Archivos Mensuales: noviembre 2012

Wenn ich ein Monster wäre

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Les presento mi primer cortito en alemán. Fue un trabajo de clase, no es el primer escrito que hago, pero creo que sí el más interesante (una carta preguntando por un piso o quejándome a la seguridad social no tiene mucho glamour).
Va primero en V.O. (para que los que lo entienden se rían de mi nivel y para que los que no, se asombren de mis conocimientos) y más abajo traducido.

 

Salut!

 

Wenn ich ein Monster wäre

Wenn ich ein Monster wäre, hätte ich wenigstens achtzehn Augen, blaues Fell und schwartze Füße. Könnte ich nackt herumlaufen und Kiloweise Schokolade essen. Würde ich die Eltern erschrecken (weil die Kinder schon zu viele Sorgen haben) und die ganze Nacht unter ihrem Bett wach bleiben, um auf den richtigen Moment zu warten. >:( Hätte ich ein großes Haus in einem großen LKW, den ich ohne Führerschein fahren würde, und niemand könnte etwas sagen, weil, wie die ganze Welt weiß, Monster den schlechtesten Humor haben. Und ich wäre sehr glücklich. :)

 

 
Si yo fuera un monstruo

Si yo fuera un monstruo, tendría por lo menos dieciocho ojos, pelaje azul y patas negras. Podría andar desnuda y comer kilos de chocolate. Asustaría a los padres (porque los nenes ya tienen demasiadas preocupaciones) y me quedaría despierto toda la noche bajo sus camas  esperando el momento adecuado. >:( Tendría una gran casa en un gran camión que manejaría sin carnet, y nadie me podría decir nada porque, como todo el mundo sabe, los montruos tienen muy mal humor. Y sería muy feliz. :)

 

Siete (Parte III)

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Tres

Una vez que tranquilizó a Martita, Juan volvió con Oni y Nené. Los dos estaban muy silenciosos: Oni se hacía el que escribía y cada tanto miraba de reojo a Nené que no sólo no lo miraba sino que además le ponía cara de culo al horizonte.

—¿Y ahora qué les pasa a ustedes, eh? —preguntó Juan claramente podrido de lidiar con malos humores.

—Nada —dijo Oni.

—¡Me amenazó con cortarme la mano si le leía la libretita, eso pasa! —espetó Nené de sopetón.

—Exagerada —dijo Oni.

—¿Dijiste o no dijiste? ¿Eh? ¿Eh?

—¡Chitón! —gritó Juan — Se me callan los dos. Usted —señalando a Oni—: se me pone a escribir. Usted —señalando a Nené—: calienta la pava que esto está más fiero que pegarle a una madre.

Sin agregar bocadillo ambos se pusieron a las tareas asignadas. Nené fue a la cocina a arreglar el mate y comer algún bizcochito, que encularse le daba angustia oral, y Oni agarró el lápiz y, después de un infructuoso intento de escribir, se quedó mirando a Juan como perro con hambre.

—¿Ya estamos? —dijo Juan.

—Dale, si ya sabés. La primera frase nomás, después yo me arreglo solito.

—Somos pocos y nos conocemos mucho.

—¿Me estás llamando mentiroso?

—Exacto.

—¡Pero qué barbaridad! —exclamó escandalizado.

—Dale, dejate de hacer el artista y escribí:

Oni, raudo y decidido, tomó de nuevo el lapicito y escribió.

—“Estás en un mercado, esperando a tu abuela que te ha dejado comprando tomates. Tú has decidido pelarlos mientras esperas, previendo la salsa que harán al llegar a casa” —dijo Juan.

—“La esperas, mas no aparece —continuó Oni—. Decides, pues, buscarla, recorrer el mercado cuan ancho es. Avanzas con los tomates pelados en una bolsa, a la par que piensas que se espachurrarán en cuanto los metas en la mochila que no llevas.”

—“Entonces la ves, de espaldas con su pelo corto, tal vez recién teñido, tal vez recién cortado. Le dices que ya es hora, que han de hacer la cola para pagar y marcharse, y le das los tomates.”

