Archivos Mensuales: mayo 2012

Charlas con mis personajes II

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―¿Por qué ahora me dicen Oni?

―Porque me gusta más que Bicho.

―Antes te gustaba Bicho.

―Antes era más chica.

―Me cambiás el nombre pero la historia la dejás igual.

―No está igual. Tiene otros matices.

―Pero la esencia es la misma.

―Sí.

―¡Entonces por qué me cambiás el nombre!

―¡Porque yo no soy la misma! ¿No ves que los otros también se llaman distinto?

―Sí, pero…

―Y van a cambiar más cosas, no solamente tu nombre.

―No me gustan los cambios.

―Lo sé. Pero vas seguir teniendo tu lápiz y tu anotador.

―¿Y las historias?

―Te siguen gustando las historias. Y vas a seguir siendo un excelente narrador y co-escritor.

―¿Y Juan?

―Seguís siendo su mano derecha.

―Y se llama Juan.

―Ehh… Sí.

―Claro.

―¿Qué?

―No nada. Parece que tenemos favoritismos.

―Pff… no son favoritismos.

―¿Ah no? ¿Eso también tiene otro nombre ahora?

―Mirá, para que lo entiendas: tu nombre tiene la misma esencia, lo que dijiste vos antes.

―Bla, bla, bla…

―Escuchame un poco, ¿querés?

―…

―Gracias.  ”Oni” es el diminutivo de oniscidea.

―…

―¡Es el nombre científico de bicho bolita!

―¡No!

―Te lo juro.

―Pero la pucha, me lo decías antes y me ahorrabas el disgusto.

―¿Ves que no era para tanto?

―No, no. Pero igual… Oni es un poco gay, ¿no te parece?

―Es que sos un poco gay.

―¡¿Cómo?!

―Y sí, Juan y vos…

―¡¿Juan?!

―…

―¿Me estás hablando en serio?

―Na, mentirita.

―Pero, pero… ¿vos me querés matar, loca?

―Era un chiste che, no es para tanto.

―Ay, dios mío.

―Bueno, a lo que vamos: Oni es el nombre, te suene a gay o no. A mí me parece tierno a la par que pro, te va perfecto.

― Mpfsé.

―Si llego a saber que te ponías así…

―¿Me das mi libretita por favor?

―No te enojes Oni…

―Y el lapicito.

―…

―Y si no te importa, decime Bicho. Después escribí el nombre que quieras, pero en la intimidad prefiero Bicho.

―Bueno, Bicho.

―Gracias.

―De nada.

―Ahora dejame solo. Necesito co-escribir un rato.

―¿No querés co-escribir conmigo?

―No. Con Oni me alcanza y sobra.

―…

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Sala de espera

Estándar

 

Escribí esto hace un tiempo casi de un tirón y siempre que lo intento pulir se me pone cara de naipe (o de gilipollas). No sé si será algo inconsciente en plan “pff, esto no tiene arreglo” o  en plan “no lo lo toques que lo arruinás!”. Así que sin poder hacer otra cosa, lo publico tal cual, en crudencio. Ustedes dirán amigos.—————————————————————————————————————–

 

Wartezimmer (original title)

 

Hoy tuve que ir a hacer unos trámites que me pidió la abogada. Necesito no sé qué papel para que haga no sé que cosa.

El lugar es espantoso: varias sillas con un par de mesas en el centro y otra mesa encajada en una esquina. Esta última con dos jarrones con flores semi marchitas. Creo que uno de los ramos es de plástico, pero igual tiene aspecto mustio.

Llevo una hora esperando y la gente empieza a amontonarse. La habitación empieza a quedar pequeña, las sillas escasean. Pero nadie dice nada, todos esperan.

Ahora nos trasladan a una habitación más grande. Es más oscura que la otra, pero al menos cabemos más holgados. La gente sigue llegando. Tengo ganas de ir al baño, pero temo que en cualquier momento empiecen a llamar y yo tengo uno de los primeros números.

