Archivos Mensuales: enero 2013

Siete (Parte V)

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Cinco

 

—Todavía nos faltan los prospectos —dijo Oni revisando sus anotaciones.

Martita se había dormido a los pies de Juan, que ahora tomaba un té con leche. Oni anotaba y escribía cosas sentado en un sillón de mimbre.

—Yo ya estoy en eso —dijo Nené llegando—. Tengo a la 12 a cargo.

—¿La 12 sabe? —preguntó Oni sorprendido.

—La 12 sabe todo, es nuestro contacto interno. Sin ella…

—¡Y yo que pensaba que era una botona!

—Las cosas no siempre son lo que parecen, querido.

—Bueno, entonces ella se ocupa de los prospectos —intervino Juan—. ¿Va a venir también a la reunión?

—No, no. Ella se ocupa de la logística nomás, que si la llegan a agarrar con las manos en la masa se le acaban los privilegios. ¿A qué hora arrancamos? —preguntó sentándose en un sillón que quedaba libre.

—La hora prevista es la una —contestó Oni— pero puede variar según la emoción con que empinen el codo, así que hay que estar atentos a los mensajes cifrados.

—¿Mensajes cifrados? —preguntó Nené achinando los ojos.

—Los golpecitos en la pared —dijo Juan después de un sorbo.

—Ah.

Alfredo volvió, pero con la jaula y Roberto dentro de ella.

—¿Qué pasó? —preguntó Juan un poco desconcertado— ¿No habían quedado en que no más jaula?

—Sí, pero mirá —dijo Alfredo abriendo la puertita y apoyando la jaula en el suelo. Roberto salió, husmeó a Martita y a los troncos que estaban al lado de la chimenea, y apenas sintió el calor del fuego cerca frunció el hocico y volvió presto a su jaula. Se acomodó en su cucha, predisponiéndose a dormir, cuando Alfredo hizo el ademán de trabar la puerta. De inmediato Roberto levantó la cabeza e irguió las orejas, deteniendo así el amague de Alfredo.

—¿Ven? Necesita creer que es libre, ¡como la gente! —dijo Alfredo satisfecho.

—A veces yo no sé si vos sos o te hacés —dijo Oni después de reflexionar un momento.

—¡Oni! —lo retó Nené.

—¡Pero si es verdad!

—¿Usté no puede escribir solo o se hace?

—¿Cómo me voy a hacer? Si…

—¡Entonces chitón!

—Perdón —dijo bajando la cabeza.

Nené le guiñó un ojo a Alfredo y se levantó.

—Me voy a hacer unos mates, que esa chanchada que está tomando Juan me dejó mal cuerpo.

—¡Ah, Nené! —gritó Alfredo—. Dice la 12 que te dejó el chalcito que le pediste en tu pieza.

Fin parte cinco

 

Monstruos reales

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Hace un tiempo que pienso y repienso en el caso de Marita Verón. Más allá del horror de la situación en general (la trata, los secuestros, la mafia en la política y los juzgados y un largo etcétera) hay algo que no me puedo sacar de la cabeza: la mitad de los acusados son mujeres. ¡Mujeres! Mujeres que podrían ser o haber sido víctimas de la trata -de hecho creo que una de ellas lo fue-, mujeres que tienen como yo un útero, un par de ovarios y de trompas de Falopio; esos órganos que nos diferencian del hombre y que nos convierten sumado a otras cosas en el sexo débil, las víctimas de este tipo de negocios.

El caso es que pienso en estos seres que contra toda naturaleza se dedican a raptar, vejar, esclavizar y demás verbos del estilo que puedan imaginarse para vivir como reyes; y lo que yo me pregunto es: ¿no existe en esta gente un atisbo de sentimiento, un algo que les cuestione en su fuero interno lo que están haciendo? Ahora mismo estoy leyendo “Crimen y castigo” y la lucha interior por la que atraviesa el pobre Raskolnikov te hacen sentir hasta lástima por él. Eso, pobre Raskolnikov, uno siente empatía. Pero estos de quienes hablo parecen carecer de eso que las personas normales (o las personas como yo, que uno ya empieza a cuestionarse que es lo normal en esta sociedad) tienen: conciencia. Parece como si se hubieran despojado de ella en los años más tempranos de su vida, cosa que tal vez sea cierta pues la manera en la que me han educado a mí tiene que ser rotundamente diferente a la de estos tipos. Supongamos que de chicos los molieron a palos, o que desde siempre lo normal para ellos fuera estar rodeados de gente sometida a sus deseos, o que la única meta que les pusieron entre ceja y ceja es ir detrás del poder a cualquier costo. Pueden existir mil razones, pero yo sigo preguntándome lo mismo: ¿tan pisoteada está esa noción del otro para que actúen de la manera en que lo hacen? Y digo del otro, de aquél que es ajeno a mí, porque como todo el mundo sabe, Hitler quería mucho a su perro. El otro, LA otra; esa mujer que tiene en las entrañas lo mismo que yo y lo mismo que las acusadas.

 Algo tiene que haberse perdido en el camino. Y lo más terrible es que eso de lo que carecen, es lo que a mi criterio nos hace personas. Bajo ese razonamiento pues, debería dejar de indagar, ya que la respuesta está clara. Esos seres no son personas. Esas no son mujeres.