—“Se ubican en la fila detrás de un par de jóvenes. Uno es alto y apuesto, el otro bajito y grueso. Los jóvenes coquetean con ambas, no se amedrentan frente a vuestra edad, la una muy escasa y la otra muy avanzada. Tú no entiendes de qué se trata, pero presientes la inquietud de tu abuela, que ríe al principio nerviosa y que acaba resolviendo la situación con un estruendoso pedo.”

En el preciso instante en que Oni terminaba de decir —y escribir— esta frase, Nené llegaba masticando un bizcocho con la pava caliente. Al escuchar la palabra pedo no pudo evitar reírse y escupir las migas que aún no había tragado. Juan, también sonriendo, le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio.

—“Estupefacta y bajo la mirada de todo el mercado, tardas un momento en reaccionar —continuó Oni—. Miras los ojos enormes de los espectadores, el rubor de tu abuela que va en aumento, los muchachos que están ante vosotras. Entonces una sonora carcajada estalla en tu boca, expandiéndose por todo el lugar, contagiando a todos y cada uno de los presentes, con excepción de tu abuela que está aún más avergonzada si cabe. Intentas contenerte, pues no admites que ella pase por esa situación, pero es inútil: no puedes parar de reír. Es en ese momento cuando te percatas de que el joven bajo y grueso no está riendo como los demás. De hecho está muy serio y os mira fijo, sin desviar la vista siquiera hacia su compañero que está desternillándose en el suelo.”

Después de esta seguidilla de caracteres escupidos a toda velocidad en su libretita, Oni se detuvo en seco y se quedó paralizado mirando al frente. Nené, que estaba en plena cebada, se percató en seguida de la abrupta pausa y le dio un codazo a Juan quien captó automáticamente el conciso mensaje.

—“El gordito avanza fascinado hacia ustedes” —soltó Juan sin mucha alharaca.

Nené lo miró reprobatoria y Juan le hizo un gesto de “¿y qué querés que le haga?”, alegando a la falta de tiempo su poca exactitud.

—Sí… —dijo Oni recuperando el hilo y volviendo a poner la vista en su libreta —. “Un haz de luz parece entrar por la claraboya e iluminarlo directamente, mientras recorre los pasos que os separan con una fascinación inquietante. Él no te mira a ti, él mira a tu abuela. Y tu abuela le devuelve la mirada. Ambos ya están a una distancia ínfima y tú has dejado de reír. Los miras pero ellos no te ven. Él toma a tu abuela con delicadeza por el cuello y rompe el espacio que los separa con un beso. La besa en los labios y, en ese mismo instante, el haz de luz explosiona dejando ante tu vista sólo una bolsa de tomates espachurrados.”

Apenas terminó de escribir, Oni levantó la vista hacia Juan y Nené.

—¿Y? —preguntó— ¿Qué tal?

Los dos estaban boquiabiertos y con los ojos como el dos de oros. Oni sonrió satisfecho.

Fin parte Tres

Interludio

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—¡Oiga! ¡Oiga! ¡Que la carpa es mía! ¡¡Señor!!

—Disculpe usted, buen hombre. No le escuchaba.

—Ya, ya; normal. No pasa nada.

—¿Me decía?

—Que la carpa es mía.

—¿Esto?

—Sí, eso. Es una carpa. O tienda de campaña, como más le guste.

—Vaya. Menuda confusión. Pensé que era una casa.

—Bueno, es un tipo de casa. Para cuando se va de viaje o de excursión. Pero en cualquier caso… es mía.

—Claro, faltaría más. Aquí se la dejo donde estaba. Disculpe usted.

—Nada, nada. Oiga… ¿le puedo hacer una sugerencia?

—Por supuesto.

—Antes de llevarse cualquier cosa, fíjese  en la capa.

—¿De polvo?

—No hombre, no. De olvido. Si es muy fina déjela donde está, que hay mucha gente con mala memoria.

—Muchas gracias, buen hombre, lo tendré en cuenta. Un consejo útil y además gratuito. Debería haber más hombres como usted.

—Hay, hay; sólo hay que escarbar un poco.

—Que tenga usted una buena tarde.

—Igualmente, vaya por la sombra.

 

—¡Ah, oiga! ¡¡Señor!!

—Dígame, buen hombre.

—Los monumentos los dejaría donde están, sea como sea la capa. En general pertenecen a las palomas, un grupo étnico con el que no me metería.

—Gracias nuevamente.

—Ni falta que hace.