Entra una limpiadora que nos pide amablemente que salgamos al pasillo para limpiar la habitación. “Será por habitaciones”, pienso. El pasillo es larguísimo y hay cientos de puertas. Pero tiene que limpiar acá. Finalmente salimos.

La mujer entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí. Pasan veinte minutos. Media hora. Cuarenta minutos.

– Ya habrá terminado, no?

– Debería.

– Tocá la puerta.

Un chico de unos veinte años golpea suavemente la puerta.

– Golpeá más fuerte, querido.

Vuelve a golpear. Sin suerte.

– A ver…

Agarro el picaporte pero no gira. Cerrado.

– ¿Para qué se encerró?

– Yo ya me estoy pudriendo de esperar.

– Lleva más de media hora ahí adentro.

– ¿Le habrá pasado algo?

– ¡Señora!

Las voces empiezan a mezclarse y más de uno intenta enfrentarse al picaporte. Yo ya no puedo aguantar y empiezo a buscar un baño. Me abro paso entre la gente –¿cuántos somos? ¿treinta? ¿cincuenta?- y busco la puerta. Todas son iguales: ninguna tiene un muñequito con vestido dibujado.

– Perdón.

– ¿Alguien sabe dónde está el baño?

– No.

– Disculpe.

– Permiso.

– ¿El baño?

Sigo recorriendo el pasillo intentando abrir puertas, cualquier puerta. Todas cerradas. La gente también lo intenta. Ya no importa la puerta de la mujer, hay que abrir cualquier puerta. Empiezo a desesperarme, ya no aguanto más. Busco la salida.

– ¿La salida por favor?

– No sé nena, ni sé por donde entré.

– Yo entré por aquella, pero ahora está cerrada.

Me doy cuenta de que yo también entré por una de esas puertas, pero ahora no sabría decir por cuál.

– ¡La salida por favor!

El tumulto se traga mis gritos, soy un ruido más.

– ¡La salida! ¡La salida, por…!

Click.

El sonido hace callar a la multitud. El pomo de la puerta se mueve ante la expectación de la gente. La puerta se abre: la limpiadora asoma.

– Ya terminé.

Agarra el carrito de sus menesteres y sale. Después de un segundo de duda la gente empieza a entrar en la habitación nuevamente. Se agolpan en el marco, no se dejan pasar.  Yo voy a contracorriente, quiero alcanzar a la limpiadora antes de que desaparezca detrás de otra puerta. El cardumen me empuja, pero consigo alcanzarla.

– Disculpe, ¿no hay un baño cerca?

– Adentro tiene.

– ¿Seguro? Creo que no vi ninguno antes.

– Me lo va a decir a mí.

– Vale… gracias.

Soy la última en entrar. Entro a la sala y vuelvo a ver los floreros y las sillas, y me doy cuenta de lo parecido que es a una sala velatoria. Busco el baño con la mirada. Nada.

– Oiga…

Cuando me giro para buscar a la mujer la puerta se cierra. Y las luces se apagan.

Constelaciones

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El prado se extendía más allá del alcance de la vista, con sus subidas y bajadas, sus pequeños valles llenos de amapolas y dientes de león. El aire estaba cargado y el cielo  poblado de inmensos nimbo-cúmulos que anunciaban tormenta y electricidad. Nosotras corríamos para remontar barriletes blancos como nuestros vestidos. A lo mejor alguna le había atado una llave a la cuerda con la intención de  atrapar un rayo.

Cuando descubrimos el mangrullo nos peleamos por trepar: subimos por la escalera atropellándonos. El camino era precioso, interminable. La madera mohosa nos acariciaba las manos y a medida que avanzábamos los pulmones se nos iban llenando de humedad: respirábamos el cielo.

Al llegar a la cúspide vimos como el firmamento nos abría una ventana y, mientras el día se mezclaba con la noche, las estrellas brillaban cual supernovas y las nubes se teñían de rosa. La nebulosa de Orión nos embriagó con una maravilla de manto de colores, nos tendió una trampa.

Pero nosotras siempre estamos atentas, y sabemos cuando es el momento de volver a remontar vuelo.