Siete (Parte I)

Estándar

Uno

El otoño recién llegaba al Centro, dispuesto a compartir sus días cálidos y soleados de mate en el patio. Nené estaba en la puerta de su habitación cebándose los primeros. Llevaba un vestido de franela floreado, medias color carne, un chal tejido a mano y pantuflas.

—¿Y usté piensa salir así? —Preguntó la 12 parando la lustradora—. Mire que está fresco.

—A mí lo que me mantiene caliente es esto —contestó Nené enseñándole su mate—, deme un buen mate que le sobrevivo en calzones a menos veinte.

—Si usté lo dice —dijo la 12 poniendo otra vez en macha la lustradora—. La andaba buscando Alfredo, creo que perdió al animalito. De nuevo.

Nené suspiró y fue arrastrando los pies hacia la cocina. Le encantaba arrastrar los pies cuando el suelo estaba recién encerado, le recordaba a cuando era chica y la llevaban a la casa de sus tías, donde para entrar tenía que usar los patines. Le fascinaban esos dos rectángulos de tela que sus primas detestaban; cada vez que se tropezaba o resbalaba sentía el peligro de caer en el pantano atestado de cocodrilos que reposaba debajo de esos objetos indestructibles.

Antes de llegar a destino el llamado de Alfredo la detuvo a mitad del pasillo.

—¡Nené! ¡Nené!—Gritaba acercándose con pasos cortos y apretados—. Por fin te encuentro.

—Ya sé —dijo Nené extendiéndole un mate—, perdiste a Roberto otra vez.

—No, no —dijo tomándose el mate—. Es para informarte que esta noche hay reunión —dijo bajando la voz—, parece que llegó una damajuana de improvisto, así que tenemos vía libre una vez que se la terminen.

—¿Ya lo saben todos? —preguntó Nené mirando por la ventana del pasillo.

Martita estaba sentada en uno de los bancos de concreto gesticulando y moviendo frenéticamente los brazos, mientras Juan y Oni estaban en sus respectivas reposeras tomando sol. Oni cada tanto se erguía para apuntar algo en su libreta, Juan acariciaba un gatito negro que tenía en el regazo.

—Sí: Juan lleva el libro, Oni la libretita, el lápiz y las chapitas…

—¿Las chapitas? —dijo Nené girándose de sopetón.

—Sí, hoy le toca presidir —dijo Alfredo devolviéndole el mate—. Martita lleva las velas, a vos te toca el mantelito y yo llevo a Roberto y a mí mismo.

—¿Pero para qué lo llevás a Roberto? Ya bastante vamos a tener con las chapitas…

—No te preocupes que reforcé la jaula, me ayudó Juan. Además ya sabés que si no lo llevo llora.

—Llora, sí —dijo Nené tomando a Alfredo del hombro y llevándolo hacia afuera—. Otro que no sabe estar solo.

La 12 seguía lustrando el suelo del comedor mientras algunos terminaban de desayunar. Las baldosas color bordeaux recuperaban su brillo tras su paso y ella sonreía satisfecha. Afuera el sol también relucía.

Fin parte Uno

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