Archivos Mensuales: octubre 2012

Siete (Parte II)

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Dos

 
¿Por qué no puede ser? Si yo te siento, te siento acá, al lado mío. No te toco pero te veo ahí, reflejada en ese charco que dejó la lluvia. Te huelo en las hojas y en el pasto húmedo, te respiro todo el tiempo. Estás en mis pulmones, en mi sangre. Corriendo de arriba abajo, en la catarata enloquecida que hace que me despierte cada día y camine y hable y piense.

 
—¿Y a ésta qué bicho le picó? —preguntó Nené alcanzándole el mate a Juan. El gatito que tenía en la falda olfateó la yerba y salió disparado como alma que lleva el diablo.

—Lo de siempre —contestó Juan.

—Será testaruda —dijo Nené meneando la cabeza.

—Testaruda —repitió Oni anotando la palabra en su libreta—. Te hubiera ido mejor “porfiada” —le dijo a Nené entrecerrando los ojos—. Sí. Nené definitivamente hubiera dicho “porfiada” en lugar de “testaruda”; aunque hay que reconocer que la palabra tiene su mérito.

Nené reflexionó un momento y le dio la razón. —Será porfiada —dijo.

—¿Y Roberto? —le preguntó Juan a Alfredo.

—En la pieza —contestó Alfredo.

—¿Por qué no lo traés? ¿No le gusta el sol?

—Mmmsé —dijo Alfredo—, pero es que si se me escapa acá afuera me cuesta más cacharlo.

—Andá a traerlo, hacé el favor, que con el arreglo que le hicimos a la jaula es imposible que salga —dijo Juan.

Al escuchar la palabra jaula, Oni tuvo una especie de revelación y se puso a escribir a toda velocidad. Escribió sobre la angustia del encierro entre paredes invisibles, sobre la falsa sensación de libertad, sobre la vana necesidad de límites para sentir que se tiene control sobre algo, sobre la impotencia de la insignificancia del ser humano. Cuando Nené le pasó el mate aspiró el vapor que salía de la calabaza y que le entibiaba la nariz. Dio un sorbo, cerró los ojos un momento y al volver a abrirlos escribió con letras grandes: Orgullo de palito y verde. Tachó todo lo que había escrito antes, dibujó un mate con carita y volvió a empezar.

—¿Alguna novedad? —Preguntó Nené en cuanto Alfredo se fue.

—No mucho —respondió Juan—. Tengo el Vademécum que me consiguió mi hermana pero todavía no lo hojeé. Esta noche lo miramos entre los dos, ¿te parece?

—Ay querido, pero sabés que a la noche yo no veo nada —dijo Nené.

—No te preocupes que yo te leo —dijo Juan levantando la vista hacia donde estaba sentada Martita—. ¿Cómo la ves? —dijo señalándola con la cabeza.

—Si sigue intentando entenderse se va a volver loca de verdad —dijo sacándose un pañuelo de la manga y dándoselo a Juan—; andá vos que tenés más empatía.

 
A veces no te encuentro con los ojos, pero te siento empujar, salirte de mi boca con alguna frase punzante que hace silenciar a todos. Porque ellos también te saben, te reconocen. Y te escuchan. Porque decís y hacés con tino. Ellos, que te no ven, te escuchan. Siempre.

 
—Empatía —repitió Oni parando de escribir de repente.

—Tenés que concentrarte, nene —le dijo Nené —. A ese ritmo no vas a terminar ni una sola cosa.

—Ni concentrado, ni sincentrado —dijo Oni—. Sin Juan soy incapaz de hilar nada.

—¿Puedo? —preguntó Nené estirando una mano hacia la libretita.

—Intentalo y te la corto —dijo Oni  deteniendo automáticamente el amago de Nené.

 
Sos. Yo sé que sos.

Fin parte Dos

Siete (Parte I)

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Uno

El otoño recién llegaba al Centro, dispuesto a compartir sus días cálidos y soleados de mate en el patio. Nené estaba en la puerta de su habitación cebándose los primeros. Llevaba un vestido de franela floreado, medias color carne, un chal tejido a mano y pantuflas.

—¿Y usté piensa salir así? —Preguntó la 12 parando la lustradora—. Mire que está fresco.

—A mí lo que me mantiene caliente es esto —contestó Nené enseñándole su mate—, deme un buen mate que le sobrevivo en calzones a menos veinte.

—Si usté lo dice —dijo la 12 poniendo otra vez en macha la lustradora—. La andaba buscando Alfredo, creo que perdió al animalito. De nuevo.

Nené suspiró y fue arrastrando los pies hacia la cocina. Le encantaba arrastrar los pies cuando el suelo estaba recién encerado, le recordaba a cuando era chica y la llevaban a la casa de sus tías, donde para entrar tenía que usar los patines. Le fascinaban esos dos rectángulos de tela que sus primas detestaban; cada vez que se tropezaba o resbalaba sentía el peligro de caer en el pantano atestado de cocodrilos que reposaba debajo de esos objetos indestructibles.

Antes de llegar a destino el llamado de Alfredo la detuvo a mitad del pasillo.

—¡Nené! ¡Nené!—Gritaba acercándose con pasos cortos y apretados—. Por fin te encuentro.

—Ya sé —dijo Nené extendiéndole un mate—, perdiste a Roberto otra vez.

—No, no —dijo tomándose el mate—. Es para informarte que esta noche hay reunión —dijo bajando la voz—, parece que llegó una damajuana de improvisto, así que tenemos vía libre una vez que se la terminen.

—¿Ya lo saben todos? —preguntó Nené mirando por la ventana del pasillo.

Martita estaba sentada en uno de los bancos de concreto gesticulando y moviendo frenéticamente los brazos, mientras Juan y Oni estaban en sus respectivas reposeras tomando sol. Oni cada tanto se erguía para apuntar algo en su libreta, Juan acariciaba un gatito negro que tenía en el regazo.

—Sí: Juan lleva el libro, Oni la libretita, el lápiz y las chapitas…

—¿Las chapitas? —dijo Nené girándose de sopetón.

—Sí, hoy le toca presidir —dijo Alfredo devolviéndole el mate—. Martita lleva las velas, a vos te toca el mantelito y yo llevo a Roberto y a mí mismo.

—¿Pero para qué lo llevás a Roberto? Ya bastante vamos a tener con las chapitas…

—No te preocupes que reforcé la jaula, me ayudó Juan. Además ya sabés que si no lo llevo llora.

—Llora, sí —dijo Nené tomando a Alfredo del hombro y llevándolo hacia afuera—. Otro que no sabe estar solo.

La 12 seguía lustrando el suelo del comedor mientras algunos terminaban de desayunar. Las baldosas color bordeaux recuperaban su brillo tras su paso y ella sonreía satisfecha. Afuera el sol también relucía.

Fin parte Uno