Siete (Parte IV)

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Cuatro

Después del almuerzo, mientras cada uno recogía su plato, Alfredo se dedicaba a juntar los restos de ensalada que quedaban en los boles.

—El bol después me lo devuelve, eh —dijo la 12 mirándolo seria.
—Por supuesto —contestó Alfredo ofendido—, ¿cuándo ha sido la vez que no se lo devolví?
—Por las dudas. Que acá hay mucho chorro —contestó la 12 dándose vuelta y yendo hacia a la cocina.
—Pff. Loca —dijo Alfredo por lo bajo mientras seguía juntando lechugas.

Apenas terminó, salió ensalada en mano a buscar a Roberto que, naturalmente, se le había escapado en el patio. Juan le había dicho que era culpa suya, que no podía soltar al animal y después pretender que volviera cuando a él se le antojara. A lo mejor tenía razón, a lo mejor era Roberto el que debía decidir cuándo regresar.

 
Sos como el fuego, por donde pasás dejás tu rastro, tu marca. Mientras las llamas avanzan lentas, masticando despacio la madera, saboreándola antes de convertirla en carbón y luego en ceniza, vos te tragás la nada que ocurre en cada habitación de este lugarcito de mierda. Subís por las paredes y desaparecés esta triste pintura a la cal, la volvés rojos y naranjas intermitentes, que cuando saltan más allá y se mezclan con las mesas y las sillas se tornan azules y verdes, y cuando llegan a nosotros nos vuelve plenos, sin necesidad de nada más que nosotros mismos.
 

—¿Estás bien? —preguntó Juan. Martita, sentada en el suelo frente a la chimenea, asintió sin quitar la vista del fuego. Juan se sentó a su lado, sintiendo crujir sus rodillas.

 
Invadís todos los rincones capaces de ser alcanzados y destruís con una maravillosa e hipnótica danza todo lo que hemos sido alguna vez. Hasta que al final consiguen dominarte, aplacarte con pastillas y palabras vacías. Te atontan, hasta que consiguen controlarte, meterte adentro de una chimenea. Pero vos no te vas tan fácil. Dejás tu huella, una quemadura que arde todo el tiempo recordándome que estás, que seguís estando y que siempre vas a estar. Una herida dolorosa, pero tan necesaria…
 

—Es como vos —dijo Juan señalando las llamas con un gesto—, peligroso cuando está fuera de control.

Martita sonrió.

—¡Juan! —gritó Alfredo entrando — ¡Tenías razón!

Emocionado, Alfredo empezó a contarles cómo había pensado en lo que Juan le había dicho, eso de que no podía ser que Roberto tuviera que volver siempre que él quisiera y se dio cuenta de que Roberto, como todos ellos, tiene sus necesidades, y que por ahí le daban ganas de quedarse en el patio tomando solcito o comiendo pasto, que era algo que también le gustaba mucho. Entonces lo que él había hecho había sido sentarse en el escalón de la galería a esperar con la ensalada, sin llamarlo ni nada y que a los veinte minutos más o menos ahí se había presentado el solito, -seguro que porque ya le había empezado a picar el bagre, porque el pasto será muy rico pero no llena. Se había acercado despacito, olfateando el aire y midiendo terreno, pero no terminaba de llegar nunca o con cualquier movimiento daba un respingo y reculaba; entonces Alfredo se dio cuenta, fijate vos, de que con lo que el bicho no quería saber nada era con la jaula -con lo linda que se la tengo siempre-, entonces lo que había hecho fue, despacio para que no saliera disparado, cerrar la puertita de la jaula, levantarse y llevarla adentro, todo esto con Roberto mirando sin entender muy bien qué pasaba, a medio camino entre quedarse ahí y salir rajando. Entonces Alfredo se sentó de nuevo en el escalón de la galería con la ensalada adelante, y cuando Roberto empezó a acercarse, todavía husmeando pero con más confianza, le empezó a contar el menú para que al escuchar las cosas que le gustan terminara de decidirse: hoy tenemos lechuga, por supuesto, tomate, zanahoria, huevo –pero si querés se lo sacamos, la cebolla ya se la saqué- y la novedad es el rabanito: no lo probaste nunca pero creo que te va a gustar, es medio picantito, dijo mientras Roberto ya metía el hocico en el bol y separaba lo que más le gustaba de lo que menos, siempre echándole un ojo a Alfredo que no hacía más que estarse quieto esperando. Así hasta que terminó de comer y Alfredo le explicó la situación: a partir de ahora no iba a haber más traba en la jaula -pero esperaba que la siguiera usando porque la había decorado especialmente para él- y podía andar por el patio todo el tiempo que quisiera -pero esperaba que no volviera muy tarde porque si no iba a preocuparse. Parecía que a Roberto le había gustado la idea porque se puso en dos patitas, lo miró un poco de costado y se fue a perseguir un bichito que había por ahí revoloteando. Y ahora si lo disculpaban Alfredo tenía que devolverle el bol a la 12, porque si no después andaba diciendo que acá somos todos chorros, habrase visto.
 

Alfredo es como una brisa suave que aplaca el ardor. Tal vez el alivio esté en ellos.
 

Fin parte cuatro