de mis amplios desconocimientos en materia de geografía. La cosa es tal que Axel me felicita cada vez que acierto a alguna de sus trivias. La última vez se sorprendió de que supiera dónde estaba la Isla de Pascua y a qué país pertenecía. Es normal teniendo en cuenta que hasta hace poco yo confundía Austria (sí, ese lugar que está LITERALMENTE pegado al país donde actualmente resido) con Australia.

4) Me avergüenzo, no de haber sido fanática de Pokémon -porque fue una de las cosas que estableció las bases de mi frikismo- si no de haber llegado el extremo de torturar a mis amigos dibujándoselos en tarjetas de navidad.

Este no lo dibujé yo, sino un compañero de clase para pedirme disculpas por algo. Sabía lo que hacía.

Este no lo dibujé yo, sino un compañero de clase para pedirme disculpas por algo. Sabía lo que hacía.

5) Me avergüenzo de leer menos de lo que debería. Se supone que los escritores deberían leer, ¿no? Pues eso.

6) Me avergüenzo de que en algún momento de mi vida este tipo me haya parecido romántico:

7) Me avergüenzo de lo increíblemente sorete que fui con algunas que personas que no se lo merecían. Con las que se lo merecían, no.

8) Me avergüenzo del corte que pelo que tenía a los 12 años:

No es un nene, es Talita de pequeña.

No es un nene, es Talita de pequeña.

9) Me avergüenzo de que todavía me guste esta canción:

10) Me avergüenzo de dejarme obnubilar fácilmente por gente que luego me decepcionará porque no es lo maravillosamente genial que en un principio me había parecido.

11) Me avergüenzo de no haber trabajado nunca en algo que realmente me gustara (yendo acompañado en este caso el verbo trabajar con el verbo cobrar).

Mango

12) Me avergüenzo de las veces en que se me escapa la hijauniquez o el paletismo, siendo estos los momentos en que me como todo el paquete de galletitas sin dejarle ni una a Axel o cuando repito como un loro algo que escuché sin pararme a pensar en lo que estoy diciendo.

Así y todo, no me avergüenzo de cosas tales como:

1) Lo machona que era cuando era chica (remitirse a la foto del punto 9). La femineidad no es lo mío.

2) Lo mersa que es la música de los ’80 y el amor incondicional que le profeso.


3) El quilombo que es generalmente mi casa, mi habitación, mi cocina y mí misma.

4) Lo insoportable que soy con los gatitos y lo insoportable que voy a ser con los perritos cuando tenga uno.

Con el gatito que más insoportable soy: Guzmán el Bueno.

Con el gatito que más insoportable soy: Guzmán el Bueno.

 

Y ustedes, sabandijas, ¿de qué se avergüenzan?

Memoires

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Entre tanto borrador incompleto y búsqueda absurda de inspiración se me ocurrió escribir sobre mi ciudad de origen. Hablando mal y pronto Rio Cuarto me parece una cagada, así que quise ampliar mi espectro revolviendo entre mis antiguos diarios íntimos. Se podría decir que hasta ahora la hazaña ha dado buenos resultados, ya que me ha hecho recordar momentos entrañables de mi historia. He repasado mi vida entre los años ’96 y ’98 y ha sido muy bonito. Pero como la ciudad me sigue pareciendo una cagada, he decidido hacer un análisis más concienzudo y escribir sobre ella más adelante. Tampoco es cuestión.

Así que aprovecharé esta pequeña entrada (que sólo subo para que estén al tanto de que no estiré la pata) para citarme a mis tiernos trece años. El año es el ’97 y las frases las copiaré textualmente, porque hasta los errores ortográficos me parecen adorables.

 

Cita 1:

“Me estoy olvidando de una cosa muy graciosa. Hace como dos días tuve un sueño que se trataba de Joaquín (corazón). Resulta que en un armario había libros y yo lo abrí y saqué un diario íntimo, y era de Joaquín (corazón). Yo tenía la llave entonces lo leí. Cuando se enteró se largó a llorar y yo le decía ‘por favor perdoname’, entonces lo abrazé y traté de consolarlo y paró de llorar.

Y me desperté.

¿No es estúpido?”

 
Cita 2:

“Ayer vino Jose a la casa de mi papá y jugamos un rato largo. Se enojó porque me preguntó de que hablo con la Guada y yo le dije que de chicos, pero no fue por eso, fue porque yo le dije que  con ella no se hablar de eso, ya que no le gusta nadie. Hablamos un rato del tema pero se cansa rápido, yo no me canso nunca de hablar de potros¹.”

 

Cita 3: 

“El Bruno no creo que guste de mí porque siempre viene con migo cuando tengo comida.”

 

Cita 4:

“Después comimos salchichas, huevo, mandarina y bombones.”

 

Cita 5:

“A MI CRITERIO, AQUÍ EMPIEZA MI ADOLESCENCIA².”

 

Cita 6:

“Te cuento que estoy muy confunsa, porque creo que me acordé de Santi y de lo que sentía por él. […] Jugamos al football y al cinco pega, cuando me di cuenta de que había alguien, su nombre, Mati, idéntico a Santi. ¿Por qué? Ahora no sé que hacer.

Primero era Pablo, después Pablo y Mauri y ahora ¿será que todo comenzó de nuevo? ¿Será que me gusta Santi? Tengo que pensar esto muy seriamente. […] Ya tomé una decisión voy a gustar de Mauri y voy a tratar de olvidarme de (sobretodo) Santi.”

 
 

Ya habrá tiempo para hablar de Rio IV.
Bis dann! :)

 
 

¹Potro: Buen mozo, atractivo. Macizorro.

²Escrito a posteriori en el margen superior izquierdo de una página.

Monstruos reales

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Hace un tiempo que pienso y repienso en el caso de Marita Verón. Más allá del horror de la situación en general (la trata, los secuestros, la mafia en la política y los juzgados y un largo etcétera) hay algo que no me puedo sacar de la cabeza: la mitad de los acusados son mujeres. ¡Mujeres! Mujeres que podrían ser o haber sido víctimas de la trata -de hecho creo que una de ellas lo fue-, mujeres que tienen como yo un útero, un par de ovarios y de trompas de Falopio; esos órganos que nos diferencian del hombre y que nos convierten sumado a otras cosas en el sexo débil, las víctimas de este tipo de negocios.

El caso es que pienso en estos seres que contra toda naturaleza se dedican a raptar, vejar, esclavizar y demás verbos del estilo que puedan imaginarse para vivir como reyes; y lo que yo me pregunto es: ¿no existe en esta gente un atisbo de sentimiento, un algo que les cuestione en su fuero interno lo que están haciendo? Ahora mismo estoy leyendo “Crimen y castigo” y la lucha interior por la que atraviesa el pobre Raskolnikov te hacen sentir hasta lástima por él. Eso, pobre Raskolnikov, uno siente empatía. Pero estos de quienes hablo parecen carecer de eso que las personas normales (o las personas como yo, que uno ya empieza a cuestionarse que es lo normal en esta sociedad) tienen: conciencia. Parece como si se hubieran despojado de ella en los años más tempranos de su vida, cosa que tal vez sea cierta pues la manera en la que me han educado a mí tiene que ser rotundamente diferente a la de estos tipos. Supongamos que de chicos los molieron a palos, o que desde siempre lo normal para ellos fuera estar rodeados de gente sometida a sus deseos, o que la única meta que les pusieron entre ceja y ceja es ir detrás del poder a cualquier costo. Pueden existir mil razones, pero yo sigo preguntándome lo mismo: ¿tan pisoteada está esa noción del otro para que actúen de la manera en que lo hacen? Y digo del otro, de aquél que es ajeno a mí, porque como todo el mundo sabe, Hitler quería mucho a su perro. El otro, LA otra; esa mujer que tiene en las entrañas lo mismo que yo y lo mismo que las acusadas.

 Algo tiene que haberse perdido en el camino. Y lo más terrible es que eso de lo que carecen, es lo que a mi criterio nos hace personas. Bajo ese razonamiento pues, debería dejar de indagar, ya que la respuesta está clara. Esos seres no son personas. Esas no son mujeres.